A la luz se escucha mejor

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    Escrito por Liset Prego Díaz. Fotografía: Carlos Parra

    Holguín, 27 jul. (Ahora) Entre telones y atriles vibró el verso este sábado. Antes hubo días de complicidad y días de ensayos, apagones, reuniones inesperadas, pero la expectación nos tocaba a todos.

    El programa previsto a ejecutar por la Orquesta de Cámara de Holguín y poetas de La Joven Luz, miembros de la sección de literatura de la AHS provincial, cambió su concepción previa. El recital de música y poesía con que la Orquesta invitaba al primer concierto de regreso a la normalidad en el Teatro Eddy Suñol, estaba pensado para dos noches, viernes y sábado. Pero la naturaleza es una fuerza impredecible y el viernes llovió. Llovió a cántaros y el teatro quedó vacío, luego se apagó la luz. Los músicos empapados volvieron a sus casas, los poetas postergamos el susto de salir a escena, solo un día más. Esta vez nos presentaríamos todos juntos ¿poesía coral, acaso?

    Por suerte, el sábado amaneció radiante. Otra vez la noche y la anticipación, descubrir que el teatro tiene una vida otra, más allá de las lunetas y el escenario impoluto. En los camerinos afinan los virtuosos instrumentistas. Repasamos un guion pensado para el estremecimiento los poetas.

    Podría ser un aria, pero es el verso el que romperá el silencio, entre La Bella Cubana, Brevis Bolero, Quizás, Cómo fue, Soneando, selección cubanísima que con algún que otro matiz foráneo se trenzará al poema.

    Debemos salir a escena, coreografiamos el momento. Frente espera el público, sentado y distante, como en islas en lugar de butacas. Con los rostros cubiertos por mascarillas es más difícil saber quién mira, qué les conmueve, he ahí el nuevo reto.

    Oreste Saavedra, director de la Orquesta lleva una guayabera más bien contemporánea y todos visten de gala, será porque la poesía insta siempre a la búsqueda incesante de la belleza, aunque no hable de lo bello. Nosotros intentamos poner color entre la sobriedad que los dieciocho músicos imponen. Todo busca establecer el nexo con el espectador, conectar, pero sobre todo persigue la armonía.

    Un movimiento de manos del maestro hace la magia, luego todo fluye. Las cadencias de sones, la intimidad de boleros, canciones que negocian directamente con la emoción se tejen con versos que hablan de la fe o la falta de ella, del amor, de lo cotidiano, que buscan la definición del poeta, el reconocimiento del sujeto lírico, la vida que transcurre para todos, vista con el prisma de cada autor.

    El tiempo es otra cosa sobre el escenario, elástico, fugaz, calmo, todo a la vez. Y la partitura de José White dialoga con el texto de Elizabeth Soto, antecede un tema de Carlos Fariñas a Erian Peña. Todo confluye y la luz es música cuando desgrana el verso Norge Luis Labrada. Sigo con la vista a los violines en su balanceo, miro a los instrumentistas. Soy más consciente de su ejecución que de mis propias líneas, aunque sea la próxima en leer.

    Transcurre casi una hora entre los ritmos que marca cada expresión artística que busca la ligazón de sus lenguajes. Hay un goce en la improvisación de aquel solista y no importa si de pronto vuela un atril. Son tal vez las presencias latentes que habitan el teatro haciéndose notar, conmovidos.

    Cuando se acerca el final, y los epigramas nos conducen al aplauso definitivo, no distinguimos si esta ha sido siempre nuestra casa, si hacemos música o poesía, si finalmente una línea divide cada cosa, solo nos consta que a la luz se escucha mejor y que tras la reverencia solo puede venir el reencuentro.

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