CINFI (Cintio y Fina)

×

    Sugerir cambios

    Para Fina

    ¿Te estabas despidiendo, verdad, Cintio? ¿Querías decirme adiós ayer, el primer día del mes de octubre, en la mañana, cuando me detuve antes de salir camino a la librería, frente a la biblioteca donde están una parte de mis autores cubanos, donde estás tú, Fina, Lezama, Dulce María, Carilda, Fayad, Luis Rogelio, Gastón, Cleva, Fefé…? Miré tus libros, me senté en el piso y los saqué todos y los puse frente a mí, en una hilera, en el mismo orden de estatura en que se acompañan. Los abrí uno por uno y leí cada una de las dedicatorias; encontré, sabes, unas fotos que ya había olvidado, unas que tomé el día del lanzamiento de Epifanías, tú rodeado de niñas de colegio, firmando libro tras libro… Les quité el polvo que siempre se acumula, ese que nos muestra que el tiempo hace sus huellas, y los volví a acomodar. Mirarlos, ver las fechas y el lugar en donde los compré, es sumergirme en la memoria, sentir que ha sido mucho el tiempo que ha pasado y que ha sido más, demasiado más, lo que hemos compartido, los tres. En la noche, cuando llegué a mi casa, encendí el computador y abrí el correo electrónico. Un mensaje sin asunto se distinguía entre todos. Era de Betania: “Álvaro. Cintio Vitier murió en horas de la tarde. (…)“. ¿De manera que te has ido, descansaste al fin, que ya haces parte de la eternidad? ¿Por eso miré tus libros esta mañana? ¿Fue tu manera de decirme adiós? Guardé silencio un momento. Cerré mis ojos que poco a poco se van haciendo lágrimas. No puedo hacer un recuento de todos estos años. Y eso me parece perfecto: habitas en esa parte de mi memoria donde se guarda el tiempo del día a día, el de la vida compartida sin afanes, el de lo que nos abriga siempre.

    Hay muchas imágenes. Me quedo ahora con dos. Fina, Cleva, tú y yo en el patio del convento de San Francisco, en junio de 1996. Los cuatro sentados en un banco. Cada uno con una cajita de merienda, comiendo croquetas de pollo, hablando de Camilo Torres, cuya vida y obra tanto los ayudó y acompañó en el camino de la revolución. La otra, la última, de hace apenas dieciocho días. El 12 de septiembre, en la sala de tu casa. Fina fue un momento al estudio a buscar un libro que me quiere regalar, Sin romper el silencio, donde están sus palabras de agradecimiento por el Premio Pablo Neruda. Le quedan dos ejemplares. Quiere que yo tenga uno. Me miras y me dices (casi no puedo entenderte): “Ráscame la espalda”. Me acerco y lo hago. Cierras los ojos. Descansas. Entre el comer unas croquetas de pollo y el rascarte la espalda se deslizaron, fueron, catorce años de amistad. Catorce años de mi vida. Los conocí en ese evento dedicado a los 30 años de Paradiso.

    Al año siguiente, Betanita, la nieta de Catalina, la hija de Miguelito, la sobrina de Betania, me llevó un día a tu casa, en Línea y Paseo. Fue una tarde maravillosa en la que la conversación fue como un río. Y desde entonces siempre, todos los años, sin falta, una o dos veces, en cada viaje, ya no recuerdo cuántos son, había una tarde reservada, siempre después de las cuatro, en la que nos encontrábamos los tres y seguíamos conversando. De todo y de nada. De la vida y el tiempo. De las luces y las sombras. De la revolución. De José Martí. De las decisiones.

    Fina y tú, tú y Fina, “Cinfin”, como me firmaste en alguna dedicatoria, son para mí el testimonio (palabra querida para ti) de honestidad, claridad, fidelidad y consecuencia a un destino. Amor a la vida y a la Patria, a esa opción “con los pobres de la tierra”. En la sala, en el estudio, en el comedor fueron nuestros momentos. Charlas siempre largas, a veces acompañadas por un vino o un jugo o un cake o un chocolate o una panetela o un helado, donde jamás, nunca, me hicieron, hiciste sentir un extraño. No importaba que fueras cuarenta y ocho años mayor que yo. Nunca fuimos ajenos: siempre nos miramos a los ojos y conversamos como conversan los amigos, sin importar la distancia ni el tiempo, porque siempre “decíamos ayer”. El tiempo para nosotros era un espacio para habitar. Cuando menos lo pensábamos ya el sol se había ido y, no puede ser, ya la noche nos convocaba.

    Un poema tuyo siempre me acompañó, “Cuánto diera”, del libro Poemas de mayo y junio:

    No quiero irme sin dejar pasado
    en limpio este confuso borrador,
    sin corregir el minucioso error
    que en sueños me ha tenido desvelado.
    Me martiriza el inconcluso estado
    de todo lo que hice en el hervor
    de los días que fueron, y el terror
    de no acabar lo que ya está acabado.

    Cuánto diera por terminar mi vida
    como lo árboles que tan serenos
    se desploman por toda despedida.
    Mas algo siempre en mí echo de menos;
    en algún sitio algo se me olvida;
    mis vacíos, de enmiendas están llenos.

    Haces, hacen, parte de mi vida, de esa que camina todos los días y se enfrenta a las circunstancias. No puedo decir muchas cosas Cintio en este momento. Sólo que agradezco el haber podido conocerte y ser tu amigo. Porque eso fuimos, eso somos. Martianamente amigos, que es decirlo y serlo todo.

    Octubre 2 de 2009

    Rafael Acosta

    Rafael Acosta

    Rafael Cayetano Acosta de Arriba. Destacado poeta y ensayista cubano ...
    Victor Hugo Pérez Gallo

    Victor Hugo Pérez Gallo

    Victor Hugo Pérez Gallo (Nuevitas, Camagüey, 1979). Doctor en Ciencias ...
    Oscar Hurtado

    Oscar Hurtado

    Oscar Hurtado. Fue un reconocido escritor y periodista cubano Considerado ...

    Álvaro Castillo Granada

    Librero y lector. Investigador de la vida y obra de Pablo Neruda. Curador de exposiciones bibliográficas en Bogotá, Buenos Aires, Lima y La Habana. Es Director de Ediciones Isla de Libros (Bogotá). Antologador de poesía cubana.

    Estaremos encantados de escuchar lo que piensas

    Deje una respuesta

    Claustrofobias Promociones Literarias
    Logo
    Shopping cart