Todo lo que se necesita para vivir en La Habana

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    Escrito por Francisco López Sacha

    Fragmento del prólogo del libro La Habana nuestra de cada día, de Laidi Fernández de Juan, publicado por Ediciones Boloña.

    Lo hermoso de la colección, lo maravilloso de este libro, es que Laidi Fernández de Juan sabe narrar, cuenta y describe, expone los sucesos y no atropella las palabras. Todo alcanza un ritmo, una dinámica, una armonía interior que nos permite viajar cómodamente con el intérprete y con los personajes. El libro es una radiografía social, más bien una tomografía con instrumentos más precisos. Laidi no deja de observar todo lo que acontece. Y cuando digo todo, es todo. Cómo somos, cómo tratamos a los niños, cómo nos comportamos en los lugares públicos, cómo somos en privado, de qué materia estamos hechos, dónde están nuestros sueños, qué nos duele, qué nos alienta, qué nos tipifica.

    Este es el mapa social, cambiante y convulsivo que se mueve en estos cuadros, en estas pinturas del mundo transitorio, para citar ahora al poeta cubano Yoel Mesa Falcón. Laidi se atreve con un panorama que progresa, con esa serpiente que cambia de piel que es la ciudad, de un modo evidente y cifrado. Las costumbres, los tipos, esconden una psicología alternativa, un imaginario colectivo que a veces muestra lo que es conveniente, y a veces esconde lo que es esencial, y la labor del cronista consiste también en mostrar los sucesos al derecho y al revés, mostrar en consecuencia las señales de alarma hacia el próximo destino del barrio, de la ciudad o del país. En estas crónicas podemos intuir muchas cosas más allá de lo que se dice, podemos descubrir transformaciones inéditas en la naturaleza del cubano, y del habanero en particular, que informan de cambios subrepticios, de una sociedad donde casi todo el mundo compra o vende algo, donde un anónimo puede destruirnos, donde los pícaros se adelantan y roban protagonismo, donde la escasez, la burocracia y la rutina han creado una extraña quietud y hasta cierto matiz de indiferencia en el habanero, (y en el campesino, el obrero, el profesional).

    Cualquiera de estas crónicas puede servir de modelo a mis aseveraciones, pues están hechas de tiempo, que es el material más resistente. Laidi Fernández de Juan logra un testimonio formidable de estos días en un género difícil, sinuoso, abarcador, un tratamiento literario y periodístico que demanda información, trabajo de campo, observación directa, valor profesional, astucia y sentido práctico, capacidad indagatoria e imaginación, todo lo que se necesita para vivir en La Habana. Crónica, cronista y ciudad forman una amalgama, quizás un detonante, una explosión de sentido que se dispara hacia cualquier espacio y abre las puertas de la percepción, (y ahora cito a Aldous Huxley)

    Vivir en La Habana, y amarla, y sentirla, y hasta juzgarla con cierta distancia, completa esa imagen en cruz de una ciudad marítima que viaja de este a oeste mostrando sus galas, jalonada de mar y de sol, una ciudad señorial, altiva, colonial y moderna, y que se profundiza de norte a sur, en esa especie de línea vertical que acoge los barrios, los repartos, la periferia, las callejuelas y laberintos dispersos hacia Mantilla y El Calvario, en los confines de Guanabacoa, en las playas del este o en los remates de Marianao. Sobre esa cruz viven, aman y mueren los habaneros hoy.

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