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Herson Tissert: Cuidado con el perro

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    ¡Prohibido el paso! ¡Me refiero a ti!
    Kurt Vonnegut Jr., Desayuno de campeones.

    Hagan sonar sus cascabeles
     Aunque estén muertos del miedo
    Los gatos samurai

    Susana tenía diez dólares y me pidió que la acompañara al Boulevard. Yo pensaba ir a casa de mi padre, así que la dejé con la palabra en la boca y me fui casi corriendo, para que no le diera tiempo a perseguirme. Anduve tres o cuatro cuadras y luego tomé un camino que me alejara lo más posible del centro de la ciudad. Eso me retrasaba un poco, pero en cambio, podía estar seguro de que ningún conocido intentaría desviarme. Caminaba inquieto, como siempre que voy por esos sitios quietos y no muy bien iluminados —pensando en desgracias, convencido de que así lograría ahuyentarlas— cuando sentí unos gritos más adelante. Ese es el ruido que todo el mundo evita escuchar durante la noche. Nadie sale. Los vecinos aseguran las puertas, bajan el volumen del televisor, espían a través de las persianas y se quedan mirando cómo una muchacha viene y se agarra de mi brazo, y otro tipo se me para enfrente, dice “coño moreno disculpa”, y se larga por donde mismo ha venido. No sé por qué pasan estas cosas. Yo sólo quería ver a mi padre, si no era mucho pedir. Retrocedí hasta que encontré un lugar con un poco más de luz y me di cuenta que lo que estaba colgado de mi brazo no era una muchacha sino casi una niña. Siempre evito pensar estas cosas, pero descontando el miedo, me sentía como Robin Hood.

    Estaba nerviosa, se le caía el menudo que intentaba sacar de sus bolsillos, quería encontrar un teléfono y no sabía dónde. Cuando por fin lo hallamos, ella no atinaba a marcar. Le quité el teléfono, le pedí el número y disimulé mi propio nerviosismo con par de golpes y varias quejas contra la empresa. Dio timbre, le pasé el aparato y me aparté un poco. Siempre me aparto. No me gusta oír las conversaciones de la gente, pero esta vez fue inevitable. Me sujetaba el brazo y me halaba hacia ella, como si tuviese miedo de la distancia. Conversó un poco, dijo algo de su padre y luego me preguntó si podía acompañarla a su casa (ella me pagaba un carro al regreso). Colgó.

    No dijo dónde vivía, ni tampoco hizo falta. Una rubita con esa cara, y ese número telefónico sólo podía vivir en una parte de la ciudad, y eso quedaba en dirección contraria al lugar hacia donde yo iba.

    Tal vez debí preguntarle por qué si estaba tan dispuesta a pagar mi viaje de regreso, no lo hacía mejor con el suyo de ida, al fin y al cabo, era el mismo precio y así me dejaba en paz. Sin embargo no abrí la boca. No ganaba nada con eso, si de todos modos la iba a acompañar. No es que yo sea un tipo tan decidido, pero si estoy en medio de un asunto, (y no es demasiado grave) me ataca una especie de serenidad (o espíritu de resignación) que me impulsa a llegar hasta el final. Era un hecho. Dejaría a esta criatura en la puerta de su casa, sin tomar en cuenta todo lo que iba a hablar Susana si me veía, ni toda la porquería que se encuentra uno en la calle cuando anda del brazo de una blanca: los dos negritos que seguro iban comentando qué se piensa este, el grupo del parque sorprendido de mi buena suerte, la vieja que dice “esta juventud no se respeta”, la otra que se pregunta si esta niña no es una extranjera y varias más que miran con asco (no a mí, sino a ella) hasta casi hacerme sentir culpable.

    Ella comenzó a hablar, o mejor dicho, yo empecé a escucharla después de diez o veinte minutos. Ahora que lo pienso bien, creo que repitió lo mismo varias veces. Se llamaba Dania, tenía quince años y había salido para una fiesta, al final la cosa se cayó. Entonces aprovechó para visitar a un amiguito, bueno, amiguito no, ya tú sabes, y sí, sí le daba miedo a esa calle, pero no era tan tarde, y después se encontró con tres tipos que seguro estaban borrachos y uno de ellos, no uno, dos, el que viste y otro más, dijeron algo y creo que me asusté más de la cuenta.

    Menos mal que Dania resultó ser una cotorrita. Yo tengo serias dificultades para entenderme con las adolescentes. No las comprendo, ni ellas a mí. Susana dice que para comunicarme necesito treinta dólares. Los dólares, dice ella, son un lenguaje universal que todo el mundo asimila. Puede ser, pero es un idioma un poco caro.

    Ella seguía hablando y yo contento. Era el tipo de conversación que no precisaba respuesta, algo ideal para mí, un artista del monosílabo. Podía mascullar dos o tres , un no, y varios más o menos. Esto, junto con algunas muecas y mucho movimiento de hombros bastaba para que la chiquita se sintiera atendida y me diera tiempo a maldecir a todos los choferes que conozco y que tienen la virtud de nunca aparecer cuando los necesito. Todavía quedaban como mil cuadras y al final, ¿para qué? Llego a una casa enorme, con dos garajes, siete perros puddle y cuatro tipos sentados en la sala, tomando cerveza y ron del bueno, hablando de marcas de carros, inversiones y cosas desconocidas, para que yo me sienta fuera de lugar.

    Eso pensaba yo, pero la cosa no fue así. Aunque no estoy seguro de que haya sido mejor o peor.

    Nos recibió la abuela de Dania, una señora como de setenta años, que dio las buenas noches y fue a sentarse junto a una niñita que no llegaba a la edad escolar. A esta le noté algo raro, luego descubrí que su tete era demasiado grande y parecía una mordaza. Supuse que no les habían hablado de mí porque me ignoraban de tal manera que por primera vez me sentía invisible. La vieja ni siquiera me señaló un asiento. Dania se acercó a la hermanita, le dijo algo al oído. La nena vino hacia mí, se quitó el tete, me plantó un beso y después continuó ignorándome.

    La abuela en cambio, necesitaba un poco más de tiempo. Se vio arrastrada por su nieta mayor casa adentro y allí estuvo largo rato. Dania vino un momentico para decirme “no te vayas a ir” y traerme un vaso de refresco y una bandejita plástica (los blancos sienten el deber de alimentar a todo el que les hace un favor). Luego desapareció.

    Cuando volví a ver a la abuela, estaba cambiadísima conmigo. Poco faltó para que trajera en las manos banderitas de colores. Se acomodó frente a mí, preguntó por el lugar donde vivía y al oírlo, no se espantó. Casi cerró los ojos como si estuviese buscando en la memoria y después empezó a contarme de un mulatico muy simpático que vivía cerca de mi casa (o al menos así lo asumió ella), estudió con su hija (la madre de las niñas) en la secundaria y con el tiempo se hizo médico, buenísimo. Se sorprendió que no lo conociera, ni tampoco a una señora bajita y muy amable, casi un ángel, que lavaba en casa de sus primas antes de que estas se fueran para Miami, no se quiso ir, y no se quedó con la casa por boba.

    ¿Dónde dijiste que estudiabas?, me soltó de pronto.

    No, ya no estudio, dije yo.

    ¿Y qué tú haces, trabajas?, ¿eres artista?

    No supe que responder y bajé la cabeza. Reparé en que no había probado el refresco. Me di un trago y lo puse de nuevo en la bandeja.

    Esta gente se figura que en los barrios todo el mundo se conoce, como si viviéramos en una enorme barraca. Ese es su primer defecto (aparte de no echarle suficiente azúcar al refresco). El segundo es que cuando tienen delante a un ejemplar como yo: negro, 1.80, 83 kilos de puro músculo, algunos aditamentos en el cuerpo, no se imaginan que se trata de una persona normal. Si no es un delincuente (y obviamente yo no podía serlo, al menos, no después de su conversación con la nieta), uno está condenado sin remedio a ser un héroe, un tipo intachable, o un artista. Resulta imposible que yo sea carnicero, fotógrafo, reparador de persianas, jardinero, o chofer de ambulancia, que haga favores y pida dinero prestado, y hable mal de la gente de cuando en cuando.

    El tercer defecto es que si se lo proponen, pueden hacerte sentir como si de verdad estuvieses en tu casa. Dania me hizo una seña. Caminé hasta donde estaba, la señora se apartó con una sonrisa, la niña me siguió con sus ojos verdes y yo fui a parar a una especie de terraza, donde pude aflojarme el cinto y los cordones, estirar las piernas y notar que mi amiga se había cambiado la ropa. Además, yo no recordaba en absoluto la que llevaba puesta cuando vinimos. Sólo estaba seguro de que no era ese short de mezclilla (bien bajo, sujeto a la cadera, una tenue línea roja asomando por debajo) ni esa blusita tan breve que me permitía admirar a un ombligo de lo más interesante, custodiado por dos argollas de plata. Cierto que no había mucha carne, mas era carne de primera: blanca, limpia, fresca y sin cortar.

    Se estaba bien allí, gran ventilación, mesitas de cristal, rollitos de queso y jamón. Todo muy clásico y por así decirlo, muy transparente. Tremenda sensación de bienestar. Me pregunté si las botellas de vino guardaban su contenido original y no agua coloreada, pero inmediatamente deseché la idea, esta gente no se rebajaba de ese modo. Luego se me ocurrió que tal vez habría en la casa uno de esos perros bestiales puestos de moda últimamente. Ella me dijo que no tenían perros, o que estaba amarrado, ya no me acuerdo. De todas formas olvidé el asunto en cuanto empezó la conversación.

    ¿De qué se habla con una niña de quince años? Bueno, los muchachos de esta generación tienen, digamos, una amplia gama de temas, en algunos son expertos, en otros te hacen sentir a ti como un experto. Hablamos acerca de todo: teléfonos inalámbricos, peleas de perros, Internet, anticonceptivos, Britney Spears, nuestros respectivos padres, rap y rock and roll, lo que sentí al cumplir los veinticuatro años, la novela brasileña, el precio de la gasolina, Chayanne, fulanito que alquilaba su Lada para fiestas de quince (500 pesos el día), el color de moda en el verano y de que a mí no me gustaban los tatuajes.

    ¿Y por qué te los hiciste?, preguntó ella. Le dije que cosas de juventud. Puso esa carita que ponen las niñas cuando quieren decir que están molestas. No chica, de verdad, es que no se ven bien sobre la piel negra, ¿ves? Le mostré el tatuaje del brazo, este debería ser una araña y parece una mancha. Aquí no hay tinta para eso. A mí, sí me gustan, dijo ella, pero papi no quiere.

    Recordé su ombligo y le dije: ¿desde cuándo los piñoncitos como tú, oyen a los padres? Aquello la mató de la risa. Si lo que importa es reírse, uno se ríe de cualquier cosa, por el simple placer de enseñar los dientes. Rió tanto y tan ruidosamente que tuve miedo de ver a la abuela regañándonos.

    Así estábamos cuando escuché que había llegado alguien: una voz nueva, intercambio de saludos. Me incorporé con rapidez. Fue una cosa instintiva como en la escuela cuando se acercaba el director o en el barrio al entrar la policía: uno se arregla el uniforme y repasa mentalmente a ver si lleva alguna cosa ilegal.

    Papito llegó y todo estaba en orden. Le dio un beso a la hija, me saludó y siguió para su cuarto. No fue especialmente desagradable, y hasta puedo decir que estrechó mi mano con cierta calidez. Sin embargo, sentí que era el momento adecuado para irme y Dania lo entendió también así.

    Me llevó hasta la puerta, me pegó en la cara un beso húmedo, suavecito y deslizó sobre mi mano un papel envuelto.

    No lo abrí hasta que caminé dos o tres cuadras. Decía: llámame el domingo, por la mañana, 641128, y tenía veinte pesos.

    Ni se me ocurrió ir a coger el carro, estaba demasiado excitado para esperar uno, y menos para estar encerrado quince minutos. Y de paso me ahorraba veinte pesos para la semana.

    Así que caminé mi ciudad a medianoche, sin miedo, sin presión. Después de todo, ¿quién se iba a meter conmigo a esa hora? Todo parecía indicar que yo era una máquina, un tipo de los que ves y mejor cruzas la acera. Caminaba despacio y me sentía todo excitado, orgulloso de algo que no podía explicar. Estaba loco por contárselo a alguien del barrio y menos mal que a la una de la madrugada, cuando llegué no quedaba mucha gente con quien conversar.

    Porque nadie hubiese entendido, como no lo entiendo ahora, lo que me pasaba con esa niña.

    Esa noche soñé con ella, y en los dos días que faltaban para llamarla, creo que me dio hasta fiebre. La extrañaba como si fuese alguien a quien conocía desde tiempo atrás y no una nena a quien había visto menos de cuatro horas y con la cual, en honor a la verdad, no había logrado nada.

    ¿Nada?, me dijo Susana el domingo, cuando se lo conté, luego de oír todas sus descargas y aguantar su mala cara y su mal humor, ¿ni un besito ni nada?

    Luego se empezó a reír y me dijo negro piolo, y si por esa mierda me había perdido lo de aquella noche en el Boulevard, que ella se había empatado con un tipo, y hasta le había dado unos besos y todo. ¿Te gustó?, le pregunté yo.

    —no —se viró de espaldas en la cama —y no estamos hablando de eso. Háblame de tu suegro el coronel, ¿qué tenía puesto? —se haló la blusa—, háblame de la percha.

    No era coronel. Hasta donde supe había sido guardaespaldas. Y a decir verdad, no me dio la impresión, por lo poco que lo vi, de ocuparse mucho de la hija. No es que le hiciera gracia verme con ella, pero no creía que me hubiese dedicado más de veinte segundos de su pensamiento.

    —¿y el traje? —volvió a estirarse la blusa

    —no jodas más, negra —ella se rió.

    —¿y qué vas a hacer? —dijo—, ¿vas a ir?

    —no, tengo que llamarla hoy, acuérdate.

    Me paré, el reloj de Susana que estaba sobre la cómoda marcaba las once.

    Miré al espejo y pensé en lo que haría yo si tuviese una hija y esta se relacionara con un tipo como yo. Con esta cara y estos tatuajes. Esas cosas se le ocurren a uno cuando se está poniendo viejo.

    Me fui hasta la puerta

    —coge bastante menudo —gritó Susana—, seguro preguntan quién es, y luego consultan la lista.

    Salí. Las dos cuadras que me separaban del teléfono y las tres o cuatro personas que esperaban me dieron tiempo a relajarme. Cuando me tocó el turno, marqué de un tirón. Me dio timbre varias veces, esperé un ratico y después, salió la contestadora.

    Abril 2002
    Para Jamila, 20 años, rubia hasta la demencia.

    Este cuento fue publicado primero en la Revista Sic. No. 33, 2007, p. [18-21].

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