Libros en el limbo

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    Escrito por Ailén Castilla Padrón / Fotografía: Alejandro García Sánchez

    Cuando la Feria del Libro en Ciego de Ávila fue suspendida dos días antes de la fecha prevista por el avance de la COVID-19, más de 2 000 títulos estaban ya en almacén, la estrategia de promoción había echado a andar y los planes de ingresos previstos superaban los 300 000.00 pesos.

    Entonces debieron ser muchos los que fruncieron el ceño y se llevaron las manos a la cabeza al ver cómo se esfumaba el acontecimiento más esperado de nuestro movimiento editorial y, si se quiere, además, el más expedito espacio para publicitar al autor y su obra. Este sería apenas el primer borrón del año 2020, el cual ha obligado a rescribir los modos de hacer al interior de un sistema en el que ha faltado, muchísimas veces, dinamismo y trabajo sistemático.

    Si un libro no circula y no se promociona, probablemente tampoco se venderá, y esto ha sido una suerte de efecto bumerán que nos deja siempre a medio camino entre la responsabilidad institucional y las expectativas de los escritores. A esta ecuación solo habría que añadirle los términos: eficiencia y racionalidad, que ya comienzan a leerse entre líneas.

    Vender, aunque haya COVID-19

    Se suponía que al cierre de 2020 el Centro Provincial del Libro y la Literatura (CPLL) hubiese ingresado más de 900 000.00 pesos, mientras que Ediciones Ávila luciría un plan editorial logrado al margen de la tecnología Riso, casi obsoleta, y cuyo costo fue de 13 000.00 CUC.

    En la práctica el asunto fue más complejo, porque las librerías cerraron sus puertas durante siete meses y la promoción estuvo en stand by hasta que las redes sociales en Internet fueron una opción a mano.

    Poco a poco las etiquetas #LeerSalva y #QuédateEnCasaLeyendo sirvieron de punto de partida para visibilizar a autores avileños, comenzó a actualizarse con frecuencia el perfil de Ediciones Ávila y del CPLL en Facebook e Instagram, se hicieron donaciones en los centros de aislamiento, tres audio-libros comenzaron a gestarse y se inauguró la posibilidad de que los libreros llevaran a domicilio los ejemplares.

    Desde su pequeño local situado en la calle Libertad de la ciudad cabecera, la librería El rincón del lector potenció la presencia de su catálogo en el espacio digital, con una visualidad contemporánea y contenidos atractivos, a tono con la certeza de Arlen Regueiro Mas, escritor y gestor del proyecto, de que este será, en definitiva, el futuro de las librerías: una migración hacia la promoción y la venta de materiales raros, valiosos y artesanales a través de la red de redes.

    Si bien esta ha sido una de las experiencias más innovadoras del CPLL, su directora, Yanely Santos Nieves, califica de excelente la gestión comercial de los libreros en los municipios, la cual ha permitido acortar la desventaja económica con que arrancó el año.

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    Ilustra su afirmación con ejemplos, y va desde Maribel Madariaga y Misleidi González, en Majagua, quienes vendieron libros en zonas en cuarentena, hasta Marta Alonso y Arelis Modesta Sosa, en Venezuela, que recaudaron 17 000.00 pesos por encima de lo previsto. Sin olvidar el trabajo en La Moderna Poesía, en Morón, y que, en Chambas, donde ni siquiera cuentan con un local, también se lograron números en positivo.

    A pesar de estos buenos agüeros, en los primeros meses del año apenas rozaron los 15 000.00 pesos, cuando las cifras habituales eran de 700 000.00. Solo hubo alivio durante el verano cuando la provincia gozó de la fase de Nueva Normalidad y se logró distribuir la mitad del inventario que permanecía en almacén.

    Entonces volvieron al calendario cultural las presentaciones atrasadas de los libros de Ediciones Ávila, se organizaron miniferias en las comunidades, se desempolvaron revistas que duraron un santiamén en los anaqueles, y comenzó a hablarse en presente del nuevo plan editorial, gracias a una nueva máquina de impresión que llegó a la provincia.

    Hoy las obras que verán la luz bajo el sello de Ediciones Ávila solo esperan por la impresión de las carátulas y por ser perfiladas, lo cual resulta influjo positivo y barredor de las tristezas que Invasor enumeró en 2019, al señalar el mal acabado de los ejemplares y las erratas resultantes del trabajo a destiempo.

    Las otras secuelas inmediatas de la COVID-19 han sido las dificultades para llevar a cabo una distribución adecuada y la compra de nuevos materiales. A estas alturas, permanecen guardados más de 4 000 títulos, que se corresponden con aproximadamente 232 162 ejemplares, cifras que, a simple vista, esbozan deudas con los lectores y costos para la industria.

    Matemática detrás del libro

    La producción de libros, y de paso su subvención, son pilares fundamentales de la Política Cultural de la Revolución Cubana. Precisamente, este modus operandi ha afianzado la percepción de que, se vendan o no, la responsabilidad no caerá sobre los hombros de la editorial.

    Lo que pasará si las reglas se invierten es una incógnita, pero la escritora y editora Carmen Hernández Peña reflexiona con una interrogante: ¿Cuán útil es imprimir una obra, si hay 18 iguales en el almacén sin venderse? Luego agrega algo que, si bien no siempre se ha tenido en cuenta, debiera ser obvio: “Las editoriales territoriales no son una organización de consolación para quienes quieren publicar, son para dar a luz propuestas literarias buenas y de interés para el público. El libro es un objeto cultural que encierra un proceso de fabricación para, al fin y al cabo, venderse”.

    Reconocer la importancia del mercado en las decisiones editoriales y estudiar al público para prever, después, títulos, tiradas y distribución, es una rutina que no se aplica a cabalidad en Cuba. Lo que viene después habla de la ausencia de una efectiva política de promoción encabezada por las instituciones, que no se limite a la cercanía de la Feria del Libro.

    Por eso, el escritor Llamil Ruiz afirma que publicar obras de calidad ha estado siempre al centro del debate, pero han sido relegadas las muchas maneras de realzar un libro y estimular la lectura.

    “Las instituciones tienen que aplicar fórmulas eficaces para impulsar las publicaciones. Cualquiera no puede ser librero o promotor. Hay que desterrar la concepción de que el autor es el único responsable de publicitar su obra.”

    Sobre los anaqueles saturados, carentes de divulgación, gravita el hecho de que el precio de un libro no suple su costo de producción. Esa realidad, según Yanely Santos Nieve, cambiará en el contexto de la Tarea Ordenamiento, que introduce el reto de nuevos precios a partir del mes de abril, los cuales, aunque subvencionados y centralizados todavía, incluirán con más claridad montos asociados a la importación de insumos y materias primas.

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    Digo reto porque ya era habitual que, a mediados o fines de año, el CPLL hiciera rebajas de muchísimos ejemplares estancados, a veces, al precio irrisorio de 2.00 o 3.00 pesos. Sin embargo, en lo adelante esto será un lujo incosteable.

    De momento se revisan fichas de costo y se tropieza con que solo el gasto por concepto de salario supera aquí los cuatro millones de pesos anuales, mientras que los ingresos previstos apenas sobrepasan el millón. De ahí que Santos Nieves sea categórica al hablar de disciplina financiera, de cómo saldar sus deudas sin acudir a la Dirección Provincial de Finanzas y Precios, del cobro de cuentas atrasadas, y de buscar propuestas nuevas para la venta en las librerías.

    En tanto la promoción afina la puntería y Eduardo Pino, desde su puesto en Ediciones Ávila, anuncia espacios online como A la sombra de la palabra, para dar a conocer el trabajo de los creadores durante el tiempo de confinamiento, recitales de poesía y narrativa, un boletín digital, cápsulas de video, y la intención de incentivar las ventas dirigidas y acercar los títulos a las comunidades.

    A estas alturas, el sistema del libro no está como se quiere, pero tiene asomos de luz e intenta conectar con su realidad, a contrapelo de los retos exponenciales que se dibujan y de las ganas tronchadas. Concordemos en que no habrá segundas oportunidades para una gestión más eficiente.

    Tomado de El Invasor

    Consejo editorial integrado por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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