Mirta Yáñez | Lo que importa es el talento y la honradez

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    Entrevista por Anett Ríos Jáuregui

    Usted estudió Lengua y Letras Hispánicas. ¿Su interés por la literatura la condujo a estudiar Filología o fue una pre­meditada coincidencia de la vida?

    De alguna manera, sí; llegué a la Escuela de Letras por la lite­ratura. Empecé a escribir desde muy pequeña, pues sentía ya que a algunos libros que leía hubiera podido añadirles algo, ponerles algo mío, una aventura extra, un comentario personal… ¡qué im­pertinente niña! Entonces comencé a escribir mis propios libros de aventuras, un poco a lo Julio Verne, similar a los autores que leía en la infancia. Siempre fui muy lectora. Mis primeros libros fueron Los tres mosqueteros, toda la colección de Julio Verne, Mark Twain, La isla del tesoro, Louise May Alcott.

    Después, a los diez u once años, quise ser pintora. Matriculé en San Alejandro y pasé las pruebas para la Escuela Nacional de Arte; pero en eso me llegó una beca para un instituto especial para “niños genios”. Sin nosotros saberlo, se había hecho una selección de los estudiantes con mejor expediente académico en las secundarias básicas para que fuesen a este instituto. Al aparecer esta opción, mi mamá, muy sabiamente, me sugirió que fuera a estudiar el bachillerato a esta escuela especial donde ha­bía un amplio rango de estudios, no solamente las Ciencias y las Letras, sino también las Artes; si después quería seguir estu­diando pintura y no me inclinaba por otra cosa, podría hacerlo.

    Ese criterio me pareció muy sensato y finalmente me fui para la beca del instituto “Raúl Cepero Bonilla” y no me arrepiento.

    Para todos los que estudiamos allí aquella fue una experiencia extraordinaria, no solo desde el punto de vista del conocimiento, sino de humanidad, de civismo, de aprender a pensar por nuestra propia cabeza. Los profesores nos enseñaron no solamente sus asignaturas, sino una determinada ética, el rigor de una profesión. Allí tuve profesores excepcionales, como Nuria Nuiri, Ange­la Grau, Marta Pérez Rolo, algunos que a su vez eran escritores, como César López. Ellos organizaron un concurso literario y yo gané uno de los premios. Y, aunque nunca he dejado de pintar mis muñequitos y mis caricaturas —incluso tengo un libro infantil ilustrado por mí—, fue a partir de ese momento en que se definió completamente mi vocación por escribir.

    Pero usted también se interesó en algún momento por el periodismo…

    Sí, al graduarme de bachillerato quería continuar la carrera de Periodismo. Siempre he sido muy activa, con demasiada ener­gía sobrante, y me parecía que investigar, estar en una bibliote­ca encerrada, o ser profesora, era demasiado tranquilo para mí. Yo quería una vida más emocionante. Por supuesto, después me di cuenta de que no podría tener esa vida emocionante que yo pretendía dentro del periodismo, porque lo que a mí me intere­saba era la crónica roja, o el reportero al pie del desastre y, por las limitaciones del machismo cubano o el propio concepto del periodismo cubano, no hubiese podido hacerlo. Con el tiempo me he consolado pensando que hubiese sido una frustrada si hubiese estudiado periodismo, porque me aburre el periodismo de gabinete, de estar sentada en una mesa hablando y mirando ía computadora. Me hubiese gustado estar en la calle con una grabadora buscando la opinión más cercana al hecho.

    Cuando me gradué del pre, la Escuela de Periodismo no es­taba abierta, ni siquiera la Escuela de Letras estaba abierta. Ese año no iba a haber curso, me parece recordar que porque al­gunos consideraban que existían ya demasiados literatos en el país, y entonces algunos estudiantes y yo hicimos una pequeña reclamación en protesta y se reabrió la Escuela de Letras ese año, 1965. Y no me arrepiento de esa elección. Creo que aque­lla Escuela de Letras fue realmente una “escuela”, y hay que repetir la palabra. No recibimos solamente asignaturas pasivas, sino que significó la vorágine de los años sesenta, los conflictos ideológicos más exacerbados, compartir el trabajo en el campo con los profesores que, en aquel momento, eran profesores real­mente excepcionales…

    ¿Quiénes fueron sus profesores?

    Mis profesores fueron Camila Henríquez Ureña, Roberto Fernández Retamar, Mirta Aguirre, Cira Soto, Isabel Monal, Beatriz Maggi, Lucía Sardiñas, Luisa Campuzano, Adelaida de Juan… Tuvimos unos profesores de lujo que, además, compar­tían con nosotros los avatares de aquellos movidos tiempos, sin perder la jerarquía, sin perder la distancia que debe existir entre profesor y alumno, aunque por la noche compartieran al lado en una hamaca, o una tacita de café en la madrugada, o una colcha porque hacía mucho frío en medio del campo.

    Compartían la vida cotidiana que hizo tan intensos esos años para nosotros y, al mismo tiempo, Vicentina Antuña o Camila Henríquez Ureña, por ejemplo, seguían estando en el Olimpo. Aquellos profesores de la vieja guardia nos enseñaron un rigor, una pasión por la excelencia, un amor por lo perfecto y, sobre todo, una ética ante la vida profesoral y ante el mundo.

    Al mismo tiempo existían tremendas polémicas. Por ejem­plo, a mí me expulsaron dos veces de la Juventud, tengo ese récord en mi aval. La primera vez me sancionaron porque yo tenía amigos profesores que no le caían bien al mundo oficial. Y yo me preguntaba ¿y quién me puso esos profesores?, ¿cómo me van a sancionar por ser amiga de profesores que el propio país me ha puesto como profesores? Fue una etapa llena de con­tradicciones, eran los años de la UMAP, de la persecución de los homosexuales, pero fue un período muy rico que nos forjó a muchos en una actitud ante la vida… sencillamente no se nos puede corromper.

    No mencionó a Ezequiel Vieta, quien también fuera uno de sus profesores en el Instituto “Raúl Cepero Bonilla”. ¿Podría hablar un poco de su relación con Vieta?

    Fijate tú. Como en el cuento “La carta robada” de Edgar Alian Poe…, lo más obvio es lo que no se ve. Para mí Ezequiel es mi maestro, quisiera decirlo también con una nota de satanismo

    burlón, Master… creo que teníamos mucha afinidad, en virtudes que se confunden con defectos y en defectos que a veces son úti­les como virtudes: honradez, iracundia, perfeccionismo, mirada burlona. Ezequiel fue mi crítico literario más severo y mi compin­che en algunas travesuras. Ezequiel no resultaba un amigo fácil, pero… ¿quiénes son los tontos que gustan de las cosas fáciles?

    ¿Qué clase de profesora era Mirta?

    Bueno, eso que lo digan mis alumnos. Ahora me entero de que me quieren y tienen buenos recuerdos de mí, pero yo los ator­mentaba mucho porque, como soy tan impaciente y sentía tan­to terror escénico, según ellos yo me escondía detrás del buró para dar mis clases. Creo que estimaban lo que yo decía, además, siempre he sido original —algunos me acusaban de extrava­gante— y eso con el tiempo puede llegar a tener un valor, pero lo cierto es que yo sufría mucho siendo profesora y de alguna manera trasmitía mi incomodidad por tener que estar detrás de una mesa y tener que repetir año tras año las mismas cosas.

    Yo quería irme para el ICAIC, pero allí no me aceptaron por­que dijeron que yo no estaba “clara ideológicamente”… Así que me quedé en la Facultad. La vida forzó mi elección de nuevo y no me arrepiento. No fue una etapa dulce…, mientras fui profesora estuve permanentemente con dolor de cabeza. Tenía que some­terme, como es debido, a un comportamiento académico (bueno, creo que en realidad no lo hice mucho). Por otra parte, como soy excesivamente perfeccionista, si iba a dar Doña Bárbara me leía de nuevo Doña Bárbara, y así no hay quien viva: leyendo todos los años la misma novela que, además, no me gustaba mucho.

    La docencia me fue útil en muchos aspectos, pero me afectó doblemente desde el punto de vista de la creación literaria. Me afectó porque no tenía tiempo para escribir y, además, porque perdí la inocencia. Al ser profesora de Literatura descubrí las claves, las esencias de la construcción literaria, y perdí mucha espontaneidad. Sin embargo, no lo lamento. Leí mucha litera­tura latinoamericana, estuve frente a algunos textos que quizás no hubiese conocido nunca, y estuve en contacto con alumnos divinos; pero tuve que dejarlo: la vida cotidiana como profesora, al estilo Universidad de La Habana, era incompatible con mi modo de ser.

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    En estas páginas se replantean presupuestos básicos de la historiogrfía literaria cubana que han sido fundamentados únicamente por el orden androcéntrico. La reflexiones de esta autora colocan en su justo lugar el valioso aporte de escritoras y escritores a nuestra cultura.

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    En algunos de sus textos el tema generacional es importante. Sospecho, además, que la cercanía de los jóvenes en su vida es uno de sus grandes placeres y, también, fuente de inquietudes…

    La juventud tiene determinadas cosas que uno no quisiera perder nunca: la energía, la osadía, la ceguera de que todo el tiempo es de uno… Trabajar cerca de los jóvenes o vincularse a ellos hace que uno se mantenga continuamente en ese torbelli­no. Generalmente las personas que más he admirado y querido se han mantenido con una mente muy joven. Sin embargo, pien­so que a veces se cae en el error de la “juvenilia”, como le llamo al exceso de halago hacia las edades verdes. No me importan las edades, solo le rindo homenaje al talento. Cuando yo misma fui joven, admiré a mis mayores pero nunca por el mero hecho de la edad, como tampoco lo hago ahora a la inversa.

    Sin lugar a dudas, los jóvenes aportan todo un impulso, una frescura renovadora y, en algunos casos, mucho dominio de al­gunos aspectos; pero las personas con mayor experiencia tam­bién aportan un conocimiento acumulado, una visión del mun­do, y esas dos fuerzas son las que dan la verdadera perfección en el saldo de las ideas, en la creación. La edad no debe servir de pretexto para ningún tipo de mediocridad o concesión, como tampoco el sexo, el sitio de residencia, u otras artimañas de la marginación.

    Mi generación fue muy reprimida cuando yo era adolescente, cuando era joven. Creo que las generaciones posteriores no sufri­rán los prejuicios y la moralina estúpida que hubo en nuestro país. Pero, al mismo tiempo, noto una “juvenilia” un poco tonta. Si bien me parece de pésimo gusto decir que los mayores son los que siem­pre tienen la razón, también es muy oportunista afirmar que solo los jóvenes tienen “la bola escondida”. Tiene la bola el que tenga talento, el que tenga honestidad, el que sea un verdadero creador, y para eso no importa que tenga veinte años o cincuenta, que sea blanco, negro, gay, de provincia, viva en Miami o viva en La Ha­bana. Lo que importa es el talento y la honradez.

    En Algún lugar en ruinas, su último poemario, aparecen estos versos: “Ah mi joven poeta del mañana (…) emplea palabras feroces para denunciar tu época, dispón de lo necesario para registrar en la secreta costura de la letra el cambiante dolor del universo y las leyes de la ternura que siempre fluye, siempre fluye…”

    Ese es el primer poema que escribí después de mucho tiempo alejada de la poesía. Fue el que dio inicio a una nueva etapa crea­tiva de mi vida, a una reflexión sobre la escritura y la literatura y mi labor como profesora. Y lo escribí sintiendo, deseando, que no se volviera a repetir lo que nos había pasado a nosotros.

    “…emplea palabras feroces para denunciar tu época”. ¿Le pare­ce esa una actitud esencial desde la poesía o desde la juventud?

    Creo que desde la poesía, desde la juventud, desde la madu­rez, o en una edad “provecta”, desde la narrativa, el periodismo… Creo que lo peor que le puede suceder a cualquiera que se diga creador es acomodarse. Hay que ser siempre inconforme. Y si uno tiene, además, un instrumento, la posibilidad de develar co­sas, está además en el deber de hacerlo. Más literariamente o menos literariamente, utilizando todos los rangos de la palabra. El que no sabe lo que está pasando, o no lo ve, es un inocente; ahora, el que sabe algo y se silencia, por miedo, por no buscarse un problema, por mantener un estatus, por no resultar polémi­co, por cualquiera de esas cosas, es un farsante, y la historia le pasará la cuenta.

    La única omisión que yo entendería es un silencio por no herir a alguien, o por proteger una circunstancia, o por no darle un argumento al enemigo, y cuando digo enemigo’, quiero decir cual­quier enemigo, no estoy hablando de los enemigos tradicionales. A veces hay que saber distinguir como ser más eficaz “…en la secreta costura de la letra”, o sea, se pueden expresar los senti­mientos sin que tengan que ser necesariamente obvios.

    La labor del escritor no tiene que ser siempre pedagógica, ni de abrir los ojos, también puede entretener, utilizar la sutileza… Se trata de un compromiso con el tiempo, con el pasado de uno, con las ideas que uno respeta, ese es el verdadero compromiso del creador. Ser consecuente con lo que uno es, con lo que uno cree. Eso es importantísimo en la creación.

    Yo estoy comprometida con lo que hice en mi juventud. No podría ahora coger un cuento mío y quitarle el final para estar de acuerdo con un editor, o quitar de mi tesis a Marx porque ahora no está de moda. No, yo soy marxista. Soy de izquierda y lo voy a ser cambien los tiempos que cambien. Me parece muy terrible que la gente se cambie para estar a la moda. Unamuno dijo algo así como “primero la verdad que la paz”.

    ¿Qué ha intentado denunciar Mirta Yáñez mediante su escritura?

    Creo que la palabra denunciar es un poco fuerte, aunque la haya usado en un poema. Yo no me propongo denunciar, lo que me propongo en la literatura es revelar. Y tampoco podría decirse que revelar es la palabra exacta… Uno a veces tiene un atisbo, algo que uno quiere decir, y eso se convierte en mi tarea como escritora, decir lo que yo creo que he descubierto en un determinado momen­to del mundo, de los seres humanos, de la vida cotidiana…

    ¿Qué distinciones establecería entre su obra narrativa y su poesía? Su poesía, ha dicho, es más demorada…

    Mi poesía no es que me lleve más tiempo de creación, sino más tiempo en el tiempo. Escribí un libro de poemas cuando tenía veinte años y no volví a escribir un poema hasta diez años después. De repente un día empiezo y hago cinco, seis o siete poemas y luego el libro se va formando. En realidad, una vez que ya decido la escritura, que me siento y me digo: “voy a escri­bir un cuento”, todo fluye de manera muy rápida. Lo que se me demora es el acto mismo de sentarme a escribir, aunque siempre estén bullendo ideas en mi cabeza.

    ¿Qué urgencias la llevan a escribir un poema y cuáles a escribir un cuento?

    Ese es el gran misterio. Quizás no haya ningún misterio y pueda explicarlo, aunque tendría que meditar sobre eso. Creo que cada tema tiene su exigencia. Por ejemplo, en los últimos años yo he estado muy sensible o molesta, irritada con todo lo que pasa a mi alrededor. Hay gente indiferente, incluso muchos se alegran, pero a mí me duele. Por alguna razón, mi narrativa tenía que ver con mi sentido del humor y, de pronto, perdí esa visión humorística… Me he ido dando cuenta de que con tanto dolor, evidentemente, había temas que no podía escribir desde la narrativa. En los últimos tiempos he vuelto a escribir dos o tres cuentos y siento que he ido recuperando mi sentido del hu­mor. Entonces esta podría ser una clave: cuando me siento muy desgarrada por algo, me inclino más hacia la poesía; de hecho, mi poesía es más bien triste, reflexiva, adolorida, muy diferente a mi narrativa que es irónica, burlona…

    Por otra parte está la novela, para la cual parece que no tengo paciencia.

    Es una cuestión de ritmo, mi ritmo es muy rápido, soy muy impaciente. La novela requiere un tono y un espíritu mantenido, aunque dilatado en el tiempo, y yo cambio mucho mis estados de ánimo. Cada vez que intento una novela me quedo insatisfecha. Pero lo voy a seguir intentando, no me voy a rendir con la nove­la, yo nunca me doy por vencida…

    En los últimos años, por muchas razones y quizás por estar bloqueada con la narrativa, pues me he inclinado más hacia el campo del ensayo.

    En El diablo son las cosas, Premio de la Crítica de 1989, casi todos sus cuentos se inician con una dedicatoria. ¿Es­cribe usted siempre para alguien, o al menos, esencialmen­te, pensando en alguien?

     No, en lo más mínimo, o al menos en el sentido que me parece entender tu pregunta. Estamos hablando de los cuentos, porque en la poesía pasa otra cosa. En mis cuentos no escribo para nadie específicamente. Si pienso en alguien es como modelo para algún personaje. Las dedicatorias son posteriores, como un regalo a al­guien querido; uno trata de escoger cuál le viene mejor.

    Y ya que se habla del tema, mucho menos pienso en ese Lec­tor con ele mayúscula. Es una falacia eso de que sin lector no haya escritores, ¿cómo tendríamos entonces a Kafka o a Bulgakov? El lector no puede ser la meta, sino el examen final; y, por decirlo con mi viejo lenguaje de profesora, sin derecho a revalorización.

    La poesía es otra cosa. A veces un poema se hace para la per­sona amada, o pensando en el muerto querido. En ese caso, se pueden dar las dos vertientes de tu pregunta: escribir para al­guien y pensando en alguien.

    Virginia Woolf proponía la necesidad de la independen­cia económica y mental de la mujer y la posesión de un cuarto propio para poder dedicarse a escribir. Desde su ex­periencia personal, ¿cuáles han sido las circunstancias que le han propiciado o frustrado la escritura?

    La verdad es que yo estoy muy molesta conmigo misma. Siem­pre he pensado que yo podría haber escrito más. De joven tuve varias incomodidades que me perturbaban la escritura y resulta que, a medida que las fui eliminando, pues he escrito menos. No tengo una respuesta para eso. Podría decir tal vez que soy una persona que escribe bajo presión. Parecería que cuando estaba bajo la presión de la docencia en la universidad, pues yo me revi­raba contra esa presión y la deshacía escribiendo contra el tiempo robado. Ahora sucede que cuando tengo todo mi tiempo para mí, me relajo y me invento pretextos para hacer otra cosa.

    En realidad, en estos momentos no tengo ninguna razón que me impida sentarme a escribir. Tengo cierta independencia eco­nómica, aunque no tenga una ganancia estable. Durante mucho tiempo tuve que hacer trabajos dentro del terreno de lo litera­rio, que me gustaban menos, para tener una entrada económi­ca. El cuarto propio del que habla Virginia lo tuve desde niña. Quizás lo que nunca he tenido ha sido la tranquilidad mental. Yo soy una persona que pienso demasiado, me preocupo mu­cho, soy la clásica “luchosa”, muchas veces por cosas que no son mías, problemas que no me corresponden. Lo que sí yo te podría decir es que, dada la complejidad de nuestras vidas, hay que ser un poco egoísta para desentenderse de todo y sentarse a escribir. Esa complejidad de nuestras vidas termina limitando la tranquilidad espiritual.

    En el año 1996 apareció Estatuas de sal, una compilación suya y de Marilyn Bobes sobre narradoras cubanas contempo­ráneas. En el prólogo usted planteaba que el libro serviría para mostrar que en Cuba sí había existido, y existía, un conjunto importante de mujeres narradoras. Seis años después, ¿cómo describiría la situación de la narrativa femenina en el país?

    Yo me estoy desmarcando un poco de ese tema porque en este mundillo nuestro tú nada más que pestañeas y enseguida te encasillan. Me temo que ya me están encasillando en la cuestión de la literatura escrita por mujeres, y no digo femenina, porque la palabra fémina me tiene un poco harta. Entre paréntesis, yo me pregunto por qué hablan de las féminas y no hablan de los “másculos”, es como si hiciera falta ese eufemismo ridículo para hablar de las mujeres, así que yo inventé la palabra “másculo”.

    Creo que el sentimiento mayor que me mueve en la vida es el justiciero. Me molesta tremendamente la injusticia. Por ejem­plo, cuando comencé a ser profesora de la universidad me di cuenta de que no se estudiaba Literatura Prehispánica y yo in­troduje el estudio de los textos prehispánicos —o sea, los azte­cas, los mayas y los incas— porque aquello no me parecía justo. Me decían que no se podía, porque a la literatura azteca había que leerla traducida, y entonces yo preguntaba: ¿y usted cómo se lee Crimen y castigo de Dostoievsky, se lo lee en ruso? No. ¿Y el Fausto de Goethe, se lo lee en alemán? No. Entonces se podía leer a los aztecas traducidos.

    Esas pequeñas batallas son las que me han traído un poco el “cartelito” de persona polémica. Durante mucho tiempo me mortificaban esos cartelitos. Ya me resultan hasta graciosos. Me he dado cuenta de que colgar cartelitos es una manera de los mediocres o de los cobardes de desautorizar a una persona que les resulta incómoda. Y a estas alturas de mi vida, prefiero resul­tar incómoda. A veces eso me ha impedido cumplir con algún sueño, como el de dirigir una revista, pero es el precio que hay que pagar por tener una voz independiente o un criterio que no concuerda con el oficial. A mí me han cuidado tanto que no me han permitido equivocarme, no me han dado la oportunidad de “meter la pata” y luego “tronarme”. Y, por si hay confusión, naturalmente que estoy siendo irónica…

    Pero volviendo al tema de las escritoras…, un día descubrí, al azar, que los jurados de narrativa nada más estaban conforma­dos por hombres. Me respondían que no había narradoras; en cambio, los jurados de literatura infantil estaban llenos de mu­jeres. Los congresos, las antologías, los consejos de redacción, todo eso estaba ocupado casi completamente por hombres, y ahí están los registros para quien lo quiera comprobar.

    Entonces me propuse probar simplemente que sí había na­rradoras en Cuba. Fue una labor de revelación, junto con Marilyn Bobes, y dijimos: aquí están. Incluso, Estatuas de sal fue el primer libro en el cual se publicaron, dentro de Cuba, escrito­ras de la diáspora. Realmente aquello fue una batalla ganada. Yo he perdido muchas batallas en mi vida, pero esa fue una batalla ganada. Me ha traído muchas satisfacciones. Sacar a la luz escritoras olvidadas ha sido una de estas satisfacciones. También ocurrió que algunas de las que aparecieron en Estatuas de sal y que entonces escribían sus primeros cuentos, pues ahora han publicado varios libros, han recibido premios…

    A mí todos los guetos me molestan, todos los fundamentalismos, y el fundamentalismo feminista también me molesta. Si ya ganamos la batalla, si ya nos tienen que aceptar, mandar a los congresos, poner en los jurados, pues hay que pasar a otra cosa. Ahora brillamos por nuestra ausencia. Cuando nos olvidan o no nos ponen en algún lugar, pues los que quedan en ridículo son los caballeros que organizan “el olvido”.

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