RESEÑA | Solo con el machete se entiende la manigua

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Escrito por Jorge L. Legrá (El Puro)

En un rincón de mi librero, bien visibles y a la mano, he colocado la obra poética de Eduard Encina Ramírez. Desde su cruel partida en septiembre de 2017 la mantengo cerca. Cuando la nostalgia se vuelve insoportable abro un libro y leo algún poema al azar, puedo recrear con total fidelidad las intensas discusiones sostenidas en torno a cada verso, cada palabra, hasta el mínimo de incomodidad que nos causamos. Me he prometido un extenso estudio sobre su obra, una deuda que aún me recrimino y duele.

La poesía de Eduard ha estado condicionada por movimientos reflexivos entorno a la función del poema, le inquietaba el destino del verso frente a un entorno social de crisis y agonía. Es fácil definir algunos estados transicionales en él que polarizan los modos en que enfocará sus asuntos y articulará su lenguaje y referentes.

En De Ángel y Perverso (2000) y El Perdón del Agua (2003), sus dos primeros poemarios, la experiencia del lenguaje y el tropo se convierte en un móvil medular que se refuerza con la condición de artista de la plástica, lo que marca mucho sus versos con fuertes intenciones de visualidad pictórica. Ya desde entonces asoma un interés por la representación e indagación del espacio social. Golpes Bajos (2005), el libro con el que obtuviera el Premio Calendario de la Asociación Hermanos Saíz, resultó una especie de laboratorio donde buscó dar un salto, lograr una ruptura. Tanta experimentación con el lenguaje contribuyó a anular algunos comodines de la tradición que pesaban en su poesía, sobre todo porque logró encontrar una economía óptima para su propia expresión.

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No queda más opción que quedar solo. ¿Sería mejor estar entre la gente, ingir una bandera diferente al cielo duro y triste que enarbolo?
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Páginas 92

Luego de estos tres libros el poeta arriba a un ciclo de madurez caracterizado por un ejercicio de indagación y replanteamiento a partir de la elección de un referente intensamente dominante en todo el cuerpo del poemario, una matriz dominante por cada libro posterior. Sin ánimos de abundar mucho en ello podemos verificar fácilmente la prevalencia de lo bíblico en Lecturas de Patmos (2011); la poderosa inercia de la enfermedad y sus síntomas, específicamente del Lupus eritematoso sistémico, en el poemario titulado Lupus (2016).  Aunque en este último libro comienza a asomar gestos de preocupación por lo histórico como materia poética para intelectualizar lo contemporáneo, no es hasta Manigua, cuaderno que mereciera el Premio de poesía de la revista La Gaceta de Cuba en2017(de paso fue el año de la muerte del autor) que el recurso de la Historia Nacional (específicamente las gestas mambisas del siglo XIX), se convierte en un referente dominante en todo el poemario.

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Manigua es un libro aparentemente sencillo, escrito con la razón, sin desdeñar los elementos que humanizan el arte. Aquí reflexiona …
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Publicado
Páginas 60
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Con Manigua, Eduard cierra un ciclo de búsquedas de los referentes apropiados para poetizar su preocupación por lo cívico nacional, aunque también por la historia malformada.  Lo primero que hace el poeta es dar apertura al libro con este verso a modo de aclaración, o preámbulo: La manigua es un estado de cosas / donde todo comienza a ser precario.

Es evidente que el autor nos está anticipando de qué va el concepto manigua en el cuaderno, que nos enfatiza el sentido metafórico con que es amplificado este signo en todo el poemario. Todos reconocemos en términos históricos aquel espacio donde la contienda emancipadora se explayó, solo que ahora Eduard resemiotiza este ámbito de contiendas contemporizándolo, convirtiéndolo en un contexto sicológico donde la postura insurgente es necesaria frente a los estados de precariedad, donde solo es recuperable la dignidad a caballo y con el machete desenvainado.

Abundan en el poemario herramientas que son transformadas en instrumentos de violencia cívica necesaria, como el hacha, el machete o el bisturí. Otros signos también presentes en obras anteriores van a connotar los estados de impotencia o las posturas estériles del que sobrevive pasivo en la contienda. El silencio, por ejemplo, es la metáfora para una forma de resistencia que resulta perniciosa por su aridez criolla: un país en silencio se muere, dice el poeta, posteriormente aclara: el hombre que resiste se parece al hombre que renuncia. La sombra es otra muestra que siempre va a signar, en el poemario, al sujeto o al acto que deviene totalmente intrascendente en el fluido de la historia.

Algunos de los poemas que más destacan en el conjunto semejan apuntes de diarios de campañas, de hecho, el autor utiliza con mucha sensibilidad y pericia poética (iba a decir proteica) extractos de los diarios de campañas de leyendas de nuestra gesta independentista del XIX. Solo de leer los títulos Venta de Pinos, 1868; Bijagual, 1873; General Jesús Rabí y Remanganaguas, el lector cubano quedará inmediatamente apercibido ante el replanteamiento de un acontecimiento que ha estado demasiado codificado por el magisterio en Cuba. 

Pero la historia en este libro no es solo un motivo cuestionador de los modos consagrados de contarla, también es, y sobre todo, otro modo de intelectualizar nuestras representaciones de lo contemporáneo, nuestros impulsos éticos ante la realidad que se impone. Todo queda aclarado en el último poema titulado El desbroce, porque si al principio del poemario Eduard Encina nos enseñaba que La manigua es un tiempo que nos llama, ahora, en este último texto acaba por alertarnos: Solo con el machete se entiende la manigua.

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