¿Dónde está La Princesa?, o la búsqueda de una quimera

×

    Sugerir cambios

    Por Yaima Rodríguez…

    “…decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres”. (José Martí, en La Edad de Oro)

    Allí, en el dorso de su mano derecha, había aparecido una de las manchas que ya conocía. Luis Cabrera Delgado, en ¿Dónde está La Princesa?

    Durante mucho tiempo han sido considerados temas tabúes en la literatura creada para niños y jóvenes tópicos como el sexo, la muerte, las enfermedades, el hambre, el dolor y otras miserias que empequeñecen al ser humano. Qué se puede decir y qué no han sido interrogantes con las que han tenido que lidiar los escritores de ficciones infantojuveniles. Durante el primer Fórum sobre Literatura Infantil y Juvenil, Mirta Aguirre, en su ponencia “Verdad y fantasía en la literatura para niños”, se cuestiona si hemos de temer hablarles de la tristeza, de la sangre o de la muerte. O debemos los adultos, actuando como intermediarios inteligentes, afrontar todo eso, explicar todo eso y aprovechar todo eso de manera tal que lo literario pueda ser utilizado como puente para que la dura, implacable verdad histórica pueda ser asimilada por la inteligencia y la sensibilidad de los hombres del mañana (…)

    Como bien supo apreciar Mirta Aguirre, la vida no es solo ternura y belleza, sino que eventos desagradables también se encuentran presentes en la misma. Por tanto, la avezada intelectual subraya que ese costado feo no debe ser disimulado ni escondido, menos a quienes se tendrán que enfrentar con ellos algún día. Verdad y fantasía constituyen así un binomio imprescindible para la literatura infantojuvenil, la cual, a su vez, ejerce gran influencia en la formación de los niños y jóvenes, en tanto gestora de valores éticos.

    Por esta razón, Consuelo Portu y Mariela Landa valoran cómo la cuestión no es solo qué se le dice a este tipo de receptor, sino cómo se debe decir.Nuestros contemporáneos lectores infantojuveniles no son los mismos que los de épocas anteriores. El televisor, el video o DVD, la computadora, los juegos virtuales, el celular, entre otros sortilegios, intervienen diariamente en sus vidas. Los filmes les muestran que existe el sexo, la violencia y la muerte, mientras que propagandas audiovisuales, periódicos, revistas y otros materiales en formato impreso les hablan de los efectos dañinos de las drogas o la importancia de la protección sexual. Por tanto, los escritores deben preguntarse también qué contenido deben expresar sus creaciones para un receptor diferente, pero que no pierde lo esencial de su edad.

    ¿Dónde está La Princesa?, propuesta literaria del escritor santaclareño Luis Cabrera Delgado, viene a engrosar felizmente el corpus de la LIJ cubana. Como parte indudable de las transformaciones realizadas a partir de la década de los 90 del pasado siglo, Cabrera Delgado no escribe para un determinado sector etáreo, sino que la lectura de esta noveleta le abre sus bienaventuradas puertas a toda clase de receptor. Obras anteriores de este escritor, como Pedrín (niño protagonista con una discapacidad física, publicada en 1991), Mayito (obra de teatro premio Ismaelillo de 1984, y publicada en 1993, trata de un adolescente inadaptado a la beca), Ito (de 1997, donde se trabaja la identidad homosexual de un niño) o El aparecido de la mata de mango (de 1999, trata de un niño retrasado mental), trazan ya una poética que dirige su mirada creativa hacia ese otro, un mostrar lo incómodo, lo diferente y no siempre bien visto dentro de los códigos éticos-morales que rigen cualquier sociedad. Y ¿Dónde está La Princesa? no escapa de este escrutinio crítico social que desarrolla eficazmente Cabrera Delgado, para desmitificar ante los ojos de cualquier lector potencial diferentes tópicos tabúes.

    Las interrelaciones entre enfermedad y literatura no han estado ausentes en la historia de las letras. La enfermedad y las situaciones que esta da lugar aparecen también con frecuencia en las obras literarias, aunque tratadas de modo muy diverso. Obras como Edipo rey de Sófocles, Diario del año de la peste de Daniel Defoe, el relato de Edgar Allan Poe «La máscara de la muerte roja», Muerte en Venecia o La montaña mágica de Thomas Mann, Mujer de rojo de Miguel Delibes, entre otras muchísimas más, nos hablan de cómo diferentes epidemias han azotado a la literatura con la misma mordacidad que a la realidad. Y el proceso de nuestras letras nacionales no es ajeno a este contexto. El cólera en la Habana de Ramón de Palma, la anécdota del niño de doce años Lino Figueredo, en «El Presidio Político en Cuba» de José Martí, El camino de Santiago de Alejo Carpentier o más reciente aun, la colección de cuentos de Miguel Ángel Fraga No dejes escapar la ira, entre otros tantos, evidencian una larga tradición que habla del empleo de diversas enfermedades en función de conflicto o como desencadenantes de la acción narrativa misma.

    ¿Dónde está La Princesa?

    ¿Dónde está La Princesa? se inscribe, entonces, en el marco de este discurso hipocondríaco literario. El niño Germancito, protagonista de la noveleta en cuestión, se enfrenta no solo ante grandes enigmas de la Humanidad, como qué significa la muerte o qué hay después de la misma, sino que además afronta la temida y lacerante dolencia de nuestros tiempos: el SIDA.

    Esta pandemia, asociada fuertemente con la muerte, lleva consigo un marcado estigma devenido en castigo, culpa y vergüenza. Susan Sontag, en La Enfermedad y sus Metáforas, valora cómo el VIH/SIDA también ha despertado una serie de metáforas en diversas manifestaciones (prensa, cine, entre otras), creaciones todas de significados como resultado del terror a contraer (además por vía sexual) esta infección.

    Narraciones cubanas como «Ejercicios de la imaginación» de Alejandro Camacho, «Huitzel y Quetzal», de Alexis Pimienta, «Una nueva estación», de Karla Suárez, «Apoptosis» de Raúl Aguiar, Dolly y otros cuentos africanos de Laidi Fernández de Juan o «La piel de Inessa» de Ronaldo Menéndez, por solo citar algunos ejemplos, revalidan este discurso metafórico.

    ¿Dónde está La Princesa? se enmarca dentro de este discurso literario, pero con la novedad de que el protagonista infestado es un niño, amén de ser considerada por la crítica especializada como una obra perteneciente a la LIJ. De esta manera, su autor subvierte todo tipo de norma y muestra la dura realidad de estar infestado a partir de recursos como la fantasía y el humor. Sin trivializar o restarle seriedad a un tema tan fuerte como el del VIH/SIDA, Cabrera Delgado nos desplega toda una galería de personajes atípicos en la LIJ cubana: La Princesa, (seudónimo con el que es conocida la mamá de Germancito), había sido cantante de un grupo de rock, Bamboleo, homosexual y frustrado con el sueño de ser bailarín de ballet, Le Mond, quien había llevado una “mala vida”, Medellín, un drogadicto ex baterista de la misma banda de rock que La Princesa y ex convicto, Melao, padre del niño y quien buscaba a diario diferentes muchachas “para pasar la noche” y Vidatriste, mujer de muchos amores nacionales y extranjeros. Todos ellos están infestados y mueren de SIDA (excepto Melao, quien al final de la obra se encuentra ya en la etapa terminal de la enfermedad), y reproducen una de las tantas metáforas asociadas con esta pandemia: pertenecen a espacios considerados socialmente como marginales (rockeros, drogadictos, homosexuales, promiscuos).

    La muerte de cada uno de estos amigos de La Princesa y Melao abre paso a la fantasía. A partir de un guiño dantesco, van a acompañar a Germancito hacia el mundo de ultratumba en busca de su mamá. Este espacio, solo habitable por los muertos, (y en los que paradójicamente por su edad entra un niño-mortal) es presentado a través del humor. Ómnibus de recorrido turístico, agentes de la policía secreta, empleo de INTERNET, cafetines de mala muerte, espíritus de la peor calaña que toman cerveza, fuman y juegan a los dados, prostíbulos, sobornos, partidos, movimientos como el de los neonazis, prisiones, juicios, psicólogos, certificados de defunción como identificaciones, entre muchísimos otros elementos, van diseñando toda una geografía entendida como continuidad de la vida terrenal:-Siento defraudarte hermanita- y levantó la diestra dispuesto a bendecir para continuar-, y no te ofendas con lo que voy a decirte, pero dudo mucho que la susodicha santa te reciba. Búscate un santo venido a menos, pero con influencias en alguna alta esfera -cambió de tono y explicó-: Santa Teresita pertenece al más rancio círculo de la corte celestial.

    El humor se abre camino de manera eficaz e inteligente, en tanto le quita a la escritura todo vestigio de tragedia y didactismo. De esta manera, Cabrera Delgado desmitifica al VIH/SIDA y con él a la muerte, los despoja de significados como el de patéticos o dolorosos, sin perder nunca la seriedad que, indudablemente, tópicos como estos conllevan. Así, este humorismo que atraviesa y caracteriza a ¿Dónde está La Princesa?, devela, a través del empleo de la ironía y de un mordaz sarcasmo, la realidad más dolorosa del hombre:-¡SIDA!- exclamó alarmado, y llamó inmediatamente al Arcángel Jefe de aquella sección.-Mira- le dijo confidencialmente- si habiendo llegado hasta aquí, le negamos el visto bueno, tú sabes los informes que debemos hacer y el papeleo a llenar, así que…- dejó inconclusa la frase para él mismo poner un nuevo y último cuño en el expediente-. Entrégale la boleta. De todas maneras tienen que pasar por el Tribunal de la Inquisición y por el Comité de Santos. Por su parte, se hace evidente la Ley del Contrapasso manifiesta en La Divina Comedia. La interrelación entre pecado en vida y castigo después de la muerte se exhibe en la noveleta: “Como desde la Tierra violaron la ley que no permite el trato entre vivos y muertos, estaban condenados a no alcanzar nunca el reino de la Luz”. Resulta importante además el empleo de la Ley de Contrapasso, en tanto funciona como exponente a su vez de una de las más recurrentes metáforas sobre el SIDA. El carácter contagioso por transmisión sexual de esta enfermedad, conlleva un juicio severo (lo que Susan Sontang denomina la consideración de exceso o perversión sexual) y un sentimiento por ende bien marcado de culpabilidad, en tanto es responsabilidad individual y no colectiva contraer la pandemia: “uno mismo se lo ha buscado”.

    Así, no faltan en ¿Dónde está La Princesa? opiniones a priori que consideran a los enfermos con VIH/SIDA como responsables sin perdón de su situación, como individuos exentos de buenas cualidades:(Germancito): -¿Las personas que mueren de SIDA no pueden entrar en el Paraíso? -Es muy difícil- le respondió este (el Arcángel Jefe). Casi todos van para el Infierno. Este sentido de culpabilidad trae como consecuencia no solo sentimientos de vergüenza, sino también la cualidad de secreto, de silenciamiento, en ocasiones por parte del paciente, en general por el resto de la sociedad. Cuando leemos ¿Dónde está La Princesa?, notamos inicialmente la omisión del nombre de la enfermedad. Alusiones como virus, o “la situación” de la pareja dejan entrever la existencia de la pandemia. Incluso, en ocasiones se reproduce la metáfora militar, que entiende al SIDA como ese enemigo externo que invade nuestro organismo, y emplea todo el arsenal lingüístico propio del arte de la guerra: “Estaban infestados por un virus que minaba sus defensas y acabaría con sus vidas”. Sin embargo, ya avanzada la lectura, el narrador declara explícitamente el nombre tan temido: “Un año después moría con SIDA”.

    Otras de las metáforas empleadas con eficacia es el terror que impera en la sociedad, en tanto esta última también entiende al SIDA como un invasor asesino de la colectividad. Cabrera Delgado explota esta creación del significado, sobre todo para subrayar la intolerancia y el sentido de repulsión con el cual son vistos los infestados-enemigos. Estas supersticiones conllevan al aislamiento del enfermo, a la reclusión de los mismos en un espacio controlado. En otras palabras, el SIDA como metáfora de la contaminación y la degradación, de ahí el peligro. Germancito no puede ir a la escuela, y vive sentenciado no por estar infestado, sino porque “No queremos que nuestros hijos se puedan contagiar”. Hasta en el mundo de ultratumba le tienen pavor a estos enfermos:-¿Solo encontrar a La Princesa?- exclamó asustada la matrona poniéndose de pie, mientras se sacudía los brazos como si quisiera desprenderse de algo dañino y doloroso. Todos los espíritus que observaban la escena comenzaron a caminar hacia atrás queriéndose alejar del sitio. Otra de las metáforas empleadas recurrentemente en el discurso sobre el VIH/SIDA es la que lo identifica como destrucción orgánica que, paulatinamente, lleva a la muerte. Ahí están en la noveleta las manchas que vaticinan el deterioro orgánico por etapas, en este caso, avisoran la proximidad del fallecimiento. No obstante, Cabrera Delgado en forma reiterada hacer alternar la cara de tánatos con el rostro de eros. La dicotomía entre muerte y amor desaparece, para convertirse en un solo elemento. Huir de la realidad no implica que Germancito quiera salir de la misma en pos de escapar de lo tremebundo de su existencia, sino que sus repetidos peregrinajes hacia la muerte son en búsqueda de su mamá, en la búsqueda del amor. Al final de la noveleta, al mirarse las manos, el niño se siente plenamente feliz: ha descubierto las manchas mortíferas. No le teme a la muerte, sino que la desea para estar con su mamá. De esta forma, Cabrera Delgado despoja al VIH/ SIDA de toda su significación peyorativa, y le permite al lector un nuevo acercamiento a la enfermedad. Y es aquí donde consideramos radica la universalidad de ¿Dónde está La Princesa?, y lo que la convierte en una pieza única dentro de nuestra LIJ: la reproducción de las metáforas generadas alrededor de la pandemia del siglo XX implica, además, la resemantización de nuevos significados. No se limita a mostrar el aislamiento forzoso de los infestados, la intolerancia, la paranoia de la sociedad ante el enfermo, quien es considerado como ese enemigo que si penetra en nuestras fronteras nos contamina y degrada como seres humanos. Muy al contrario, Luis Cabrera Delgado le enseña al lector, sin emitir nunca de manera explícita juicios éticos o morales, la significación de la tolerancia, de aceptar lo diferente. Así, a través de los diversos personajes y, en especial, mediante Germancito, nos acercamos a un universo que propone, como lectura principal, la importancia de los valores humanos.En ¿Dónde está La Princesa? se mezcla equilibradamente la realidad y la fantasía, para transmitirnos todo lo admirable y verdadero que podemos hallar en el ser humano. Lectura compleja que no impide la decodificación de sus significados, menciona asimismo a Teresa de Calcuta, los atentados al presidente Kennedy y a John Lennon, la llegada del hombre a la Luna, la existencia de una guerra en Viet Nam, la desaparición del apartheid en Sudáfrica, la visita del Papa a Cuba, la clonación de la oveja Dolly, entre otras referencias. Una vez más, su autor nos ratifica la idea de la dualidad entre lo bueno y lo malo como elementos que pertenecen a la vida por igual, amén de reclamar un lector activo. De esta manera, la noveleta cumple esa función tan alta de la literatura: (in)forma, sensibiliza nuestro mundo interior y, sin lugar a dudas, condiciona.

    A través de la sabia alternancia entre lo real y lo imaginario, Cabrera Delgado desplaza viejos mitos en la LIJ por uno nuevo: el del VIH/SIDA. Sin emplear nunca un lenguaje ñoño o diminutivos innecesarios, ratifica que los niños o jóvenes contemporáneos y de cualquier lugar no pueden vivir al margen de la realidad, ni negarles la existencia de la muerte. ¿Dónde está La Princesa? ofrece la oportunidad a cualquier lector, sin importar su edad, de encontrar respuestas a inquietudes y desvelos. Responde, por tanto, a las nuevas necesidades de los niños y jóvenes universales, mostrándoles un derrotero lleno de amor, comprensión y tolerancia.

    Baste con observar la repercusión que ha tenido la noveleta no solo dentro del campo literario, sino fuera del mismo: el Proyecto Cultura y Prevención y la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena convocan al concurso “Buscando La Princesa”, donde participan adolescentes y jóvenes comprendidos en las edades de 12 a 18 años. Los mismos deben redactar, en una cuartilla con no menos de tres párrafos, qué significado ha tenido la lectura de esta obra literaria en ellos. Gracias entonces, Luis Cabrera Delgado, por enseñarnos a todos la importancia de buscar el amor y, además, de respetar y valorar siempre a ese otro con el que, indudablemente, convivimos.

    • Producto
    • Especificaciones
    Novela de Luis Cabrera Delgado, en la cual el escritor logra utilizar la fantasía y el tono humorístico, sin descuidar el enfoque humano de la vida. …
    Autor

    Encuadernación

    Editorial

    Publicado

    Consejo editorial integrado por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

    Claustrofobias Promociones Literarias
    Logo
    Shopping cart