Vaivenes, influjos y creaciones entre literatura y cine

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    Escrito por José Rojas Bez
    Colaboración especial de Ediciones Holguín

    En el universo imperan las correlaciones, incluso entre las más patentes singularidades. Lo señalan las teorías atomistas, esas sobre los campos, las cuerdas y otras “unidades” cósmicas que incluyen las espirituales. ¿Correlaciones entre seres tan diversos como un ruiseñor, la nieve, la sangre, la rosa y el amor? Pregúntesele a Oscar Wilde. La mente busca, ve e imagina en función de las necesidades, anhelos y circunstancias humanas.

    Hablar de cine y literatura implica esta misma premisa. ¿De qué aspectos se trata, cuáles nos interesan como lectores y espectadores, como historiadores o como creadores? Las correlaciones se ofrecen sin límites.

    Al hablarse del binomio cine-literatura, suelen prevalecer las fábulas o, un tanto más complejos, los relatos; lo cual, aunque también insuficiente, resulta mejor que revolverse en la trampa del tema, categoría tan defenestrada por la teoría de la recepción, tan pobre que casi nada significa estéticamente y tan voluble que puede tenerse cualquier tema en cualquier arte y aun cualquier medio con múltiples variaciones o resignificaciones a lo largo de la historia. Cualquier tema, digamos el amor, puede estar en la mirada de poetas, historiadores, psicólogos, sociólogos… y aun comerciantes del Días de San Valentín.

    Para correlaciones cine–literatura, hay que mirar hondamente las estructuras y, quizá mejor, las clases de imágenes propiamente dichas, sin dejar fuera sus funciones o significaciones en su devenir histórico.

    Valga antes subrayar –¿por qué suele olvidarse o soslayarse tanto en estas comparaciones?– que toda la literatura no es narrativa ni todo el cine es cine de ficción. ¡Cuánto ha influido el cine sobre la poesía, y viceversa! Aquí se evidencian correlaciones más sutiles.

    Recuérdese que el cine nació (metáfora biológica: de “embrión” del cine se trata de momento) con marcada vocación documental. El registro documental antes de Vértov, Eisenstein, Griffith y Pastrone. En efecto, primero los Lumière y los Pathé: las salidas de las fábricas, llegadas de trenes, desfiles, noticiarios y escenas familiares.

    Vale en aquel momento hablar sobre todo de correlaciones entre cine, periodismo y memorias o estampas. Las categorías “momento de experiencia existencial o vital” y “descripción” se hacen preeminentes, incluso en el relato de una acción. Nada extraño. Cuando nace el cine gravitan los influjos de Balzac, Stendhal, Dickens, Galdós… Flaubert, Proust, Chéjov… y muy pronto también las experiencias –nada ajenas a lo visual– en la poesía de Apollinarie, Cocteau, Breton, Aragón y Tzara, sin que puedan hacerse a un lado Joyce y el monólogo interior, sin duda un magnífico “montaje” mental y literario.

    La filosofía del decursar y la duración se asoció al cine (y a la literatura) muchos antes de Giles Deleuze. Recuérdese la obra de Bergson (a quien tanta atención prestó Antonio Machado) y sus propuestas sobre el tiempo, la durée.

    Florecieron pronto aquellas vanguardias de las décadas de 1920 y 1930 que tanto conjugaron cine, artes visuales y música, y los rejuegos con el espacio y el tiempo (Duchamps, Richter, Ruttmann, Man Ray… ¡Una abundante pléyade!)-, y pronto quienes vieron desde la perspectiva cinematográfica a la poesía como, a la inversa, poéticamente al cine, un nuevo arte que venía con nuevos juegos de imágenes y temporales, con sus montajes. Bastaría mencionar el primer plano –el destacar de objetos, fragmentos e instantes como constituyentes de la totalidad– para hablar de trascendencia del cine en otras artes….

    Montaje, primeros planos, repeticiones y, por el contrario, elipsis pululan en un mismo ambiente alimentándose entre una y otra arte, dígase poesía, plástica, música o cine.

    Basta rememorar la poesía visual y estructural de los futuristas o de Apollinaire. ¿Acaso Huidobro no ofrece espíritu y sabor familiares a todo ello? “Molino de viento/ Molino de aliento/ Molino de cuento/ Molino de intento…” Piénsese en una figura tan polifacética –teatro, novela, cine– como Antonin Artaud y las reflexiones dadas en sus propios ensayos. Piénsese en los poetas y pintores surrealistas. ¿Pueden separarse de tal atmósfera e influjos las greguerías de Ramón Gómez de la Serna quien, además, experimentó cine y guiones? Y, aunque parezca distante, ¿no podría especularse al respecto en los rejuegos de fragmentación, sustantivación y repetición “montados” en la poesía de Nicolás Guillén: “Sóngoro cosongo,/ songo be/ sóngoro cosongo,/ de mamey”?

    Piénsese en toda la literatura estructuralista, la que conjuga el verbo con la visualidad y en la noveau roman.

    Procede muy bien hacerse eco de las palabras de, Antonio Ansón, uno de los más lúcidos estudiosos del tema, dadas en su ensayo El istmo de las luces:

    Con todo ello se produce un cambio de criterio importante tanto en la producción del discurso como en las competencias necesarias que una nueva estética requería. Los recursos de la poesía abandonan antiguas formas para dar paso a otros códigos. La secuencia es uno de los rasgos que caracteriza al cine como medio de expresión capaz de significar en la sucesión de planos, aspecto que recoge la poesía, donde la composición estructural mediante núcleos de significación en articulaciones secuenciales desarrolla una técnica propia y sistemática hasta entonces ausente. (Ed. Cátedra, Madrid, p.9)

    No se debe hablar solo de cine de ficción (al que preferimos llamar “de actuación” o “de representación escénica”). También del documental, ya mencionado, y añadir las miradas sobre la animación. Pronto, tampoco nada extraño, surgieron los dibujos animados, además de las animaciones para el trucaje. Y los primeros, desde Gertie, el dinosaurio o los bailes de calaveras, así como los de Méliès y Chomon en adelante, ¿no mostraron influjos de los sketch y la demás tradición teatral?

    Quizá sea lógico distinguir momentos o tradiciones de un cine que bebió mucho de la novela y el teatro. Buena novelística, buen teatro y buen cine hallan muchas correlaciones desde el inicio en obras de los padres del cine (muchos procedentes del teatro), con grandes logros ya desde, al menos, Eisenstein y Pudovkin. Y, hablando de estos y de la cinematografía rusa (tan connotada en “versiones”), ¿quién no recuerda cuánto ha influido el teatro de Chéjov (Tío Vania, El jardín de los cerezos, Las tres hermanas…), o toda la novelística de León Tolstoi (La guerra y la paz, en inspiración de Serguei Bondarchuk, ejemplo entre innumerables), la de Shólojov, del kirguiz Aimatov y muchos escritores más?

    No faltaron, en toda la cinematografía universal, períodos de visible intensificación en la recurrencia al teatro para hacer cine, como en tiempos de Tennesse Williams (el espacio no permite muchos ejemplos, pero queden mencionados Un tranvía llamado deseo, por Elia Kazan en 1951; La rosa tatuada, por Daniel Mann en 1955; y La gata sobre el tejado de zinc caliente, por Richard Brooks, en 1958), y luego de otros dramaturgos, como Eduard Albee (¿Quién le teme a Virginia Woolf, por Mike Nichols en 1966 ).

    Sobre todo, ello abundan las historias y enciclopedias de cine. Miles (¿o millones?) de páginas que no pueden dejar fuera a Tomás Gutiérrez Alea, Julio García Espinosa, Manuel Octavio Gómez, entre otros cubanos.

    Correlaciones entre argumentos, fábulas y relatos se hacen visibles casi de inmediato. Es por ello que hemos preferido llamar la atención sobre cómo el nacimiento del cine, igual que el de cualquier arte y cualquier medio, mucho más allá de lo argumental y lo anecdótico, conmocionó e hizo fructificar las propias estructuras de signos e imágenes, así como el modo de asumir las demás artes y medios.

    El nuevo universo de signos e imágenes que instauró el cine (la imagen audiovisual de superficie y matriz, matriz que significó montaje y otros efectos); en especial con el primer plano (y el plano detalle, como gradación suya), sus juegos temporales y estructurales promovieron una –recíproca– transformación de formas y estilos en todas las artes, incluyendo teatro, novela y poesía, desde la exaltación de objetos, detalles y estructuras hasta los monólogos interiores y las miradas que nunca cesarían, desde antes hasta hoy, en un toma y daca nada mimético ni mecánico en sus mejores exponentes sino fructífero, re-creativo, en general creativo para todas las artes.

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    Naskicet Domínguez Pérez

    Licenciado en Computación y Matemática. Comence el mundo del audiovisual desde el 2000 para luego terminar en el diseño gráfico. Actualmente soy miembro de la Oficina Nacional de Diseño y de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales. Co-Fundador de Claustrofobias Promociones Literarias.

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