La yegua de Alberto Moya I

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    De El decamerón cubano, René Batista Moreno, Ediciones Matanzas, 2016

    Alberto Moya tenía una yegua que no se dejaba arrimar a la gente, pateaba y mordía como una condenada. Solo Alberto podía acercársele y montarla. Él se vanagloriaba que a los Moya nunca le habían cogido una de sus yeguas, ni caballos, ni personas: ellas nacían y morían vírgenes. ¡Lo que se perdieron esas yeguas, pobrecitas! Con lo rico que es eso cuando son potriquitas. Nosotros estábamos locos por cogerla, pero era muy peligroso.

    Aquí había unos cuantos profesionales en eso, con muy buen curriculum, sin embargo, no se atrevían. Una vez Daniel Moreno lo intentó y la yegua le partió cuatro costillas. Los cogedores de aquí no podíamos hacer nada y nos sentíamos muy molestos. Pero un día, en una fiesta que se dio en El Mamey, hablé con Cheo La Crica. Él tenía como noventa años y dijo que conocía desde niño a la familia Moya, y que eso de las yeguas vírgenes venía desde más atrás, que era una tradición, y me aconsejó que viera a Juan Garañón, en Aguas Negras, que Juan podía resolver el problema, aunque pensaba que ya se habían retirado de esos menesteres.

     

    Armando Pérez León, 76 años, Aguas Negras, Camajuaní.

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