La primera Biblioteca en Cuba

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    Escrito por Ivón Muñoz Fernández
    Fuente:
    Blog CRAI del Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación de la Universidad de Pinar del Río “Hermanos Saíz Montes de Oca”.

    La creación de las primeras instituciones bibliotecarias en Cuba durante la época colonial, deben su nacimiento, en gran medida a la iniciativa de algunos intelectuales cubanos, pertenecientes a la clase adinerada y algunas autoridades españolas, interesadas en elevar el nivel cultural de un determinado segmento de la población y de almacenar cierto fondo documental.

    Las instituciones bibliotecarias aparecen en medio del analfabetismo en que se encontraban los habitantes de la Isla, donde sólo las clases pudientes se instruían en las instituciones formativas del país. En el período referido, a raíz de la aparición de la primeras bibliotecas, no se puede hablar de un desarrollo de la actividad bibliotecaria en Cuba. Las bibliotecas se encontraban bajo el amparo de la iglesia y contaban con una incipiente colección de temas religiosos.

    Orígenes

    Los primeros indicios que se tienen de la existencia de una biblioteca en Cuba, pueden  encontrarse en el testamento del presbítero Nicolás Estévez Borges, vicario general del obispado de La Habana, fallecido a inicios del año 1665. En una de las cláusulas del testamento dice: “declaro que tengo una librería de mil cuerpos de libros poco más o menos, quiero y es mi voluntad que esta se coloque en la Iglesia Parroquial de esta Ciudad en la parte y lugar donde más bien les pareciese a sus Señorías Ilustrísimas y dicho Señor Maestro de Campo Gobernador, entregándola con cuenta y razón a algún eclesiástico que cuide de ella para que se valgan los requeridos y amados predicadores y teólogos y si hubiese Iglesia Catedral en esta ciudad se mude para ella para dicho efecto”.

    En Europa, en el año 1789, se inició con un suceso extraordinario en la historia de la humanidad: la Revolución Francesa, sustentada en las nuevas ideas de la Ilustración y el Enciclopedismo. En ella, intervinieron diversos factores de carácter económico, político y social que determinaron profundos cambios en la estructura social. Estos cambios no afectaron sólo a Francia, sino también al resto de las naciones europeas con el paso de los años.

    La Ilustración como corriente distintiva del siglo XVIII provocó profundas renovaciones en el continente europeo y generó un cambio radical de la visión que anteriormente se tenía del mundo. Para Cuba, resultó un siglo de profundos cambios estructurales donde se sustituyó la ideología feudal por una nueva concepción burguesa, que se manifestó en el entorno científico, educacional y cultural.

    Para entonces, las ideas que predominaron fueron las ideas de la Ilustración y el Enciclopedismo sobre las ideas escolásticas. Hacia la segunda mitad del siglo XVIII, con el advenimiento de Carlos III al trono de España (1759-1788) se puso de manifiesto el Despotismo Ilustrado. Esta concepción política, propia de determinadas monarquías europeas del siglo XVIII, se caracterizó por el intento de los monarcas de conseguir el progreso del país por medio de la aplicación de algunas mejoras elementales para el bienestar del pueblo.

    A fines del siglo XVIII y siguiendo el ejemplo de España y otros países hispanoamericanos, se crea en La Habana por Real Cédula  la Sociedad Patriótica de Amigos del País, institución enfocada  en apoyar el crecimiento de la economía, la cultura, la educación y la sociedad en la isla; además de la divulgación de conocimientos  para la mayor ilustración de los suscriptores.

    Pronto se impuso la creación de una Biblioteca que facilitara el acceso a la cultura y la educación. En un plan que explicaba los objetivos de la Sociedad con respecto a las publicaciones periódicas, dirigido al presidente Luis Peñalver y redactado por Antonio Robredo,Tomás Romay y demás socios el 11 de julio de 1793 se abre la primera Biblioteca Pública en nuestro país:

    se decía con el dinero existente y el que fuere acumulando se harán venir de España los libros que se juzguen conducentes a formar una Biblioteca selecta como lo tiene determinado la Sociedad, para que pueda servir a los fines que se propone en este establecimiento. Para el aseo de esta pieza y cuidar  de los libros será necesario emplear un hombre con título de portero que se encargue de todo esto, mediante el estipendio que se considere bastante; cuyo gasto, como el de los estantes para los libros, el del adorno y composición  de la referida pieza, se harán del fondo del Periódico”.

    Ante las dificultades en hallar un local destinado a situar la biblioteca, Antonio Robredo ofreció gratuitamente una sala de su casa. Bajo la dirección de Robredo y con Mariano Aljovín como portero, con un sueldo de diez pesos mensuales,  así como mesas, sillas, estantes y 77 volúmenes iniciales que fueron pagados del fondo del Papel Periódico, comenzó a prestar servicios la primera biblioteca en nuestro país.

    El horario de apertura era de nueve a una y de tres a cinco de la tarde, permitiendo solamente la entrada a los socios a quienes había sido destinada. En 1794, el Capitán General Luís de las Casas, uno de los representantes más relevantes del Despotismo Ilustrado en Cuba, quien realizara diversas actividades de carácter social como la construcción de distintas edificaciones para la administración pública y la pavimentación de las principales calles de la capital entre otras;  presidente de la Sociedad Económica, propuso abrir las puertas de la biblioteca a todo el que estuviera interesado en instruirse y recibir sus servicios.

    En ese mismo año el censor Nicolás Calvo donó una pequeña imprenta de mano para marcar y numerar los libros y ´´para otros usos a que pueda aplicarse´´. Al poco tiempo, y con su aumento y enriquecimiento, se facilitó su uso a sacerdotes seculares y regulares, oficiales militares o de marina, además de otras personas que, con el conocimiento del bibliotecario y previa autorización del director de la Sociedad, teniendo en cuenta la utilidad de la concesión, gozaran de este derecho.

    Según las Memorias de la Sociedad, Robredo continuó por varios años desempeñando la plaza de bibliotecario, entre cuyos deberes se incluía la administración y compra de obras. En 1795, la Biblioteca contaba con 1.330 volúmenes, de los cuales sólo 349 eran propios de la institución. Se llegó a reunir un fondo de  unos 2.000 pesos para adquisiciones, pero curiosamente los libreros de La Habana no disponían de suficientes obras.

    A causa del conflicto bélico que se desarrollaba en Europa, se hacía complicado encargar nuevas compras y el nuevo suministrador, Estados Unidos, no disponía de las que la biblioteca necesitaba, por lo que el Papel Periódico resultó un gran apoyo para la Biblioteca.

    La Biblioteca de la SEAP durante el siglo XIX

    Al concluir el siglo XVIII el aumento de los libros y usuarios precisaba buscar otro local con más capacidad, para lo cual se propuso al gobernador ocupar uno de los salones del Convento de los Padres Predicadores (Convento de Santo Domingo), contando con el beneplácito de Fr. Juan González, rector de la Universidad que allí residía. La Biblioteca quedó a partir de entonces bajo la dirección de los Padres Predicadores, quienes tenían una notable influencia en los asuntos de la Sociedad Patriótica.

    El 15 de diciembre de 1800, se firma la resolución de quince cláusulas firmadas por la Sociedad que señalaba los deberes y funciones del bibliotecario que se nombrara al efecto, el horario, el reglamento, entre otras.

    Con relación al reglamento se aclaraba que: “la biblioteca abría sus puertas no sólo a los socios del cuerpo del Cuerpo Patriótico sino a todos los que desearán instruirse”. La Biblioteca permaneció en el Convento de Santo Domingo hasta 1844. A partir de este momento es cuando se puede afirmar que su actividad es realmente pública.

    También se aprobó que a ejemplo de lo que se practica en otros países, “se suplicará al Gobernador y Capitán General estableciese que todo aquel que imprima cualquier libro, papel o discurso, de dos ejemplares a la Biblioteca Pública para que por este medio se facilite la común utilidad, sin conocido gravamen de los autores”.

    El gobernador respondió afirmativamente, corroborando su utilidad pública, y a la vez institucionalizando lo que hoy se conoce como depósito legal. Sin embargo, aunque inicialmente el acuerdo fue cumplido por los impresores, más tarde hubo necesidad de hacer el reclamo, pues estos olvidaban o no efectuaban la entrega alegando haberse agotado la edición de la obra, se considera el antecedente de depósito legal en hispanoamérica.

    El Padre Manuel de Quesada fue nombrado bibliotecario, ya que “reúne a la calidad de socio, todas las demás circunstancias necesarias para su buen desempeño” y de secretario al presbítero Juan O´Gavan. En su nueva ubicación se enriqueció con valiosas donaciones, como las del intelectual Francisco Arango y Parreño.

    El 31 de marzo de 1802 se expide una Real Orden, consistente en aumentar las rentas destinadas a la Biblioteca, encaminada a mejorar la gestión de la misma, asignando 6,000 pesos fuertes cobrables en la Tesorería General del Ejército. En años posteriores existió la informalidad de los pagos.

    Al no efectuarse las concesiones decretadas por la corona, el fondo del que disponía la Sociedad era insuficiente, lo que deviene en la escasez de libros tanto en materia científica como humanística, sobre todo porque más de la mitad estaban escritos en otros idiomas; lo cual probaba el desigual desarrollo en materia cultural entre España y otros países europeos.

    La presencia eclesiástica en el gobierno de la biblioteca la prohibición de ciertos libros, y su consecuente eliminación por ser objeto de censura, era llevada a efecto con el máximo rigor.

    En 1806, el bibliotecario interino, Manuel de Quesada concluye el catálogo o índice de las obras de la biblioteca, calculando que el número de volúmenes era de unos 1,000, con un total de 568 obras sin especificar la cantidad de tomos: “Seguíase el método alfabético anotando el título de la obra excluyendo el nombre del autor, el año y el lugar de la impresión”. En la biblioteca sólo existía un catálogo de títulos, por lo que su organización era aún bastante deficiente. Según notificaciones del padre Quesada, en 1808 visitaban la biblioteca unas veinte personas al día, cuantificándose  unas 600 al mes. En los informes sobre su estado se comenta la desaparición de libros, entre otras causas debido a que no se devolvían los préstamos autorizados a los socios, y a que algunos libros eran destruidos por las polillas

    En 1813, la biblioteca contaba con 12 estantes y 1.133 obras que componían un total de 2.862 volúmenes. Aumentó sus fondos a pesar de la falta de asignaciones económicas y del restringido permiso de adquisición, que sólo le permitía comprar libros que fuesen del agrado de los censores eclesiásticos y políticos. En 1814 se acuerda que, para el mejor control de la colección, se forme el índice por orden de materias, que complemente el alfabético de títulos. En el informe de 1817 se señala el buen orden que se observaba y la asidua concurrencia de lectores.

    Durante los años veinte la colección aumentó no sólo con las acostumbradas donaciones. Se conoce que en 1820 la biblioteca realizó una serie de intercambios internacionales, de cuya fecha se sabe que existe una lista de las obras adquiridas, aunque no ha sido posible su localización. Se compra mayor número de libros que en décadas anteriores, provenientes de las distintas partes del mundo y de la propia producción cubana, incluyendo interesantes obras de carácter científico y donaciones.

    En 1824 se adquieren 1.848 tomos que formaban parte de los bienes expropiados a los conventos por orden del gobierno constitucional de la península.  En los años siguientes la biblioteca continuó incrementando su colección. A los pocos años, el lugar comenzó a confrontar problemas con el espacio y su estado se hizo deplorable. Gracias a la labor del pedagogo José de la Luz y Caballero, director de la Sociedad Económica  de Amigos del País en 1838, algunas personas contribuyeron económicamente y realizaron donaciones de libros para la biblioteca.

    En 1844, la biblioteca se traslada al Convento de San Felipe, bajo la administración de la SEAP. Allí permaneció hasta 1856 en que sufrió un nuevo traslado. Para el año 1882, la biblioteca atesoraba 21 078 volúmenes. El apoyo recibido durante estos años incrementó considerablemente sus colecciones, las cuales ascendían en 1899 a 41 487 volúmenes.

    La Biblioteca de la SEAP en el siglo XX

    Tras la instauración de la república, contradictoriamente al panorama del resto de las bibliotecas públicas cubanas, fueron de beneficio para la biblioteca pública de la SEAP. Los esfuerzos desplegados por ilustres personalidades y próceres de las guerras de independencia en el siglo XIX, su incidencia en el ambiente cultural del país y el prestigio ganado en sus relaciones con bibliotecas de países de Iberoamérica y los Estados Unidos por medio del canje de sus memorias, contribuyó al crecimiento de sus fondos y a la cantidad de usuarios, así como a la permanencia en el ámbito cultural con el respaldo de instituciones privadas y de los gobiernos de turno.

    En 1947 es inaugurado el edificio donde actualmente funciona, en Carlos III No. 710. En la sede de la Biblioteca radicó la Asociación Cubana de Bibliotecarios desde 1948 hasta 1959 y la Escuela de Bibliotecarios a partir de 1950. En enero de 1951 se abrió la sección de Biblioteca Juvenil. Al triunfo de la Revolución pasó a ser dirigida por la Biblioteca Nacional.

    En 1960 se convirtió en Biblioteca Municipal, al cerrarse la que funcionaba como tal. En 1961, al pasar al Consejo Nacional de Cultura, éste creó en el propio edificio el Centro Cubano de Investigaciones Literarias. La Biblioteca continuó prestando servicio público. En ese propio año fue cerrada la sección juvenil. En 1965 desapareció el Centro Cubano de Investigaciones Literarias y se constituyó el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias, del cual forma parte actualmente la Biblioteca, que sigue dando servicio público, aunque sirve fundamentalmente, como biblioteca especializada, a las necesidades de los investigadores literarios y lingüísticos del mencionado Instituto. La riqueza principal de esta biblioteca consiste en obras literarias y de ciencias sociales cubanas, así como en colecciones de publicaciones periódicas.

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