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David Martínez Balsa: Quienes escribimos, tenemos algo de loco

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    No estoy diciendo nada remotamente nuevo, me limito a repetir lo que tantos otros han afirmado: quienes escribimos, tenemos algo de loco (o bastante). Cierto nivel de locura debemos poseer para meternos en este tipo de aventura.

    Mis motivaciones (o mi locura) han sido siempre la necesidad de leer y contar historias. Lo primero vino por su cuenta, desde la niñez y fue nutrido por mis padres, quienes jamás me impusieron el hábito de la lectura, tan solo notaron el interés y lo alimentaron, sobre todo mi padre, que vivía recomendándome libro tras libro, como todo un promotor en su máximo esplendor. De mi madre, profesora de Español Literatura, aprendí el respeto y cuidado que se le debe al lenguaje y cómo la herramienta esencial para manejarlo es, precisamente, la lectura constante.

    El afán de contar historias comenzó igual desde la infancia, aunque en un inicio, me dirigía al dibujo. El tiempo y mis desastrosos intentos de transmitir ideas a través de la pintura, me empujaron a probar con la literatura. Así, tras años de constante aprendizaje (que nunca se detiene) y en el que no puedo dejar fuera esa época maravillosa que pasé en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, he llegado hasta aquí, y espero seguir otro poco más.

    ¿Qué busco al escribir? Dejar en el papel todo lo que me consume, ya sean fobias, alegrías, penurias e inseguridades. Todo. Trato siempre de llegar al lector, entregarle una historia que lo saque de su rutina, lo sorprenda, seduzca y apuntale la certeza de que mereció la pena el tiempo que se quitó para entregárselo a mi trabajo.

    Si logro que empaticen con los personajes y con la historia que habitan, pues me doy por satisfecho.

    Siempre trato de darle un respiro a lo que escribo…

    Soy ansioso, al extremo. Intranquilo si no estoy involucrado en algún proyecto, ya sea un libro de cuentos o novela. Y también intranquilo cuando lo estoy llevando a cabo.

    Hasta hoy, no he logrado empezar a teclear una palabra sin darme un buen buche de café. También el cigarro me acompaña (por desgracia) mientras peleo con la página en blanco y necesito también algo de música sonando.

    Prefiero las noches y las mañanas para escribir.

    Siempre trato de darle un respiro a lo que escribo, una vez logro terminarlo. El período oscila entre los siete y los catorce días. Luego, empieza una de las fases que más disfruto: la revisión. Ahí asoman las barbaridades y si tenemos suerte, las maravillas.

    Ya concluida la revisión, profundizo otro poco más al enviar el cuento o novela concluida a mis lectores primarios. El trabajo del escritor, ciertamente, es el más solitario, pero conviene y mucho, salirse de esa burbuja tan propicia para escribir y exponer su trabajo a otra persona (o personas), de su absoluta confianza, que le ofrezca una crítica sobria, sincera. Esos señalamientos y la capacidad del autor para aceptarlos, se traducirá en un beneficio para su obra.

    Necesidades y universo creativo

    Parte de nuestra locura radica en que somos unos eternos perfeccionistas. Nuestros escritos son nuestros hijos y como tal, los protegemos con la vida y queremos verlos lo mejor encauzados posible. Por supuesto, nuestra búsqueda de la perfección siempre acaba en cierto descontento, pues nada es perfecto en esta vida. Siempre nos parecerá que algo faltó, en cada revisión veremos la posibilidad de mejoría: una línea que pudo salir mejor, una palabra que faltó, que sobró, una descripción que pudo pulirse más. Es un gaje del oficio y uno que necesitamos: la imperfección de nuestro trabajo nos obliga a superarnos, como autores y como seres humanos, nos aterriza, mantiene humildes, sencillos y nos protege de esos orgullos tan subidos de tono que —a la corta o a la larga— ensucian nuestra obra.

    En mi caso, siempre trato de buscar la mayor autenticidad posible. Despojarme de todo prejuicio. Lo veo como la única manera de entregarle al lector una historia convincente, que lo cautive y atraiga hacia mi trabajo. Intento olvidarme de quien soy al enfrentar la página en blanco: necesito ser lo que la historia que abordo me exija. Es un deber para con nuestro trabajo y con quienes nos hagan el honor de leerlo. Hay que estar dispuesto a ser desde el más bondadoso de los personajes en este mundo, hasta el más horrible, pasando por los múltiples contrastes entre el uno y el otro. No importa quién sea tu personaje, donde se encuentre o la experiencia por la que transite; hay que dejar la sangre con tal de transmitirle todo al lector con la mayor veracidad posible.

    No siempre tengo claro por dónde “irán los tiros” (en el buen cubano); a veces es un personaje, una escena, un diálogo; en otras (las más raras) viene todo de corrida. Trato de escribir sobre lo que conozco y sobre lo que desconozco también, a modo de reto. Si he tenido éxito en reflejar los escenarios, personajes y situaciones en las cuales los coloco, pues ese veredicto no me compete en lo absoluto.

    La última palabra, siempre, será de los lectores.

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    Equipo Editorial
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    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

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