Grandeza y servidumbre del libro: Primera Feria del Libro en 1959

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    Escrito por Glady Horrutinier Oleaga. Investigadora. Y publicado en la Revista SiC No.56/2012

    En diciembre de 1959, cuando la ciudad estaba en plena efervescencia revolucionaria, se desarrolló en Santiago de Cuba la Primera Feria del Libro del territorio.

    ¡Usted lo esperaba!
    Segundo Festival del Libro Cubano.
    Director: Alejo Carpentier
    Diez nuevos títulos que usted nunca pensó poseer tan pronto y al precio sensacional de los Festivales del Libro Cubano: 10 libros por $3.
    Lugares de venta: Portales del Ayuntamiento y la Universidad de Oriente

    Por este aviso, divulgado por el periódico Sierra Maestra, el 17 de diciembre de 1959, conocieron los residentes de la ciudad de Santiago de Cuba, la oportunidad cultural —nunca vista antes— a la que tendrían acceso en ese fin de año: el poder adquirir, reunidos en un pequeñísimo lote, lo mejor de la literatura nacional.

    Fueron tres los períodos de ventas ofrecidos por los Festivales del Libro Cubano. Tenían como objetivo: editar las mejores obras de la literatura nacional y venderlas a precio tan bajo, que el pueblo tuviera acceso a ellas en las principales ciudades del país. El primero, el inaugural, fue realizado en La Habana en 1959; sobre él, dice Sabourín:2

    El Primer Festival del Libro Cubano significa un esfuerzo singularmente valioso por transformar la situación del escritor, el libro y el lector […] y por responder a la urgente necesidad de crear, en armonía con el proceso revolucionario de nuestro país, una cultura auténticamente democrática y popular. No es Cuba el primer país donde este tipo de Festival se realiza. Perú, Venezuela, Ecuador y Colombia disfrutan ya de los suyos como parte de la Organización Continental de Festivales del Libro. […] Miles de colecciones han llegado, por fin, a las manos del pueblo que no leía. […] Muy unidos deben marchar estos Festivales con la gran tarea alfabetizadora y el esperado funcionamiento de la Imprenta Nacional. Es una realidad nueva, ha sido éste el primer encuentro del libro con el pueblo.3

    El segundo festival —el que nos ocupa—realizado en Santiago, además de las ventas de libros que caracterizaron a dichos eventos, aportó la inserción de una «mesa redonda», que enriqueció el acontecimiento y lo diferenció del anterior, iniciando así lo que entendemos por Feria del Libro. Además, hubo también, posteriormente, un tercer festival.

    Los festivales del libro, patrocinados por la Organización Continental de los mismos, constaron de varias temporadas. Se desarrollaron en La Habana y otras ciudades, con una oferta de diez excelentes obras de la literatura cubana para la venta popular. Fueron realizados en Cuba a partir de 1959. El primero constó con una edición con 250 000 ejemplares, impresos por dicha Organización, bajo la dirección de Alejo Carpentier. El segundo —el anunciado en la prensa santiaguera— constó también de diez obras literarias cubanas con una tirada igual.

    A más de cinco décadas de estos importantes eventos, resulta de particular interés acercar nuestra mirada a dichos sucesos y a su expansión posterior. La historia se encarga de poner en su justo lugar personalidades y acontecimientos que generaron un desarrollo insoslayable: Los festivales del libro han devenido ferias del libro, que en Cuba se han convertido en verdaderas fiestas de la cultura   “por el extraordinario esfuerzo realizado para convertirlas en eventos literarios sin precedente, a pesar de las dificultades económicas confrontadas”.4 ¡Cuántos años hubiéramos tenido que esperar para disfrutar de ellas! Ahora en la continuidad, con las oportunas presentaciones de libros de las más variadas temáticas, asistencia de autores de altísima calidad técnica, homenajes a los escritores premiados por la obra de su vida; además de coloquios, espectáculos y peñas  —espacios que han ganado día a día mayor atractivo— y, como es obvio, la venta de libros y «mesas redondas», tal como instituyó el esfuerzo matriz, completan la visión de este suceso. Ya cuenta este evento con 40 ediciones, de las cuales 28 han sido nacionales y 22 internacionales contando la de 2013.

    La revista SiC, ha querido recuperar la memoria, que estaba corriendo el riesgo de perderse, y situar de forma coherente la historia de estos espacios, adelantando aquí algunas informaciones que aportan luz en ese sentido. Una de ellas (inédita) pertenece a la abundante papelería que nos legó el poeta santiaguero Lino Horruitiner, participante en la «mesa redonda» de la Feria —como él mismo le llama— de 1959.

    La resonancia de aquellos ecos nos llega a través de «Grandeza y servidumbre del Libro», crónica escrita en un momento significativo de la historia de la ciudad y el país, que aporta un caudal referencial del ambiente cubano de los años de la República en el aspecto cultural y político, y nos permite juzgar los criterios prevalecientes alrededor del libro y la cultura, dentro de la comunidad, en aquellos momentos.

    Se desarrolló en el corazón de la ciudad; la venta, se realizó en la casa de Gobierno; algunos creen recordar que la Feria fue en el Parque de Céspedes.5 Situado frente a los dos más importantes edificios de su entorno, fue convertido en Catedral del Libro, fórum cultural, en una noche típica del diciembre santiaguero: con la presencia de un viento inquieto, la despedida de «un amable e indulgente sol» en el ocaso del día, la ausencia de la frialdad invernal inherente a la cálida ciudad oriental y los acordes del campanario de la metropolitana iglesia.

    Esta feria fue patrocinada por el Grupo Galería, principal gestor de la cultura en la ciudad, que promovió a los jóvenes talentos de entonces, y en la cual se concentraron literatos y artistas de todos los perfiles. El Dr. Sabourín, director de su órgano de prensa, extendió la invitación a Horruitiner para que participara en la Feria en carácter de escritor, con otros distinguidos integrantes de una “Mesa Redonda”.6

    Tuvo el poeta la preocupación de dejar por escrito sus palabras en el acontecimiento, testimonio de reflexión ciudadana, que hoy nos permite revelar sus claves. Comenzó su intervención recordando las palabras de Jesús Castellanos en la Sociedad de Conferencias de La Habana, cuando pedía al auditorio lo excusase por defraudarle el gusto tan latino por la oratoria, y que le permitiese leer su conferencia, aduciendo que siempre es preferible a un mal orador, un mediano lector:

    Yo no me encuentro en idéntica situación que Castellanos —explica el ponente— no he de dictar aquí una conferencia; pero tengo que confesar mi poca destreza para hablar en público, tal vez por falta de costumbre. Creo preferible usar de las armas con que mejor me defiendo: mi modesta pluma de escritor. A fin de eludir al mal perorador que bajo mi capa llevo, hago uso del mediano lector de que dispongo. Los compañeros de esta reunión sabrán agradecérmelo; del mal, el menor…

    Así nos introduce de lleno Horruitiner, en el tema de su disertación:

    «No creo imprescindible un ditirambo del libro. No es necesario ciertamente, señalar lo que es obvio. Pero tampoco es inútil. Hasta creo que conviene en todo caso, aunque se peque de redundante, poner énfasis tenaz en la importancia del libro. En los asuntos que interesan, la reiteración no deja de ser un buen expediente. Y sobre todo, acentuar la importancia de su divulgación.

    “El libro es un invento terrible del hombre… “esa tremenda realidad que es el libro”, decía Ortega y Gasset. A causa de esa maravilla, de ese silencioso elocuente, una porción considerable de ideas, acaso las que más esencialmente interesan de una época, reposan entre sus páginas, a toda hora en franca disponibilidad.

    ¿Cómo podríamos conocer las cosas, las costumbres, los hechos del pasado, la historia, la moral, la religión, el arte, la literatura, la psicología de los tiempos pretéritos, sin el auxilio formidable de las bibliotecas? No sólo por ellas —por el libro— saber qué se hacía y de qué modo, sino también, de cierta manera, cómo y qué se sentía en otras edades; y aun contemporáneamente, qué hacen, sienten y piensan en otras latitudes y hasta en nuestro propio medio; cuáles núcleos ideológicos influyen más enérgica y eficazmente en “la formidable lucha por la colonización espiritual del mundo”, que diría Francisco Romero, y que los escritores nos ponen de manifiesto en sus libros. Un país iletrado —sin libros— ha de ser un país sin altos propósitos, inconsulto y poco respetable.

    “Tan pronto el hombre se asocia, concibe el imperativo de la comunicación, se ve constreñido a comunicarse con sus asociados; aparte de que el animal lógico —“logos”, pensamiento, verbo— que es el ser humano, siente inexorablemente el afán de expresarse. Busca un medio fonético de expresión, y habla: inventa el lenguaje. Pero la palabra hablada tiene sus limitaciones, se reduce al ámbito estricto de la convivencia más cercana, tiene fines concretos de utilidad práctica, y no dudo que fuera como un utensilio más en la vida cotidiana del homo faber —del hombre que hace— que tiene que hacer, Robinson Crusoe en medio de un cosmos hostil, frente a una vida que es toda quehacer. Las voces primitivas debieron ser, en su mayor parte, técnicas, o por lo menos de insoslayable utilidad: de la caza, de la pesca, de la agricultura, de las necesidades personales o de la familia, etc. No creo que hubiera abundancia de madrigales en el amor autoral del hombre prehistórico, ni mucho lirismo frente a una naturaleza áspera y dura, a la que había que dominar o perecer; ése era su terrible dilema. Y hasta me figuro que todavía es pura técnica la liturgia de sus credos religiosos, aunque con la exaltación religiosa comience a alborear una especie de literatura mística; pero la imaginación religiosa aún no puede con las abstracciones rigurosas: concreta en símbolos sensibles el concepto de la divinidad y da un sentido sagrado a fenómenos y seres naturales que no comprende, lo atemorizan o agradan.

    “Pero el hombre es religioso, ante todo. Porque desea permanecer, inmortalizarse, como asegura Unamuno. Y esta esperanza, este deseo que es en ocasiones un desesperado desiderátum de sobrevida, es lo que hace en cierto modo comprensible el ascetismo, negación de la vida que debe ser vivida, en aras de una supuesta verdadera y gozosa ultravida. “Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?” dice el clásico español en su soneto.

    “Y este anhelo de perpetuidad, de supervivencia, además de la conveniencia de relacionarse con personas lejanas, por medio del mensaje escrito: para convenios comerciales, alianzas políticas o simple intercambios familiares, creó la escritura. Esta podía permitir la constancia gráfica de las tradiciones orales, y el hombre legaría, de esta forma, el testimonio de sus luchas, sus esperanzas, sus sueños, sus conquistas, sus opiniones, en fin, sobre su mundo conocido; y hasta se hacía posible dejar en signos perdurables la iniquidad y vergüenza de los siglos, el recuerdo de sus grandes errores. Podía, pues, quedar grabado lo que de ángel y demonio hay en el Rey de la Creación, lo que de divino y de demasiado humano late en él: su grandeza demiúrgica y su repelente sordidez. Aquí mismo ahora, en un mismo espacio y tiempo, nos es dable comprobar estas dos dimensiones de lo humano: la infame trayectoria del pasado régimen y el esfuerzo creador de nuestro presente revolucionario.

    “El animal humano, que sentía su perpetuidad en el hijo, extendió este sentido de inmortalidad a una procreación espiritualidad: la obra literaria, el LIBRO. Así como el homo faber —el maravilloso creador de técnicas— se revela sensiblemente en los instrumentos que inventa y construye, el homo sapiens —el sabio—, ese héroe sublime del pensar desinteresado, tiene su mejor exponente en el libro. Me pregunto ¿Qué hubiera sido del saber de Sócrates de no haber existido su amanuense Platón? Un amanuense no tan platónico como pudiera entenderse, de infinito valor por supuesto. Como se sabe, con Sócrates la filosofía griega desciende un poco de los cielos metafísicos, y viene a la Tierra a preocuparse por el hombre, por su mundo ético. Sigo preguntándome ¿Qué fuera de toda la cultura greco-romana, de toda la antigua y brillante sabiduría oriental? ¿Qué habría sido de toda la cultura universal, sin la asistencia poderosa del Libro? Nada para los que venimos después…

    “EL LIBRO es a no dudarlo grandeza y servidumbre del conocimiento; aun el más humilde nos reserva inesperadas y no poséis veces, gratísimas sorpresas. El libro es la arcilla superlativa de la cultura. Es su arma conquistadora y su defensivo reducto.

    «Después de escrito lo anterior, me viene a la memoria la anécdota que nos cuenta Ortega, del acólito que, durante la celebración de la misa, no hacía más que repetir en toda circunstancia: “Alabado sea el Señor”. Ante tal insistencia, el celebrante acabó por decirle: “Eso está muy bien, hijo mío, pero no viene a cuento”. Puede que cuanto llevo leído esté bien; pero tengo la molesta sospecha de que no viene al caso. Una mesa redonda no es —no debe ser— un torneo retórico; implica la necesidad de puntos de vista prácticos, argumentos realistas que ahonden en la cuestión propuesta, que penetren en su entraña más viva y más profunda. Empiezo a desconfiar de que un genuino escritor sirva para esto. En Así sea o La suerte está echada, escritos póstumos de André Gide, el poeta del fervor vitalista y de la superlativa sinceridad, afirmaba: “Es seguro que aquel que se pregunte, al tomar la pluma, ¿qué servicio podrá prestar lo que me propongo escribir? No es un escritor nato”. No obstante, haré un esfuerzo por hacer algo que no sea por “nada”; pero yo todo lo que hago, lo hago por nada, confiesa un personaje sartriano de La náusea. Y ruego que no se me tenga, en definitiva, por un adepto del “nadismo” existencialista.

    Todo viejo problema, por viejo, se vuelve lugar común. El del libro es viejísimo, especialmente en Cuba. Se dice que aquí no se lee, sino cuando más, periódicos y revistas; que los escritores publican libros en contadas ocasiones, y que hay una subestimación del libro nacional con respecto al foráneo. He de glosar del modo más sucinto que me sea posible, estas tres clásicas especies circulantes en nuestro mundillo de las letras.

    »A) Se dice que en Cuba no se lee, sino periódicos y revistas. Esto es verdad. Pero ¿por qué? Porque el libro es carísimo entre nosotros. Ni pensar que el ciudadano de nivel económico mínimo, y quizá ni aun mediano, pueda comprarlo. La revista y el diario son baratos, y por su diversidad y brevedad de temas, acaparan mejor al lector apresurado y poco exigente, que busca lectura variada y pronta, en un vehículo sin muchas complicaciones de estilo.

    «Hay otra cosa importante en esto de la escasez de lectores cubanos: el bajo nivel cultural del pueblo. La Revolución actual ha caído en cuenta, e intensifica dinámicamente la culturación popular. Expande la educación, en lo que ésta tiene de utilitaria, de “modo vivendi”; pero al mismo tiempo, tiende a crear el gusto artístico de la masa, su predilección por los buenos espectáculos, es decir, toda una fina educación estética.

    “Los llamados departamentos de cultura anteriores eran inoperantes oficinas, aptas sólo como fuentes burocráticas para la sinecura oficial. Al pueblo, a la mayoría segregada del núcleo minoritario privilegiado, nunca llegaba, como va sucediendo ahora, la inquietud del gobernante por elevar a su justa dignidad al hombre de las clases preteridas, abandonado a su duro destino de irredento. Hay que anotar que, sin el estímulo, difícilmente se produce una favorable reacción. Y dudo que muchas veces no se necesite la coacción, no la que proviene de la fuerza bruta, sino una noble coacción psicológica, intelectual o emocional. Esto puede realizarlo muy bien la propaganda, que, en nuestro tiempo, en el aspecto comercial, tan bellamente nos obliga a que compremos hasta las cosas que no necesitamos, sólo por el influjo reiterado de la solicitud, o por el encanto de sirena de un bonito slogan.

    «Primero: abaratar el libro. Segundo: confeccionar lectores. Tercero: intensificar la propaganda.

    »B) Que los escritores publican poco. Esto tiene una razón categóricamente económica. Las ediciones son carísimas, y raro es el editor que compre el libro al autor y se encargue por sí mismo, además de la edición, de la distribución o expendio de los ejemplares. El autor cubano ha de ser vendedor de su propio libro; y para ser vendedor —no se trata aquí de un best seller— se hacen precisas cualidades netamente mercuriales: sentido de la transacción y dinámica fenicia, raras por lo común en los hombres de letras. Y sobre esto, como hay pocos lectores, pues el ser escritor profesional en Cuba, es decir, que ha de vivir con lo que gana con sus libros, se acerca mucho al estado del maestro de escuela en tiempos de España… Por eso los pocos escritores de libros que tenemos, no viven de ellos, aunque para ellos vivan. Dentro de nuestro perímetro insular, la creación literaria es una labor lujosa: debemos practicarla como un hobby interesante y placentero, pero improductivo. El escritor cubano no puede ser simplemente un escritor; ha de ser antes cualquier cosa remunerativa, debe asegurar primero la satisfacción de las funciones vegetativas, y luego puede darse al gozo de su vocación desinteresada…si la vorágine de las preocupaciones cotidianas le permiten al fin, el tiempo y la quietud necesarios para escribir libros”.

    Lino Horruitiner. Santiago de Cuba, diciembre de 1959

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