Eduard Encina en el palenque de sucesivas epifanías

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    Escrito por Eduardo Sánchez Montejo

    En el principio era la Espuma. Infinitas burbujas se expandieron y dieron lugar a un sinfín de universos diferentes, cada uno de ellos con su complejo de propiedades físicas. Nosotros existimos en aquel cuyas propiedades admiten la existencia de la vida. Existimos porque el Universo, objetivamente de nosotros y de nuestra razón, posee ciertas propiedades. La pompa que conocemos no pudo ser más que la que es. El poeta es testigo de cierto tipo de procesos en su espacio porque los procesos de otro tipo (en otras burbujas) transcurren sin testigos. Vivimos en una de esas cómodas pompas admirándonos del sentido de precariedad de los procesos que han creado la vida, la unidad de todas las cosas y la variedad de las formas vivientes. Cuán poco ha faltado, ha escrito Ítalo Calvino, para que el hombre no fuese hombre, y la vida la vida, y el mundo un mundo. Esta burbuja bien pudo tener otra dinámica, otros vasos comunicantes, sin la tendencia universal a la equivalencia de todo con todo. Sin la vida, sin poetas.

    ¿Qué ocurriría si…el poeta no pudiera fulgurar, expresar el asombro de existir? No sabemos. Sin embargo, tenemos la suerte de estar aquí y de poder compartir las visiones y los imaginarios con los poetas amigos. Particularmente, tuve la suerte de haber compartido un trecho en esta burbuja cosmológica, rizomática y llenas de pliegues, con el poeta Eduard Encina. El azar concurrente me permitió ca(p)tar la atmósfera que lo rodeaba y que llenó de poemas, como constancia de sus sueños, vivencias y mundologías. Poesía, la suya, sutil, exquisita, intensa, íntima, profunda, apasionada, ríspida y… dolorosa; enemiga de lo vulgar y superficial, de lo desvaído y ramplón. Poesía llena de ángulos y esquinas; poesía que pica. Poesía del dolor.

    Los poemas de Eduard manifiestan una impresión global de coherencia a pesar de la heterogeneidad simbólica y temática; instauran un complejo sistema de relaciones entre instancias históricas, sociológicas, psicoanalíticas, estéticas, metafísicas, metapoéticas, surrealistas,etc. En esas instancias se columbra una profunda y apodíctica relación del ser con el dolor. El dolor levanta y sostiene su expresión, dejando a un lado cualquier prurito efectista. Su escritura da cuenta del dolor emocional como desgarramiento, lejanía, impotencia de realización del ser, marginalidad, pérdida de la inocencia y del sentido. David Le Bretón en su libro La antropología del dolor sostiene que: El dolor es íntimo, pero también está impregnado de materia social, cultural, relacional, y es fruto de una educación. No escapa al vínculo social. Eduard desplaza el dolor desde el fenómeno meramente fisiológico al centro de la conciencia moral y poética del sujeto. Digamos que toma el dolor como una metáfora o modelo para explicar la organización del mundo.

     Unamuno creía que ningún escritor está libre de la leyenda, y que después de todo, peor sería no tenerla. Eduard Encina estuvo rodeado de una leyenda: la del escritor marginal. Quizás la misma esté fomentada por la gran dimensión humana que alcanzó, expresión de su agudeza y sensibilidad. Como todo escritor, trató de reconstruir la imagen del mundo a través de sus mitos personales y de los colectivos. La conciencia de su escritura fue siempre el fruto de una operación a corazón abierto. Su poética nunca podrá será catalogada como purista o puritana, pues sus libros constituyen el palenque en el que centra la lucha de sus concepciones abiertas y raigales sobre el mundo, el hombre y la sociedad.

    Eduard se propuso sacar a la luz mediante una alchimie du verbe la cápsula de la experiencia vital del ser arrojado a las orillas del ser. Su libro Lecturas de Patmos, abre sus páginas con un texto que se intitula, precisamente, “La burbuja”. En la segunda estrofa del poema dice: Uno intenta vivir salirse de la burbuja hacia / soles conquistados pero siempre es difícil / acariciar la luz que nos pierde al fin vencida / en su propio reflejo. Caer en el círculo conservar / la aureola cuando los ciclones arquean las palmas / y ya no encuentras sentido. Sístole y diástole, báscula entre dos orillas complementarias: la del juego divino de la trascendencia y la del juego poético del hombre. Se ha cumplido la premonición: Eduard, el amigo, el poeta, ha salido hacia otros soles. En los que, como presagiara Lezama Lima, evapora al otro que sigue caminando. Marcha todavía por los palenques poéticos de esta burbuja y de la Otra, por supuesto, en sus sucesivas epifanías

    Consejo editorial integrado por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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