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Lourdes González: “La escritura es tan voraz como la muerte”

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    Empecé a decir que escribía cuando ni siquiera había sentido el impulso de hacerlo. Tenía un público de unas tres o cinco personas, entre las cuales llegó a estar incluso mi maestro de literatura Eliseo Diego. Era el año 1969. La Habana. La antigua casa de Sarrá, el farmacéutico, en la que estudiábamos bibliotecología.

    Después ya dejé esa conducta presagiante, y fue muy sencillo renunciar a ella porque era solo una entelequia. Me fui a vivir en muchas casas, en varios pueblos, repudiando siempre la realidad que de una forma u otra me violentaba.

    En 1972, una tarde que no creo que haya sido ni más ni menos apacible que la de hoy, asomada a un balcón del inmueble que fuera primer cuartel de Santiago de Cuba, y que para entonces servía de cuartería, yo contemplaba los detalles de su patio interior, donde las negras lavaban largos pedazos de telas, y de pronto las yerbas me parecieron salvajes.

    Fue en ese instante que aprehendí la vaga sensación de poder que acompaña a la escritura, y rápida anoté algunas palabras que en la noche ya conformaban un poema que mi voz extrañada leía a mi compañero.

    Todo ese año mostré a todos mis poemas, hechos a mano, sin definiciones lingüísticas y sin conciencia de hallarme en el principio de un camino largo, arduo, dilatado, confuso.

    Al cabo dejé de escribir. No sobrepasé el límite de 360 días. Y guardé en una carpeta verde aquellos poemas hechos en Santiago, con amor a una sola persona en todas partes, y con auténtico desenfado.

    Tendrían que pasar trece años para que alguien me dijera que lo más cuerdo sería regresar a la escritura. Y para que yo le obedeciera. Entonces ignoraba que el precio era desandar, volver a pasar por el corazón las experiencias, atravesar los campos de la memoria, concentrarme, entregarme.

    Solo recuerdo haber sido obediente a esa voz y haberme abandonado a la idea de que la poesía iba a devolverme al balcón de salvajes yerbas y de ropas colgando en las tendederas, como blasones de un país doméstico.

    Los nuevos poemas ya no poseían la agradable displicencia de los primeros, pero en ellos se podía cavar más hondo, hurgar sin decencia, horadar las paredes de la realidad y salir a un universo que yo iba estructurando con palabras.

    Los ochenta estuvieron llenos de asombros. La vida bohemia que tanto me exaltaba en los setenta, se había transformado. Comenzaron las tertulias, los premios, los errores, las pérdidas, el contacto con otros poetas, algunos de los cuales sustituyeron a mi reducido público de Santiago.

    Con los poemas se elevaba el ansia de vivir, de no parar, de saciar la sed y el hambre de aventuras y conflictos y rupturas y desgarramientos. No imaginé en ninguno de esos días que apenas estaba avanzando unos diez pasos del camino. Bajo el sol. Sin tregua. Tampoco creo haberme detenido mucho en esa idea. Tenía un hijo, una madre, una casa ruinosa y muchas palabras aprendidas en las más diversas circunstancias. 

    Estuve muchos años dedicada a la escritura de poesía casual, es decir, de esa que se escribe ante un hecho, un desamor, una circunstancia asombrosa. Pero a mitad de los 80 aprendí que podía hacer lo que llamamos un libro entero, uno que tenga una línea horizontal interna que sirve de cuerda y unión a los poemas, ese libro se llama Una libertad real, y no creo que exista más que en bibliotecas, si acaso.

    La experiencia me gustó, por lo que empecé a perseguirla consciente o inconscientemente a lo largo del tiempo.

    En los noventa los tres nos convertimos en figuras de un naufragio. Desde 1993 hasta 1995 jamás me di el lujo de pensar en la literatura, creo que hasta me parecía una enajenación innecesaria para un espíritu acosado como el mío. En octubre de 1996, durante dieciséis días, me coloqué los audífonos de una walkman que reproducía la música Equinoccio de Jarré, y mientras preguntaba e informaba: ¿Qué desea comer?, escribí Papeles de un naufragio. Un homenaje a la abnegación de mi madre, a mi tesón, a la vida, a Dios que me había permitido continuar.

    Al principio no entendí bien lo que significaba aquel libro hecho con dos ingredientes distintos, mezclados hasta quitarle a cada uno su estricta identidad. Pero, poco a poco, escuchando las impresiones de sus lectores, leyéndolo en varios lugares, regalándolo, venciendo su estructura para apropiármelo definitivo, llegué a preguntarme: ¿Será cierto que mi destino es ejercer este oficio incesante para el que necesito de todas mis virtudes y de todos mis defectos? Dudé, me contradije, asentí, recuperé la necesidad de llevar cada instante de la memoria y cada minuto del presente a la literatura.

    Ahora escribo narrativa, paso muchas horas imaginando cuentos y escenas de novelas. La narrativa es un prado inmenso, de espacioso relumbre. Que lleva muchas más horas de sentada intranquilidad. Incorporar géneros ha sido una gratificación, porque puedo elegir, y la elección es un bien supremo.

    Volví entonces sobre mis pasos, me coloqué de nuevo en la línea de partida, en el principio de ese camino que la inconciencia me hace olvidar y rescatar continuamente. Entro pues cada día al sagrario y a la unción, convencida de que la escritura es tan voraz como la muerte. Me muevo entre lo hecho y lo por hacer, consecuente con el patio colonial santiaguero, la reconquista de los ochenta, y el vínculo que me une a mi edad; ajusto así mis cuentas con aquella mitomanía con la que conseguí engañar a mis amigos en la antigua casa de Sarrá, incluyendo, por supuesto, al paseante de la Calzada de Jesús del Monte.

    A veces, en el aire de una simple tarde de verano, en su color, se transparenta la  urdimbre que nos conduce definitivamente al abismo, y nos salva.

    Algunos consejos dudosos

    Posdata 1. ¿Asesores o escuchas? Lo mejor son los amigos. Un par de buenos amigos que sepan escuchar es la mejor prueba para nuestros textos. Pero, claro, no hay que hacerles caso sin pensar. Tienen que convencernos. En ese diálogo posterior a la lectura oral, no podemos tampoco usar la tozudez, tenemos que darle la vuelta al texto una y otra vez, buscando que las palabras allí acomodadas digan aquello que queremos decir.

    Posdata 2. El almacén de las palabras

    En los primeros poemas que uno escribe, las agrupaciones de palabras surgen de manera espontánea, casi milagrosa, porque el poeta no tiene aún la necesaria, imprescindible intimidad con las palabras.

    Por eso nos sobrecogen esos poemas iniciáticos, cuando al pasar de los años son leídos por otros o escuchados en nuestra voz. No entendemos cómo fue posible. Yo todavía no lo he comprendido del todo. Cuando en algún recital me piden que lea de mis libros Tenaces como el fuego o La semejante costumbre que nos une, tengo que hacer un enorme esfuerzo para vencer mi perplejidad, como si mis manos, solas, hubieran seguido los impulsos de un corazón y una mente en plena victoria.

    Creo que de eso se trata, de los años, de convertir las primeras experiencias, las trascendentales desolaciones de los 19 años, en figura de texto que se aprehende con la lectura. En esa juventud los escritores no sienten la necesidad de volver a mirar lo escrito, tienen prisa, la vida se muestra en su esplendor y no perderán su tiempo.

    Una y otra vez le he dado vueltas en la cabeza al asunto. Y en ellas, algunas direcciones han quedado claras: cuando pasan los primeros libros y todo parece vacío y quietud, o quietud del vacío, no hay otra manera de escribir bien que la de irse acercando a las palabras, irlas sopesando, saber todo de ellas, para entonces hallar la plenitud en la revisión.

    Porque no es en el momento de la escritura que las palabras son sometidas a un riguroso examen, es justo después, cuando las volvemos a mirar, esta vez con la intención de comprobar si dijimos lo que queríamos decir, o si, por el contrario, nos engañamos usando palabras que denotaban lo opuesto.

    Es algo que ocurre con mucha frecuencia: expresar la idea inversa. En la búsqueda de un símbolo y de sus cualidades, erramos, y es entonces que se hace absolutamente indispensable indagar, escrutar, averiguar. Para que ese proceso dé buen resultado, debemos tener ya nuestro propio almacén de palabras, del que sabemos todo. 

    A menudo no es una idea contraria la que exponemos, sino una idea paralela, que deja trunca la intención expresiva que llevábamos para escribir un poema, un cuento, un ensayo, una novela. El modo de revertir la escritura es el mismo: pongamos las palabras debajo de un microscopio, examinémoslas, no le otorguemos ninguna virtud hasta que no conozcamos primero de qué está hecha y para qué fin fue creada.

    Las palabras deben estar tan cerca del escritor que puedan atravesar su piel. Porque elegirlas es una de las tareas más angustiantes que él tiene. Ubicarla dentro del texto, rodearla de otras que han sido igualmente escogidas, es también una batalla desgastante.

    Pero cuando concluye, en el instante en que podemos leer sin disgustos el texto, sentimos que nuestra relación con las palabras continúa siendo eficaz, y eso ya compensa las horas de trabajo.

    El sometimiento y control de las palabras es necesario en cualquier cosa que un escritor escriba. Incluso en unos párrafos para homenajear, hacer notar o distinguir. Porque la escritura es un oficio que pasa por el asimiento de las palabras, y por muchas otras labores.

    El estilo depende por entero de ese almacén de palabras del que les he hablado. Cada escritor requiere cientos, miles de ellas. Es una búsqueda que no termina al poner el punto final de un libro, es una constante. Cuanto más sagaz sea en su aventura de buscar, mayores ventajas tendrá. Luego las anota, las clasifica, juega con ellas, y depende de ellas.

    Es toda una aventura. Y ya sabemos que no hay nada mejor que una aventura que propicie conocimientos. Creo que la lectura es la fuente principal de esta caza sensible, de la que salimos siempre directos al almacén, nutriendo nuestro espacio vital.

    No conformarnos con la línea que marcan las palabras en nuestro horizonte de escritura, tener a mano siempre algo que leer, ser audaz a la hora de escogerlas, y darnos cuenta de que son los ingredientes perfectos para dotar a nuestros libros de palabras acertadas.

    Creo que ya sabía todo esto al escribir en Papeles de un naufragio: Muy hábiles han de ser los escritores para que un poema o un cuento se parezca a ellos y ellos  a la vida y la vida de ellos a la cultura nacional.

    Posdata 3.  El inevitable placer de leer

    No siempre son excelentes ni están bien valorados los escritores que contribuyen al trabajo de otros escritores, a veces un simple registrador de datos nos señala un camino, o la lectura de un periódico nos ofrece un tema, múltiples lecturas nos ayudan a conformar otro territorio literario. Recuerdo que una vez, leyendo curiosidades históricas, advertí la importancia del comportamiento de un militar persa llamado Zopiro, un traidor singular, y escribí un texto que lo actualizaba y que luego fue bastante leído en su momento en mi país, agradezco esa lectura tanto como otras, sin diferenciarla.

    Uno de los poemarios con el que conseguí un premio mejor, tiene su origen en una lectura de los libros de Carlos Castaneda, ese profesor que se inició en los misterios de las tribus yaquis mejicanas, no eran libros merecedores de grandes elogios, cierto matiz comercial los embargaba, pero la filosofía que supuestamente enseñaba Don Juan, el brujo, y que Castaneda referenciaba, tenía una lógica tan fuerte, eran tan razonables sus cultos, que digerirlos, interiorizarlos y convertirlos en una nueva serie de poemas fue una grata, muy grata tarea.

    Por eso siempre aconsejo a mis amigos, o a los escritores para los cuales realizo mi trabajo de editora, que no se pueden limitar las lecturas, ni etiquetarlas, y hablo de las lecturas que disfrutamos, no las realizadas por un interés ajeno al placer.

    Muy cercana a los textos que escribo, sin tiempo aún para los descartes finales ni para la gran decantación, estoy convencida de que muchos escritores me han permitido ver más allá, me han abierto puertas que permanecían cerradas para mí, podría hasta hacer una lista larga, pero en los almacenes que mi memoria posee unos a otros se mezclan y vuelven a mezclarse con constancia, impidiéndome cualquier acto de catalogación o registro. Ahí están, viven urdiendo planes para mí, me complejizan cada vez más mis propios textos y se divierten poniéndome obstáculos para ser vencidos: fin del ordenado árbol genealógico, caos del cual, con suerte, saldrán nuevos temas y luminosidades.

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    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

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