La toma de la pastilla y otros poemas

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    Estos textos de Moisés Mayán, forman parte del libro El factor discriminante, Premio Calendario.

    Teatro vernáculo

    Debido a la escasez de artistas negros, para representar algunas obras de teatro era necesario teñir las manos y el rostro de artistas blancos.

    Me han comentado en más de una ocasión que soy un negro cubierto por una pátina blanca. Una mordaz forma de decir que el personaje que interpreto no convence a nadie.

     

    Herejía

    Según plantean algunos teólogos, para los africanos Jesús fue negro. Un esbelto muchacho abisinio con dreadlocks, clavado a una cruz de ébano.

     

    El control absoluto

    Hay una escena de La lista de Schindler donde el teniente nazi Amon Goeth baja al sótano de su villa para desfogarse en su cocinera judía. La joven Helen Hirsch. Un Amon Goeth ebrio se propasa mientras la muchacha (literalmente) tiembla de pánico.

    Pero Amon Goeth es un verdadero antisemita, así que recupera su compostura y la emprende a golpes con Helen Hirsch. Le grita perra judía.

    No recuerdo una sola ocasión en mi vida en la que me haya comportado como Amon Goeth. Con el control absoluto sobre la existencia de otra persona. Hasta mis pequeñas hijas me ripostan a la primera oportunidad. Lo que sí recuerdo, son todas las veces que me he sentido como esa cocinera judía llamada Helen Hirsch.

     

    Escritura insuficiente

    Mi mujer dice que para ser poeta escribo muy poco. Lo que realmente me gusta es estar en la cama como una marmota. (En realidad somos dos marmotas. Una negra y una blanca). Le explico que un solo poema puede conducirme a la fama, que piense por ejemplo en Gutierre de Cetina y su madrigal Ojos claros, serenos.

    Abre mucho los ojos. Eres un vago, dice, son tiempos de producir más, de terminar por lo menos un poema diario.

    Sus palabras barrenan mi cráneo. Liberan espirales óseas. Eso he tenido siempre, me obsesiono con las palabras. Mi falta de constancia en la escritura está dañando la economía.

    Me levanto a las cinco de la mañana y comienzo a teclear, con resolución de mecanógrafo proletario. Estoy estremeciendo los desaceitados ejes de la economía. Escribo y escribo. Me siento un hombre útil.

    Mi mujer dice que me paso el santo día en esa estupidez de la escritura, que son tiempos de coger las cosas con calma, de apagar una, dos veces las alarmas, y quedarse en la cama, como marmotas.

    La toma de la pastilla

    Mi mujer me despierta a las cuatro de la madrugada. Me corresponde una cápsula de amoxicilina de 500. Una hermosa cápsula mitad verde, mitad blanca. Nosotros somos una pareja mitad negra, mitad blanca. Le digo que estaba teniendo un sueño revolucionario. Las multitudes amotinadas exigiendo rebajas de precios. Mosquetes, cañones, morteros.

    Ella dice que lo importante es la toma de la pastilla. A su hora. En mi sueño los atacantes enfrentan a soldados veteranos y a granaderos. Disparan sus cañones contra las paredes de la fortaleza.

    La amoxicilina impide la formación de paredes celulares en las bacterias. Descompone y mata.

    ¿Es como una rebelión?, pregunto.

    No, no es una rebelión, es una revolución, dice.

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