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Guillermo Vidal: Las obsesiones de un hombre bueno

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    Escrito por Aida Bahr

    Conocí a Guillermo Vidal en algún momento a fines de los años 1970 en casa de José Soler Puig. Nos hicimos amigos de inmediato porque al Guille la nobleza lo desbordaba, su bondad era inconfundible, al igual que su pasión por la literatura. Era una época contradictoria donde se enfrentaban el humanismo más radical y revolucionario y el atrincheramiento dogmático de quienes creían tener la responsabilidad (y el poder, claro) de defender al pueblo de todo aquello que pudiese “deformarlo”. A Guillermo Vidal le tocó una dura pelea por esa causa. Vivía en Las Tunas, era profesor de Literatura en el Instituto Pedagógico y nunca se sintió superior a nadie. Su afán de experimentar en la narrativa lo hizo destacarse en el numeroso grupo que, a principios de los 80, nos propusimos renovar el cuento y la novela que, sentíamos, se estaban anquilosando en el reflejo mimético de una lucha que, sí, había durado cien años para alcanzar la verdadera independencia, pero no por eso se detenía, al contrario, exigía una comprensión de las batallas que se planteaban en esta nueva época. Su cuento “Se permuta esta casa”, premio David en 1986, demostró que el Guille era un alumno aventajado de la escuela soleriana y que estos premios tempranos — un año antes había merecido el Premio 13 de Marzo con Los iniciados, también cuentos –  solo anunciaban los que vendrían después.

    Los rasgos característicos de su estilo estaban ya bastante definidos en esos textos. El juego con el narrador, la alteración de la sintaxis, el ritmo acelerado del discurso, la captación de los mecanismos coloquiales y su utilización a veces naturalista, a veces paródica, a veces incluso hiperbólica, fueron marcas sostenidas y coherentes con su deseo de acercarse al hombre común, diré más, al pueblerino, porque Guillermo Vidal nunca tuvo miedo al provincianismo, a ese prejuicio tan arraigado en nuestro país que nos lleva a clasificar a los escritores como “nacionales” o “del interior” (aunque siento que este último vocablo ha caído un poco en desuso y ahora se prefiere decir “de provincia”). Su universo como escritor fue siempre el barrio, la gente humilde, los maltratados por la fortuna, los “perdedores”, si fuéramos a ponerlo en términos de la jerga capitalista, “los pobres de la tierra”, en términos martianos.

    Sufría con las miserias humanas y la mejor forma que encontró de luchar contra ellas fue mostrarlas en su obra, pero no al nivel pedestre del panfleto. Guillermo era un escritor con mayúsculas y sabía que frente a la hoja en blanco cualquier condicionamiento sobra, excepto el de procurar la más alta calidad estética posible. Ganó el Premio UNEAC de novela con Confabulación de la araña, en 1990 y tres años después apareció Matarile. Es difícil explicar el impacto que tuvo esa novela. Algunos la odiaron, otros nos deslumbramos con ella. Creo que toda nuestra generación (que agrupaba en realidad a dos generaciones, los nacidos en los años 40 y los 50) aspiraba a plasmar un lenguaje propio, una verdadera transformación del modo de narrar, y eso es Matarile, una combinación arriesgada de pensamientos, que comienza en forma de cartas mentales dirigidas al perro del protagonista y que va dando paso luego a un flujo impetuoso de frases que expresan el ánimo y las emociones del personaje con la punzante vehemencia con que son sentidas, sin dejar por ello de informar al lector sobre las incidencias de la trama:

    Yo estuve viendo a los funcionarios cuando vinieron a la casa
    Y los funcionarios ni me miraron […]
    Los que llegaron para hacer el inventario
    Los que no aceptaron el dulce que les ofrecieron
    Tampoco sonrieron
    Ni tampoco estuvieron hoscos
    Fueron cordiales pero lo anotaron todo
    La máquina de coser Singer
    El refrigerador General Electric
    La bicicleta Rex
    Las cinco camas cameras
    El balance donde Chucho escucha las noticias […]
    Pero todo el mundo disimulaba
    Adys disimulaba
    Tita disimulaba
    Roberto, América Julia, Clary, Hermes
    Al final se fueron los funcionarios
    Y vinieron los vecinos
    Ya les falta poco
    Ahorita les llega la salida
    Todos se irían
    Excepto América Julia y el Toño
    Puesto que el Toño está pasado de edad
    (Matarile, Las Tunas, Editorial Sanlope, 2015, pp. 55-57)

    Pensando en Mercajulia que un día se iba a morir
    Y que yo también me iba a morir otro día cualquiera
    Que era un mentecato por pensar tanto
    Y pedí a Dios que no se la llevara
    Pero hacía tiempo que no le hablaba a Dios
    Y de seguro él también tiene mucho genio como mi padre
    Y Dios no me hizo caso

    Un día Mercajulia se murió. Y había sol ese día como otro cualquiera. Y afuera la gente miraba o dejaba de mirar. Y otras ni siquiera supieron ni sabían que en la Ramón Ortuño se está muriendo América Julia. Solamente lo saben quienes merecen saberlo.

    Yo tampoco lo sé
    Yo estoy despreocupado y cantando Yellow River
    (pp. 94-95)

     El germen de esta manera tan poco ortodoxa de narrar ya estaba en Se permuta esta casa, pero extenderla y sostenerla involucrando al lector en el torbellino de sentimientos del protagonista durante la niñez, adolescencia y primera juventud, era una proeza considerable. Porque se trataba de la típica Bildungsroman, pero a lo cubano, una cubanía que no era la de Paradiso ni la de El pan dormido, aunque había bebido de ambas fuentes, sino la vivida intensamente por su autor en medio de una familia disfuncional, en una etapa de cambios sociales profundos y precipitados y Guillermo tuvo la valentía de mostrarla con crudeza y honestidad, eliminando los filtros que impone la relación narrador-narratario, la elaboración literaria del discurso. En Matarile no se cuenta, se vive, o mejor, se revive, como lo demuestra la dolorosa certeza de haber estado cantando mientras agonizaba la persona más cercana al protagonista. Hay momentos en que sentimos que sí hay un receptor de la historia, porque hay un tono declarativo, porque se incorporan otras voces, diálogos escuchados, cartas leídas, pero todo forma parte de la confusión mental de Toño que intenta dilucidar su propio camino en medio de los vaivenes familiares, de los vaivenes sociales, político-ideológicos, y es él quien evoca discursos reales e imaginarios, él quien recompone e inventa y llega a prolongar sus expectativas hasta su posible vejez e incluso su muerte, en ese fragmento final que justifica las afirmaciones de que, más que una novela, Matarile es un poema:

    Habría querido ser el muchacho que corre, pero había perdido sus fuerzas.
    Le habría gustado saltar las tapias jugando al escondite, pero le dolían tanto las piernas.
    Habría comido turrón de alicante pero no había y además sus dientes.
    Habría querido miles de cosas que ya no podrían ser.
    Porque se estaba muriendo.
    Porque era demasiado viejo.
    Y no veía apenas.
    Y no soñaba.
    Y todo se le confundía.
    Habría escrito una novela con todas esas cosas.
    Bah qué importaba.
    Unos niños cantando alánimo, alánimo.
    Pero él no sería un niño jamás.
    Dios: yo quiero ser niño otra vez.
    Pero Dios no lo oía pues de seguro había otros asuntos más urgentes.
    Y se estaba muriendo.
    Alánimo, alánimo, la fuente se rompió.
    Y los muertos se le acercaron.
    Alánimo, alánimo, mándala a componer.
    Y se lo llevaron de una vez.
    A él, frente a la noche magnífica.
    (p. 195)

    Vinieron tiempos duros para toda la isla, y en particular para Guillermo, pero ya había alcanzado certeza total de sus aspiraciones en la vida y se dedicó a escribir, a reflejar su mundo con todas sus opacidades y pocas luces, el mundo de las imperfecciones del ser humano, con una estremecedora comprensión del drama contenido en la existencia cotidiana, en la rutina, en la atmósfera viciada de los entornos cerrados, en los prejuicios. Cuestionó los parámetros que permiten a la sociedad determinar lo significativo de lo insignificante. Escribió la historia de seres desgarrados con experiencias sangrientas en su descenso a los infiernos, como en Las manzanas del paraíso, Premio Internacional de novela Casa de Teatro 1998 (concurso de República Dominicana convocado para autores antillanos), y también la de seres consumidos en una existencia gris, sin horizontes más allá de los puramente sentimentales, como en Ella es tan sucia como sus ojos (1999). Ganó otros premios, como el Alejo Carpentier de novela en 2003 con La saga del perseguido. Su trayectoria fue más prolífica que larga, pues la muerte lo sorprendió hace veinte años, cuando solo había cumplido 52. Cuentos y novelas se acumularon en su infatigable pasión, depurando cada vez más su estilo narrativo, pero fiel a sus constantes: la exploración de la subjetividad del individuo, de los recursos lingüísticos para transmitirla, siempre desde la perspectiva de la aceptación plena de la naturaleza humana, algo en lo que sin dudas incidió su fe religiosa. Estas fueron sus obsesiones y el paso del tiempo sedimentó la angustia de las más cercanas sin disminuir en nada su urgencia. Por eso nos regaló El mendigo bajo el ciprés (2004).     

    Esta novela, que no llegó a ver publicada, es la reescritura de Matarile y resulta conmovedor comprobar cómo el hombre joven jugaba y hacía malabares con las vicisitudes de su niñez y adolescencia, cómo la ironía y la parodia servían de antídotos, o mejor, de escudos, cómo el sexo era ardor y pecado y todos los personajes estaban, exclusivamente, en función del protagonista (vale decir que no existían fuera de su relación con él) y en esta versión de la madurez hay una mirada reflexiva, un interés  marcado por valorar el sufrimiento de los otros, por entenderlos y acercarse a ellos. La trama es la misma: el niño criado por las hermanas del padre alcohólico, separado de la madre que sí gana mucho protagonismo esta vez; el ambiente del barrio, los amigos, la partida hacia la beca, la muerte de la tía – que también aquí se vincula con una canción, pero mientras en Matarile era “Yellow River”, en El mendigo… es “Cabellos negros, blanca piel”—, el ejercicio del magisterio y los encontronazos con el director de la escuela. La historia es la misma, pero el tono ha cambiado, no está el pulso de la vida, sino el del recuerdo; el narrador no dialoga consigo mismo sino con su lector, al que llega a hablar directamente en ocasiones.

    Si en Matarile aparece como exergo “Cuando llegue el momento, mataremos a Dios”, de John Dos Passos (Manhattan transfer), en El mendigo bajo el ciprés se cita al Ulysses, de James Joyce: “Así pues, hombre, quienquiera que seas, mira ese último fin que es tu muerte y el polvo que se adueña de todo hombre que haya nacido de mujer, pues así como salió desnudo del vientre de su madre, también desnudo volverá a marcharse como vino.” Y si la primera terminaba con la invención de la muerte del personaje, la segunda, tan dolorosamente cercana a la muerte real del autor, termina con la noticia de la muerte del padre, tan ajena que acentúa su desarraigo filial y esto lo lleva a una larga y muy sincera reflexión sobre vida como escritor. Esta última sección constituye una declaración auténtica del Guillermo persona, a la vez que personaje:

    […] en aquellos días hice lo que todo el mundo, saludar a muchos que conocía por primera vez y que no volvería a ver jamás, escucharía lo que siempre se escucha en los eventos acerca de la literatura, solo cambian los matices, pero noto las mismas poses, los gestos de artistas de cine o el rencor, mucho antes me había dado cuenta de que tampoco ese era mi lugar, prefería el parque y aquellos amigos sin las torpes escaramuzas de los eventos, con los días me llegaba a gustar aquella suite con su espléndida cama y sus alfombras y todos esos lujos que me servirían para escribir más adelante, pero no estaba seguro de comunicar mis nostalgias, me creí muchas veces el hombre más solo del mundo, comprendí que estaba obligado a esos días sin que pudiera regresar a la pestilencia del vientre de la ballena, yo era un Jonás que prefería quedarme en las aguas sucias […] un Jonás que había sido expulsado del vientre de la ballena y que ahora gritaba a Dios que lo regresara, prefería el acomodo a esas miserias, las calles polvorientas de este pueblo marchito, las casas despintadas, las noticias amañadas de la prensa, las declaraciones oportunistas, los comadreos de las vecinas […] y sobre todo porque estaba seguro de que en el fondo había usurpado aquel viaje, de algún modo, yo no era un escritor representativo de nada […] en todo caso yo sería alguien tan obstinado como para intentar escribir un libro, me doy cuenta que nada tengo que ver, en realidad nada tengo que ver con casi nada […]  (pp. 178-180)

    No creo que presintiera la muerte cuando escribió la novela. Tenía muchos proyectos y dejó varias obras inéditas (al menos una, Salsa Paradise, apareció póstumamente), sí creo que se sentía en deuda con los personajes de Matarile a quienes había violentado en la misma medida en que violentó el lenguaje y las estructuras narrativas para escribirla. Creo que quiso dejar el testimonio de sus convicciones, de su poética como escritor, ese sentir que no pertenecía a ninguna parte porque no estaba cómodo en el éxito y el lujo, pero tampoco en la áspera pobreza de su entorno habitual. Estoy convencida de que la literatura era el territorio donde podía reconocerse y realizarse como ser humano.

    Murió el 15 de mayo de 2004 y su entierro fue una impresionante demostración de su relevancia. No importa cuántos ni quiénes encabezaron el cortejo, sino los cientos de personas que lo acompañaron, tantos que se intentó impedir que entraran todos al cementerio y no lo consiguieron. Edel Morales, por entonces director nacional de Literatura, pronunció la despedida del duelo y comenzó diciendo: Un hombre bueno… Eso fue Guillermo Vidal, un gran escritor y, sobre todas las cosas, un hombre bueno.

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