Yugo y Estrella: El hombre, la soledad, la vida

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    Escrito por María de Jesús Chávez Vilorio

    Cuando mi padre puso ante mis ojos Yugo y Estrella, me enamoré realmente de Martí. Por supuesto, no lo entendí del todo. Tenía solo nueve años. En la escuela me dijeron que era un poema patriótico. Que el dilema al que se enfrentaba el sujeto poético era el de bajar la cabeza ante la opresión colonial, o erguirse y luchar por Cuba hasta su último aliento. Y aunque por instinto nunca me quedé conforme con esa explicación, no tenía las armas para enfrentarme al texto y encontrar algo más profundo.

    Hay emociones que lleva toda una vida, llena de experiencias, alegrías y sufrimientos, para poder empatizar y simpatizar con ellas. Hoy, tras mi propia serie de sucesos, vivencias y dolores (nada semejantes a los del Apóstol, aunque uno se asombraría de todo lo que se puede aprender en 25 años), puedo decir que el poema habla sobre mucho más que el sueño de ver a la Patria libre. Es un manifiesto, una guía de vida.

    En muy pocos poemas se ve tan meridianamente la conjunción de luces y sombras que fue Martí. Es el ser humano vulnerable, de carne y hueso, con esperanzas y sueños, pero sobre todo con enormes desilusiones. Para mí, Yugo y Estrella es el testimonio de un momento de madurez definitivo por el que todos pasamos: ese día brutal en que nos damos cuenta de que la vida no es justa.

    Repetimos constantemente la idea de que “todo el que lleva luz, se queda solo”, verdad irrefutable, pero obviamos lo que lo antecede: “como que lleva luz, los pecadores huyen de quien la lleva y en la vida, cual un monstruo de crímenes cargado…”. El contraste entre el justo que lleva la verdad como una antorcha pero es tratado como si llevara la macha del pecado, mientras los verdaderos pecadores se cubren sus iniquidades entre ellos, normalizando así lo mal hecho, es chocante por sí misma. Martí nos dice que vive en un mundo donde lo correcto es lo mal visto porque los “malos” hacen la ley y los “buenos” sufren en silencio a fin de no enfrentarse la marginación.  

    Yugo y Estrella no es un poema patriótico. Ni el yugo simboliza la dominación española ni la estrella, la independencia. Eso es mirar muy epidérmicamente el texto, buscando lo que se quiere encontrar. Son “insignias de la vida”. Ojo con la palabra vida, porque es importantísima aquí: en otro momento clave del poema, Martí no se refiere al que carga la estrella como “el hombre que luchó por su patria”, sino como “el vivo que a vivir no tuvo miedo”. Es esa la gran diferencia entre el que lleva el yugo y el que carga la estrella: uno sobrevive, el otro vive.

    ¿Y qué es lo que el Maestro entiende por vivir sin miedo? El poema lo explica: “cuando, para manjar de la sangrienta fiesta humana, sacó contento y grave su propio corazón” (o sea, ser capaz de mostrar sin temor los verdaderos sentimientos en un mundo de máscaras), “cuando a los vientos de Norte y Sur virtió su voz sagrada” (la voz del que lleva la verdad es la más sagrada, y el que se atreve a decir la verdad, sea quien sea, es una persona sagrada). Es ser incomprendido en su tiempo porque se trabaja para el mañana (“el que la estrella sin temor se ciñe, como que crea, crece”). Es un canto a la libertad, pero no a la libertad de Cuba, sino la de vivir, en el sentido más amplio de la palabra. Vivir a fondo, sin hipocresías, sin aceptar injusticias, sin guardar silencio, sin pasar desapercibido, sin seguir ciegamente a la multitud.

    Leo ahora los versos y me abruma soledad de Martí. No nos enseñan a pensar en un Martí triste, aunque nos dicen que vestía eterno luto. No nos hablan del Martí enfermo y pobre, exiliado, pasando frío y dificultades y logrando prosperar en tierra ajena. Nos asombramos de su prolífica labor y no entendemos que era su única forma de llevarse algo a la boca.

    El Apóstol vivió. Fue un hombre que amó, y amó intensamente, pero estaba casado con un ideal. Se había echado a los hombros el peso de una causa de titanes, y esa carga es muy difícil de compartir. Alguien un día decidió que los héroes deben verse siempre perfectos. No nos hablan de que un hombre así pudiera estar desilusionado de la especie en que le tocó nacer y a la cual trataba de salvar. Citan, del prólogo de Ismaelillo, la parte del mejoramiento humano y la utilidad de la virtud, pero no citan lo que viene antes, la parte en que se declara “espantado de todo”. Uno nunca podrá amar de todo corazón, sin límites, al Apóstol, si no lo ve como un ser humano.

    Yo amo a Martí porque sé que para él, ver a la Patria libre no era un sueño, ni siquiera una meta, sino aquello de lo que se aferraba para seguir viviendo en medio de un mar de penurias y decepciones. Era lo que lo mantenía de pie y con la cabeza en alto. Era su pasión. Yugo y Estrella es un poema sobre la realidad de la vida como la vio él: hermosa y terrible, heroica y sencilla, luminosa y sombría, alegre y triste. Es el poema con el que me enamoré de José Martí.

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