Diana Lio, no había lío nunca

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    Escrito por Alexis Díaz Pimienta

    Hoy, 10 de diciembre de 2020, he tenido uno de esos amaneceres que me dejan en shock, bloqueado, sin palabras. Para poder escribir esta nota he tenido que esperar varias horas, respirar hondo varias veces, caminar solo como un loco por mi casa, blasfemar en voz baja, maldecir en voz alta, repetirme varias veces el tópico “no puedo creerlo”. Y nada. Aquí sigo con la misma sensación de vacío e inutilidad. Este vicio nomofóbico de mirar el móvil nada más despertar me deparó un bofetón anímico: “Oye, murió Diana Lio”, me soltó, a bocajarro, mi hijo Axel Luna Mar, por WhatsApp, y apagué el móvil. No hice nada más. Apagué el móvil. Y lo primero que pensé fue: “qué mierda, tenía que haberle escrito y no lo hice”.

    Otro vicio personal, otra enfermedad que me va matando lentamente es la procastinación. Voy dejando las cosas siempre para después, ese jodido “mañana lo hago”, y pasa esto. Hace varios días nuestra amiga común Doris Brandfort me comentó por Messenger: “Diana está malita, escríbele”. Y prometí hacerlo. Pero claro, uno de lejos no sabe cuan malita puede estar una amiga, o piensa que no será tan grave, sobre todo cuando esa amiga es Diana Lio Busquet, tan joven, tan llena de vida, tan linda persona, con tan buen carácter, tan entusiasta, tan cómplice literaria. Y lo pospone, lo va dejando. Y pasa esto. No se pueden imaginar qué mal sienta cuando descubres que la frase que ibas a decirle, o escribirle, ya no se la dirás o escribirás. No para ella. Qué vacío tan grande y qué tristeza.

    Diana Lío Busquet fue -ha sido- mi editora durante casi 20 años. Mi editora y mi amiga en la Casa Editora Abril, de Cuba. La de recibirme a cualquier hora y colarme café, a mí que “no tomo” (ahora me doy cuenta de que cuando voy a Cuba solo tomo café en dos situaciones: cuando viene mi madre a casa y, religiosamente, cuela; cuando visito la Editorial Abril y Diana Lio manda a colar e invita). Diana Lio actuaba conmigo como si hubiéramos sido amigos de la infancia. Heredó, creo, esa relación casi familiar que yo tenía con la anterior directora de la Editorial Abril, nuestra Niurka Duménigo. Y heredó, por supuesto, el universo Chamaquili.

    Nuestra amistad y cariño comenzó y continuó, con Chamaquili, gracias a él, por él, y se extendió al resto de mi literatura y a la vida. Ahora mismo, Diana Lio tiene en su poder cuatro de los próximos libros que quiero que salgan publicados en Cuba: dos novelas (una juvenil y otra para adultos), uno de cuentos para adultos y un poemario para niños (sí, otro Chamaquili). Y en eso trabajábamos, y de eso hablábamos constantemente por Messenger.

    Era tan entusiasta de mi literatura que en 20 años nunca dijo que no, nunca dudó, sobre ninguna de mis propuestas. O me proponía ella, directamente. Diana Lio era, es, esa editora que todo escritor merece, que todo escritor quiere tener cerca. Lo sabe muy bien Jorge Oliver, mi compañero de equipo chamaquilero. Ha sido ella nuestra gran aliada para la Colección Mapá, con Chamaquili como protagonista. Pero, sobre todo, Diana Lio era amiga. Una amiga tranquila y sonriente, inalterable en sus buenas vibraciones. Podía estar pasando cualquier cosa, podía estar La Habana, Cuba, el mundo atravesando cualquier crisis, que Diana Lio siempre tenía el mismo tono de mar en calma, cuasi oriental, como si viera todo desde lejos y supiera que ya pasaría la tormenta. Transmitía tranquilidad, traducible en confianza. Nos hicimos amigos, poco a poco, gracias a eso. Yo reconozco que a veces me desesperaba con la lentitud de los procesos editoriales en la isla, la burocracia y las carencias (falta papel, no entró en el plan, este año no sale, no para esta Feria), pero reconozco también que, de no tener a Diana como interlocutora, hubiera sido más desesperante. Siempre optimista, siempre jovial, siempre tranquila: con Diana Lio no había lío nunca.

    Era (es) una mujer pequeña, de una belleza tranquila como todo en ella. Era (es) una persona amable con todo el mundo y una trabajadora incombustible. Una editora de verdad, de las de antes pese a ser tan joven, de las que aman los libros, de las que viven por y para la literatura. Era (es) una amiga inolvidable de la que uno puede alardear y enorgullecerse. Yo fui su amigo. Y Oliver. Y Doris. Chamaquili, mi personaje infantil, fue su amigo. Juntos reíamos y comentábamos y planificábamos y soñábamos cómo lograr que Chamaquili llegara a más niños. Y en eso estábamos ahora, precisamente ahora, intentando que la colección completa renaciese. De esto, y de los nuevos libros, hablamos por Messenger las últimas veces, hace poco más de un mes. Y no me dijo que estaba enferma. Creo que aún no lo sabía. Me acuerdo, siempre que pasan estas cosas, de dos grandes poetas, de Borges y de Eliseo Diego. Borges decía: “Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido / ¿quién nos dirá de quién, en esta casa, / sin saberlo, nos hemos despedido?” Y Eliseo Diego: “La muerte, en fin, es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado, sin saberlo”. Ella no sabía que no íbamos a hablar de nuevo; ni que la muerte ya estaba ahí, acechándola. Ni yo tampoco, claro.

     Nadie se imagina la rabia y la impotencia que siento siempre que escribo necrológicas, notas de condolencia y de recordatorio para gente tan querida que no la leerá y que tal vez no supo nunca (porque no se lo dije) lo importante que ha sido para mí. Me siento inútil, egoísta, inoportuno. Propuse en otra de estas notas que lo mejor sería escribir “vitalógicas”, memorándums igual de agradecidos y sinceros para amigos vivos, en vida, de modo que lo supieran.

     Ay, Diana, Dianita, querida amiga: las lágrimas no sirven a deshora. Te recuerdo vital y cariñosa cuando mi hermana Caridad, la pequeña Lulú de la Editora Abril y de mi literatura, se nos fue también, tan pronto, tan sin avisar, tan disparatadamente. Ahí estuviste tú, como una más de la familia. Y ahora yo, nosotros, mi familia toda, no puede abrazarte. No queda más remedio que llorarte en silencio y desde lejos.

    Ay, Diana, Dianita, querida amiga: ok, no hay lío, nunca habrá lío contigo, si te has tenido que ir a repartir tu luz desde lo alto, no hay lío; si pudo más la enfermedad que tú, como me ha dicho Doris, no hay lío; contigo nunca hay lío, querida Diana. Ahora el gran lío lo tenemos nosotros, los que te queremos, los que te echaremos de menos en la literatura y en la vida real, que es cada vez más tristemente realista. Nos debemos un café, Dianísima. Otro café, aunque me suba un poco la presión de nuevo.

    10 de diciembre de 2020.

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