Regino E. Boti y el magisterio de la poesía

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Escrito por Virgilio López Lemus en 2014  y compartido especialmente para el Evento Regino E. Boti 2020

Así como hay poetas muy populares, cuyos libros pasan de mano en mano y algunos de sus poemas suelen ser memorizados por amantes del género, existen otros que parecieran ser poetas de poetas. Regino E. Boti (1878-1958) se encuentra equidistante de ambos extremos de la entrega textual. Su poesía ha alcanzado relieve entre críticos e historiadores de la literatura, sobre todo por la muy provechosa etapa suya entre 1910 y 1935, cuando escribió y publicó buena parte de lo que hoy consideramos sus poesías completas.

Ya se sabe que él, con José Manuel Poveda y Agustín Acosta, forman la trilogía de los mejores representantes de una renovación estética en la poesía cubana, a partir de un modernismo reformado, sin renuncia del magisterio de Rubén Darío, pero con una mirada innovadora en la década de 1910, o sea, hace ahora cien años. Por entonces, sobre el Boti de Arabescos mentales (1913) se ha comentado su fruición en el uso de las palabras, lanzado el poeta al mar lexical idiomático, para lo cual parece ser que usó el diccionario, extrayendo de él los vocablos que resultaran de mejor efecto para su interés expresivo. Desde entonces, Boti se convierte en un maestro del uso del léxico menos corriente, y lo va a seguir siendo con toda su obra poética, incluso cuando en Kodak ensueño (1929) se abraza a las vanguardias, o abre sus páginas al fragor del siglo XX de la tecnología y la innovación.

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Arabesco mentales

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Para esta edición se tomó Arabesco mentales (poemas), R. Tobella, Impresor Barcelona, 1913
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Me refiero al vocabulario enérgico que matiza con la emoción y a veces con cierto pintoresquismo que no se queda en la superficie. Boti impulsó la renovación con el vocabulario selecto de su poesía, y para ello se armó de sustantivos y adjetivos como: precito, lábaro, sáxea; verbos como: efundir, tremer, errumpir; imágenes como: ubres que tremen; frecuencia de dioses, topónimos y leyendas de orígenes griegos clásicos: amazonas, Juvencia, Pegaso, Paros, Esfinge, Afrodisia (en el sentido de Afrodita y de lo afrodisiaco). Todo ello, de lo que he mencionado sólo una rápida muestra, más su propio lenguaje de interés distante al coloquio diario, le ofrecen a su poesía entramados raros, menos exotistas que la etapa del primer modernismo, pero que son sin dudas búsquedas de «ambientes» no comunes para la comunicación de la aprehensión poética, para la conformación de una textualidad que requirió un pensamiento definido en torno a la poesía.

Este pensamiento, esta ideación desde el poema, trajo como consecuencia que Boti armase un ideario estético que va más allá del mero concepto de la poesía, para desarrollar una poética, que expresó también, de manera explícita, por medio del ensayo. Esta poética, una de las no numerosas que hayan forjado poetas cubanos (Martí, Lezama, Feijóo, Diego…), está armada de un sistema creativo que él mantiene a lo largo de su poesía, pero sobre todo de un método, y este concuerda precisamente con un preciosismo lexical, lo cual confundió a algunos de sus críticos, que lo tildaron de «poeta de diccionario».

En otros estudios me he referido a que, tras la poética y la elevada poesía de José Martí, el momento más alto del canto a la naturaleza del primer cuarto del siglo XX se debe a Regino E. Boti. No es una observación de paso, porque ello, en los planos de los contenidos líricos, se ajusta al sistema escritural de Boti, no refleja clara influencia romántica, sino que es singular en él. Puede decirse que es el momento más elevado de la poesía cubana sobre este tipo de temática, antes del advenimiento de la obra de Samuel Feijóo, desde el final de la década de 1930.

Tal vez ello sea su centro lírico o da pie para hallar el factor constitutivo de los más decisivos de su poética: su concepción panteísta, el «Gran Todo» de que habla desde Arabescos mentales. Siendo Boti más bien un poeta de ciudad, en el que el paisaje es casi siempre citadino, tiene un libro que enlaza su panteísmo con los asuntos ecológicos: El mar y la montaña (1921). En su obra anterior, más que a la naturaleza, se refería a lo natural con una sensorialidad visible sobre todo en «Alma y paisaje», aunque por lo común en este poeta el paisaje se describe con un grado considerable de alejamiento casi pictórico. En ello se refleja el influjo de la obra poética del otro mejor modernista nuestro, Julián del Casal. No ahondo en tal influjo, que ya ha sido explorado lo suficiente por la crítica y la historiografía literarias.

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En su conjunto, la obra poética conocida de Regino E. Boti (Guantánamo, 1878-1958) revela uno de los esfuerzos más dinámicos de nuestra literatura ...
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El mar y la montaña es una transformación del «paisajismo» de Boti, más centrado en la región guantanamera, trascendiéndolo con «el carácter de símbolos de la grandeza del mundo natural».[ Regino Boti, Poesías, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1977, pág. 88.] Tal vez por eso se advierte que Boti no canta al paisaje cubano con identidad de intereses que los románticos o que la tradición cucalambeana, retoñada en 1930 con las décimas de Trópico, de Eugenio Florit. El pensamiento panteísta del poeta («Crepúsculos», «Perla», «Hermandad», «Escapatoria»…), esencial en su concepción del mundo, se liga con el himno campestre («Guantánamo arriba», «La bruma», «Las palmas»…), y le aporta al canto a la naturaleza el sentido «moderno» de lo desalienante citadino, que se manifiesta incluso como un corsi e recorsi en el poema «La noria», donde la vida oficinesca es un «retorno canalla y sombrío». La burguesa enajenación citadina tuvo en los «Versículos indemnes» un reposo de «artista y filósofo», pero es un reposo creativo, una «Escapatoria» para observar –a diferencia de Martí y mucho más de Feijóo– cuán «ruin» es la especie humana, pero también, como en «Hermandad», que ella habita en un planeta donde:

…el mundo tiene un alma, y hay un alma
sensible en cada cosa. Un alma hermana
de nuestra pobrecita alma humana.[ Ibídem, pág., 226. ]

Ser y naturaleza se hermanan por el «alma», pero son distintos, y no distantes gracias al diálogo que aproxima al poeta con el entorno.

En El mar y la montaña el poeta halla cierto trascendentalismo ultra cósmico hiperestésico, con algunos elementos esotéricos («Ficción de la madrugada»), pero que se asienta en el «otoño tropical», aunque a veces en un «Sendero de selva» se abran «sombrillas niponas» y de nuevo silfos y hadas acudan, «con la Bella del Bosque Durmiente», al mar y a la montaña cubanos, todo ello, asaz modernista.

Todo lo que hasta aquí he intentado decir, creo que se ejemplifica mejor, en el orden lexical y del canto a la naturaleza y de la concepción de una poética, en un soneto nada menos que fechado en 1904, y que integra el conjunto de «Alma y paisaje» de Arabescos mentales. Se trata de «Las olas», donde Boti se ejercita ante el mar con la presencia de Neptuno y Berenice, pero que es en esencia un poema barroco, de lenguaje encabalgado entre ciertos Darío y Casal, pero en el que se advierte ya intensión diferente, porque Boti ya se ha dicho que comenzó temprano sus búsquedas de renovación del lenguaje a partir del vocabulario, las lexicalizaciones, las imágenes sorprendentes y cierto grado de exotismo que hereda de sus maestros modernistas.

En El mar y la montaña Boti intentó otra flexibilidad versal, con el ritmo semi libre, sin abandonar los rimados, pero con conteos silábicos que lo aproximan al modo de la silva, sin ser ella. Del pentasílabo al alejandrino, su manera de componer el poema ya lo separa del modernismo pero aún no lo entrega en brazos del vanguardismo, cuyas manifestaciones esenciales han de advenir a la poesía de Cuba con la siguiente generación de la de Boti, y tras 1925. El poeta acude a la iluminación, quizás tras lecturas de poesía francesa, quizás porque Rimbaud vence en Verlaine en su gusto estético (lo cual es ya una separación del modernismo dariano, tan admirativo de los tonos musicales de Verlaine). Esas iluminaciones son imágenes que resplandecen en poemas breves. Para seguir ejemplo relativo al orbe de la naturaleza, con recurso marino, se verá en «El bote» la economía de palabras, la precisión de la frase, el menor adorno lexical, el encabalgamiento que se hace fundamental para el ritmo, no basado en recursos métricos ni en la rima. Sus frases rotundas hacen recordar el staccato martiano en su Diario de Campaña, cuando Boti dice: «Viene el remo. Es todo negro / en medio del negror de la primera noche. / Avanza con cautela…» Todo el poema goza de esa ritmicidad en la que Boti ya no se respalda del exotismo de su léxico demasiado escogido, sino de la imagen, del ambiente que el poema quiere captar y transmitir.

En un salto mayor, vemos en «Madrigalesca» ese devenir poético hacia la concisión, hacia el poema cada vez más breve, poema de Kindergarten (1930), cuando el poeta no renuncia ni a sus búsquedas lexicales ni a su mirada hacia la naturaleza, aunque sea este un poemario muy de ciudad. Dice en «La palma»: «Rascacielo el carpintero real / coronado por un roof-garden / con antena de radio.» Ahora el poeta es fotográfico, a veces sus imágenes parecen tomadas del cine, de una rápida proyección, rara vez como en este caso, usa términos fuera del español, pero su amor por la «rareza» expresiva lo inclina hacia las búsquedas de nuevas palabras de uso, para propiciar ambientes poéticos a su modo, que, haciéndole la ronda a las vanguardias, no es enteramente «vanguardismo», sino continuidad de una poesía que sigue siendo de constante pesquisa, ensayo, capacidad de asombro, tono propio de la circunstancia y a la vez, barroquismo que lo aleja del tono conversacional, incluso cuando acude al diálogo, como en el poema «Leen los sabios» de este último libro mencionado. Boti especula desde la novedad radial, y pone el diálogo no es boca de dos parlantes, sino que lo entresaca de un programa de radio.

Si se ha dicho que Boti es un notable sonetista (antológico su «Funerales de Hernando de Soto»), más bien esa maestría se vislumbra mejor en el poema breve, en el sentido de la síntesis que, claro está, necesita para el soneto. Pudiera pensarse por ello que a Boti le falta el aliento de la consumación del texto largo, del poema de varias páginas, que a veces salta de la lírica a la épica. No es así, no hay carencias en su obra, porque toda ella responde, en cada poema y en cada libro, a un concepto del lirismo como fogonazo, como instantánea tomada de manera casi fotográfica. No dudo que conociera a fondo los novedosos aportes del francés decimonónico Arthur Rimbaud, tan amado por las vanguardias. Atento a su tiempo, el poeta mira hacia medios expresivos muy sintéticos como la fotografía, el cine, la comunicación radial, y hasta un periodismo más factual que cronista.

Este último término me parece clave en su poética, porque él no intenta ser un cronista, sino un lírico, no cuenta, él canta. Le importa menos el suceso en sí porque lo que le interesa es el albor del suceso, su connotación poética. Diría que Boti es un maestro de la connotación, alguien que deja que su léxico vibre, porque la poesía para él es esa vibración, que se obtiene por el juego de las palabras y por la gradación muy lírica, subjetivista, de los contenidos. Incluso en el poema de amor, a Boti le importa menos la emoción erótica o amatoria misma, porque lo que está buscando es lo poético del amor. La intensidad sensorial o sentimental está en función de la breve connotación lírica, como se ve en la segunda estrofilla de «Flor de virginidad»: «Impoluta mujer de mis pesares, / de tu cuerpo, que es nieve y arrebol, / emana como el ínclito perfume / de afrodisiaca flor.» Este texto, sostenido sobre todo por la rebuscada adjetivación, entrega una mirada desde la poesía (por tanto, estética), y no desde la pasión amorosa.

En el desarrollo del barroquismo cubano, Regino E. Boti es un maestro que no se entrega al facilismo expresivo, que rehúye tanto el tono sensual o sensorial, como la directa conversación. No es un poeta «popular» (no hay, por ejemplo, recurrencia decimista en su obra), ni le interesa aquellas inflexiones líricas, sobre todo emotivas, que lo conduzcan a una aceptación masiva. Es un raro poeta de poetas. Pero tampoco se atiene al barroquismo hermético. Su expresión, incluso la que se pueda indicar como rebuscada, es diáfana, comprensible, con cierto grado de conceptualismo que ha de devenir del barroco peculiar de Quevedo. Él no quiere ser reflejo de otros poetas. Quiere ser él mismo: Boti, un poeta singular. Piensa sobre la poesía, reflexiona sobre ella, cumple con sus reflexiones, es un poeta de praxis estética, capaz de desarrollar un sistema creativo y un método de escritura, componentes sine qua non de una poética.
Así como se separó de lo popular (sin desprecio para ello, porque fue un gran divulgador de poesía e incluso un compilador de poemas para el pueblo en la antología La lira criolla), también se apartó de la élite, no le interesaba la torre de marfil. No creo que tampoco pudiera hacerlo, viviendo en el Guantánamo de su tiempo, cada vez más al servicio de una Base Naval extranjera. Boti no se apartó de ningún modo de la controversia política y social de su tiempo. No es a esto a lo que me refiero. Mi interés es subrayar que su poesía responde a un entramado estético que conforma una poética implícita, que él se encargó también de explicitar en prosa reflexiva.

Esa poética tiene una ganancia irrenunciable en su hispanismo. Fue un profundo conocer de la métrica de su tiempo, sabía los resortes sonoros de las palabras, porque en un texto no basta que ellas signifiquen y connoten, también tienen que vibrar. Esa vibración va unida a su sonoridad y a su significado dentro de la frase y del poema todo. Conocedor del idioma, su hispanismo se basa en un estudio consciente de la lengua española más allá de los localismos y regionalismos o del argot de clases y grupos sociales. El suyo es un español internacional, hablado por numerosos países a ambos lados del Atlántico, y su cultura es la hispánica, con detenimiento en lo hispanoamericano que mira hacia Europa con ciertos matices admirativos. Su poesía revela un conocimiento de la métrica esencial, no forzado, no dado al ejercicio o a la búsqueda de la innovación que tanto detuvo a los modernistas, al propio revolucionario de la poesía que fuera Rubén Darío. El sentido de la hispanidad en la poesía de Boti, tan visible en el aludido soneto a Hernando de Soto, bulle en su selección léxica y en sus referentes poéticos. Es una hispanidad que pasa por un alto grado de sentido de lo nacional cubano. De modo que en este poeta no hay una separación de «lo cubano» del vórtice idiomático.

Yo tengo un pero importante para tales afirmaciones. A Regino Boti le atrajo un suave ocultismo, un esoterismo venido quizás de Francia en las prédicas kardecianas, o de la teosofía blavatskyanas, que tanto interesaron a algunos modernistas, pero que en el guantanamero ello no es intelectualismo per se, sino mirada a su entorno, a las creencias que más que ponerse de moda, crecían en el ámbito popular sobre todo en la región oriental cubana. El excelente poema citado parcialmente arriba, «Hermandad», refleja un tipo de poesía que también interesará a algunos poetas de la corriente neorromántica, de crecida aceptación popular en las mejores etapas creativas de Boti. Me refiero, por ejemplo, a un Hilarión Cabrisas, tan popular ya a fines de los años veinte, quien debe haber aprendido algo del mencionado poema de Boti, sobre todo de la idea de que «…hay un alma / sensible en cada cosa», reflejada luego por Cabrisas. Ello es muy visible en «Meditación», de Gustavo Sánchez Galarraga. Quizás sea este último poeta quien haya tenido el contacto principal con Boti, en el rango de magisterio. Sánchez Galarraga no se declara discípulo del guantanamero, pero aunque de forma discreta lo es, como lo fue para casi todos los poetas neorrománticos amantes de ambientes con sensaciones espíritas. En definitiva, todos heredaron tal enfoque de las actitudes esotérica de Darío. No es poco significativo que el poeta cimero de esa corriente lírica, José Ángel Buesa, haya reditado en la década de 1950, por medio de una serie editorial semi estatal a través de la Organización Nacional de Bibliotecas Ambulantes y Públicas, llamada «Colección Islas» que él dirigía, el añejo Arabescos mentales, lo cual fue un franco homenaje al maestro Boti en el momento de su fallecimiento.

En el desarrollo de la poesía de Cuba, Regino E. Boti ocupa un sitial de referencia, porque él es el perfecto iniciador de una nueva época de escritura poética. Es curioso que la retórica de su escritura versal haya envejecido menos en la poesía que comprende las dos primeras décadas del siglo xx, que la que escribió en la tercera, disparado hacia una «vanguardización», apelando a la novedad expresiva de los aportes euroamericanos de las Vanguardias. Esto no es típico de su obra. Algunos poemas de autores que querían hacer ejercicios vanguardistas en Cuba, se han ido convirtiendo en referencias de historia literaria más que de goce estético. En el guantanamero hubo también un grado de ingenuidad sobre los nuevos tiempos expresivos para la poesía, sólo que en él no se puede certificar como de constructo ingenuo, sino como complemento de sus búsquedas de lenguaje y de resortes expresivos.

Así como sus ensayos sobre poesía están vivos porque ofrecen ideas de mucho interés para la creación poética, su poesía está presta a la lectura interesada, a la lectura de enseñanza. Quizás la jóvenes generaciones de poetas cubanos deberían inclinarse a su estudio, porque Regino Boti fue un maestro de poesía, sigue siendo sugerente y atendible, además de ofrecernos el encanto del goce de la lectura.

La Habana, septiembre y octubre de 2014.

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