¡Qué de premios!

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Escrito en Santa Clara el 2 de junio de 2009 y publicado en el libro La aldea letrada de Ediciones Matanzas, 2016

¿Qué hubiera sido de muchos de nosotros sin los premios literarios? Cuando nos dedica­mos a mirar, con ojeriza, indulgencia, suspicacia y amor, el saldo de tanta lid, se nos despierta una ambivalencia que bien quisiéramos de una sola magnitud: la del reconoci­miento. Pero falta mesura: todo se lo debemos a los premios, los premios son los responsables de una buena parte de los bienes y los males que hoy cosechamos regalándole el crédito mayoritario a su bondad.

Cuando la vida literaria cubana no medía su cuota de eficiencia como mismo el acon­tecer deportivo lo hace (somos, o éramos hasta Beijing 2008, el país de más medallas olímpicas por habitante cuadrado) ganar uno de los escasos premios convocados portaba otro sabor, otro saber, remitía a otras magnitudes curriculares más rigurosas y en verdad consagratorias.

Lástima que en la literatura no hayamos sabido combinar, con igual devoción y efica­cia que en el deporte, la participación popular y el que pudiéramos llamar texto de alto rendimiento. No sé si en la capital del país suceda lo mismo, pero en provincias la proli­feración de concursos literarios ha conducido, a despecho de las orientaciones y los muchos conjuros emitidos desde todos los niveles, a la obtención del tesoro inútil del igualitarismo reductor, al amparo de cuya lógica se acuñan consagraciones ilegítimas.

Preguntémonos cuánto desdibujo de jerarquías trajo aparejada la ejecución de una política que, más que a multiplicar exponencialmente el emisor, debió proponerse captar receptores, o en el mejor de los casos circunscribirse al estricto marco de la cultura comu­nitaria sin invadir los espacios de lujo configurados por quienes cultivan con profesionalidad las letras. De la respuesta depende en buena medida que ubiquemos cada pieza del meca­nismo donde mejor pueda cumplir la función que le corresponde, pues en el espectro de una política cultural inclusiva como la nuestra todos tenemos derecho a un lugar. Pero nunca el sitio del general debe ocuparlo el soldado, para usar un símil comprensible a todos.

Ganar los premios David, Uneac, 26 de Julio, 13 de Marzo, Casa de las Américas o La Edad de Oro, hace unas pocas décadas constituía casi el único boleto efectivo para acceder a la consagración literaria. Los palcos de privilegio eran ocupados, legítimamen­te, por los que en circunstancias más adversas que las nuestras, sin el tipo de premios y editoriales que la política revolucionaria orquestó, labraron la proeza de una formación y una información admirables. Hoy, desgraciadamente, no ocurre así: el cargo -virtual pero real- de escritor se alcanza con relativa facilidad.

Firma de autores en Matanzas

No basta que desde los inicios del programa de expansión propuesto por la dirección del país en 2000 el Ministerio de Cultura se pronunciara por definir y respetar los espa­cios reservados a lo que denomina “vanguardia artística”: los males han venido legitiman­do de manera pedestre, más que en el terreno de la política cultural, en el tantas veces confuso dominio de la operatividad de las instituciones, a figuras y figurillas de todo tipo.

Falta de luces…

La falta de luces en algunas instituciones ha conducido con frecuencia a los directi­vos hasta el laberinto de una falsa igualdad, caldo de cultivo para que la mediocridad ocupe espacios que no le pertenecen. Un vicio burocrático de visible frecuencia en la conducción de las instituciones culturales consiste en buscar a toda costa el respaldo de las estadísticas como sustento de un discurso que de fe de la riqueza del clima cultural. A tenor con lo dicho, y en pos del holograma de una masificación a ultranza, la vida literaria cubana ha visto crecer desmesurada y un tanto anárquicamente, entre otras cosas, los premios literarios.

Sería conveniente observar el fenómeno a la luz de dos disciplinas: la sociología y la propia literatura, pues ambas, en buena parte de sus recorridos autónomos, convergen en las plataformas de la política cultural y su posterior ejecución. Resulta sumamente impor­tante, en los dominios de lo sociológico, que nuestro país pueda exhibir un espectro insti­tucional dotado de infraestructura tecnológica a partir del cual no sea una frase vacía la afirmación de que, en muy pocos países, como en Cuba, el arte y la cultura son derechos del pueblo. El anterior es un axioma incuestionable incluso para los que atacan a la Revo­lución. Solo que a la luz de la literatura el espacio a democratizar con mayor intensidad no se ubica específicamente en los dominios creativos (donde de alguna manera debe impo­ner su rasero la selección natural, con la crítica como tijera implacable) sino en los de los receptores no conquistados, cada día más esquivos.

¡Qué de premios! 4

Los jóvenes…

Centrémonos de momento en uno de los sectores estratégicos para la configura­ción de una utópica arcadia de lectores: el de los jóvenes. Difícilmente un estudiante cubano de preuniversitario, alejado de las instituciones literarias por nueve días mien­tras cursa ese nivel de enseñanza, se desarrolle como lector en las caquécticas biblio­tecas de esos centros, además alejados de las instituciones llamadas a ejercer su in­fluencia formadora en ese sentido. No recuerdo haber leído en los últimos tiempos ningún estudio serio sobre las preferencias culturales de este sector de nuestra pobla­ción. Pero de manera empírica puedo afirmar (la mayoría convivimos con jóvenes) que en un altísimo por ciento se perdieron como posibles lectores. Casi todos los jóvenes que conozco prefieren las fiestas y paseos, o esclavizarse a un DVD, un equipo de música, una TV, o cualquier juego pasivo, antes que asistir a una biblioteca, un evento literario, o leer un libro de un autor cubano.

¿Leer? Ni los propios padres consideran justo que, tras nueve días de concentración en las tareas docentes y agrícolas, los muchachos dediquen el pase a una actividad que no les parezca placentera. Sabemos que la lectura, no solo para los estudiantes de los grados diez al doce, es una opción en crisis. La ineficacia de las instituciones, tanto culturales como educativas, tienen su cuota de responsabilidad en ello. Mi énfasis en el estudiante de preuniversitario se debe a que, entre las edades formativas, es la que vio cortada más bruscamente y de manera general, por la beca obligatoria, la continuidad de su relación con las entidades responsables de promover la literatura. Todas las activida­des realizadas en esas instalaciones docentes fueron concebidas en programas de exten­sión, por lo general asistemáticos y discontinuos. La posterior inserción de los educandos en el entorno universitario tampoco los sacó del marasmo. Sin leer a los clásicos, a las grandes firmas de la historia de la literatura, ¿leerán a los premiados en el sinfín de concursos que hoy adornan nuestra realidad?

Un escritor sin lectores…

Un escritor sin lectores constituye una falacia, un espejismo social que lejos de dar testimonio positivo de la efectividad de una política, nos deja la certeza de que hemos derrochado los valiosos recursos, muchos de ellos no renovables, que demanda la pro­ducción del libro. En ese sentido, aunque sea durísimo reconocerlo y no lo propongamos como modelo, los anárquicos y también injustos raseros que establece el mercado en otras latitudes resultan, al menos, más racionales, pues solo se edita y se mantiene como presencia pública lo que se vende, de manera que aún en el confín, la imagen del posible lector se configura con más claridad que cuando lo dejamos al azar de un entorno enri­quecido solo por la oferta.

ENTREVISTAS

Cualquier razonamiento en este terreno peca de controvertido y paradójico. Yo solo aspiro a alertar que el prejuicio contra ese medidor tal vez nos esté conduciendo al absur­do de ignorarlo totalmente, cuando lo sabio sería aprovechar las señales que envía a la industria cultural para que se le tome en cuenta a la hora de reproducir sus propuestas.

No quiero concluir este texto sin dejar claro que considero el sistema de concursos literarios de Cuba más riguroso y limpio que el que en otros espacios del mundo he visto. Nuestros concursos, pese a no ser invulnerables al tráfico de influencias y manejos capillistas, muestran una limpieza superior a los cientos que se convocan en España -para citar el caso que más cerca he tenido- donde las agencias literarias, y las propias instancias auspiciadoras, negocian los premios de manera escandalosa. De lo antes dicho dan fe, entre otros desaguisados, las ocasiones en que escritores prestigiosos -como lo hicieron José Manuel Caballero Bonald y Rosa Regás hace unos años- se retiraron de algún jurado, denunciando de paso, públicamente, la manipulación a que intentaron someterlos.

¿Y el Premio de la Crítica…?

En el caso de Cuba me llama la atención un hecho de naturaleza paradójica. Resulta que muy pocos de los libros que se alzan con los más importantes premios, una vez publica­dos, alcanzan el reconocimiento del Premio de la Crítica. A mi juicio tal contrasentido pudie­ra apuntar hacia distintas direcciones: están mal los concursos o está mal el Premio de la Crítica. O está mal todo el sistema de evaluación. Lo que no me funciona es que sea tan bajo el por ciento de validación que a los premios de primera línea les confiere la Crítica.

El Premio de la Crítica ha sido duramente cuestionado desde que, en 1982, se institu­yera. Se ha tratado de renovar y redimensionar en varias ocasiones con la intención de transfundirle fuerza y prestigio, pero todos los intentos, hasta ahora, han sido infructuo­sos. En la actualidad se rediseña una vez más, con pautas que considero nuevamente equivocadas, aunque les concedo el beneficio de la duda. Entre los aspectos que me incentivan la ojeriza hacia la nueva metodología señalo: la exclusión de los textos de testimonio, el que solo compita una selección que hace la editorial de sus títulos publica­dos y no toda su producción, y el que se exija que los libros, para optar por el galardón, hayan sido previamente reseñados en algún medio.

Sobre el último de los aspectos señalados en el párrafo anterior, me predisponen dos características de nuestra vida literaria: la primera es que en nuestro país la cultura de la reseña se ha convertido, con el paso de los años, en el ejercicio de un arte complaciente, pues los posibles críticos solo escriben de las obras que les parecen buenas; o de los libros de los amigos; o convierten las palabras de presentación de un título (acto laudatorio que aspira a interesar a los lectores-compradores) en reseñas, que en más del noventa por ciento de los casos son positivas. La otra cuestión es que lo que se publica en el plan de un año, en su mayor por ciento, comienzan a circular a partir del mes de febrero del año siguiente, al celebrarse la Feria Internacional del Libro, y como las editoriales deben entregar su producción para optar por el Premio de la Crítica (si no ha cambiado también esto) antes de junio, el tiempo para aspirar a una reseña es extremadamente corto.

Recuerdo que a inicio de los años noventa el ICL [Instituto Cubano del Libro] se pronunció sobre la proliferación de concursos a lo largo y estrecho del país, y se trazó una política para su reducción, de manera que ello fructificara en la ganancia de prestigio para los premios que quedaran como emble­máticos, a partir de lo cual se hubieran podido establecer medidores más rigurosos. Aque­llos estudios y pronunciamientos no condujeron al resultado que se esperaba.

Una adecuada política de premios es imprescindible para el montaje y desarrollo de una vida literaria racional y rica. Pero los premios deben recuperar, según opino, el rigor que en determinado momento les permitió instituirse marcador eficiente y, por tanto, consagratorio para los ganadores, además de justo aviso a los lectores de que se les ofrece un texto de valor. Depurar, prestigiar y amplificar hasta donde lo merecen los premios que se convoquen constituye un reto para las instituciones literarias del país.

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