Apuntes para una cartografía en Regino E. Boti

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Escrito por Jorge Núñez Motes (Presidente de la Uneac en Guantánamo) especial para el evento Regino E. Boti

En el contexto de la literatura y la plástica nacionales no es extraña la dualidad expresiva pictórico-escritural, o viceversa, en un mismo creador, pues desde Juana Borrero a Fayad Jamís, de Carlos Enríquez a Julio Girona, de Marcelo Pogolotti a Severo Sarduy, no son pocos los “escritores que pintan, o los pintores que escriben”; clara alusión al ciclo de conferencias que, en el año 2012, realizara la Fundación Alejo Carpentier a propósito de esta singularidad estética. En este contexto tan peculiar se debe incluir al poeta guantanamero Regino E. Boti Barreiro (1878-1958), quien al tiempo que fuera uno de los renovadores de la lírica nacional a principios del siglo XX a partir de la publicación de Arabescos mentales, en 1913, desarrolló una importante obra plástica que incluye dibujos, caricaturas y acuarelas.

…deduzco que desde muy temprano tuve disposición para el dibujo y la pintura

Regino E. Boti no fue remiso en dejar claras y explícitas sus intenciones en cuanto a la plástica, desde el aprendizaje hasta sus propósitos temáticos, tal y como señalara en su inédita Cronología, “…deduzco que desde muy temprano tuve disposición para el dibujo y la pintura. Tenía certera visión para el detalle y fidelidad visual”. Su vinculación con lo visual no fue obra de la casualidad; aún adolescente –antes del viaje a Barcelona– entró en contacto con el fotógrafo Luis Lamarque y luego con Miguel Bertrán, caricaturista y director del periódico humorístico La brocha, donde fuera ayudante de litógrafo. De ese momento está la siguiente referencia: “Yo, como tal vez, y sin tal vez, he dicho, era el auxiliar de Bertrán cuando él se dedicaba a la tarea de trazar sus caricaturas en la piedra gráfica (porque lo de piedra litográfica es decir dos veces piedra) y luego me encantaba verlas impresas apaisadamente en una de las páginas de su periódico”.

En este proceso de construir una visualidad, una manera de mirar y de hacer, en la concreción de un imaginario visual, hay que tomar muy en cuenta la etapa barcelonesa de Boti, a donde fue enviado por su padre a realizar los estudios de bachillerato entre 1895 y 1898, estancia que resultó determinante en la formación intelectual del aún joven Boti.

Él mismo nos deja saber a este respecto, en carta a la dibujante, caricaturista e impenitente viajera Cristina Larcada: “La observación directa, como le dije, fue mi mejor maestro: la exposición permanente en el Salón Parés, la del periódico La Vanguardia y mis visitas a los archivos del editor Espasa”.

Dos cosas resaltan en este último enunciado. Primero, lo de gran observador, cualidad que va a ser determinante en su obra pictórica posterior, y como segundo aspecto, de cuánto se nutrió ese observador de lo que tuvo a su alcance. Es útil recordar que la Sala Parés no solo era la galería de arte más importante de la Ciudad Condal en esos momentos, sino también el centro neurálgico del noucentisme, el movimiento renovador de la pintura catalana, que tenía el centro en las obras de Santiago Rusiñol y Ramón Casas. No hay dudas que el joven Boti se nutrió el espíritu impresionista y postimpresionista desde las obras de Rusiñol y Casas, que se caracterizaron las del primero por la pintura de lugares íntimos y conocidos, y las del segundo por un marcado sentido fotográfico y de inmediatez, desde los postulados estéticos del postimpresionismo.

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Es interesante lo señalado por Octavio de la Soarée, Jr., en cuanto a la importancia que tuvo para el muy joven Regino la estancia en Barcelona. Anota que en esos años estuvo muy en alza la escuela pictórica de Llotja, que “con su insistencia en el cromatismo y la línea pudo haber sido una influencia en la poesía predominantemente visual del poeta”, y por qué no, además, en su obra pictórica. El propio estudioso sugiere que el título de arabescos, en su concepción de tracerías, volutas, follajes, cintas, procede de la arquitectura y la pintura, muy cercano a los postulados estéticos de esa escuela pictórica.

Arabescos mentales

A la altura de 1911, en “Yoísmo”, la introducción que le hace a Arabescos mentales y que resulta la plasmación de su credo ideo-estético, un maduro y consciente Boti escribió: “mis versos son jirones de mí yo que he ido poniendo en la ruta de mi vida, ya cuando la impresión me la ha impartido una obra artística (lienzo, pentagrama, mármol o página); ya cuando me ha llegado la Naturaleza (mujer, mar, bosque, noche, montaña, playa)”. Como bien se puede inferir de lo anterior, la inspiración o la motivación le llega a Boti desde una obra artística; en orden de importancia, desde la pintura, la música, la escultura y la literatura, o desde la Naturaleza en sus disimiles expresiones. Esta unión de pintura y naturaleza va a resultar determinante para el corpus estético botiano, que se va a expresar a lo largo de toda su producción, tanto literaria como plástica. Esta relación entre literatura y plástica estará dada más por coincidencia conceptual y estética antes que por un proceso donde lo literario describa a lo pictórico, o que lo pictórico grafique lo literario.

Por último, y no menos importante, está la influencia ejercida por el entorno en toda la obra de Regino E. Boti. Esa relación genésica y medular con Guantánamo no solamente va a estar determinada por las influencias estéticas y epocales que actúan sobre este intelectual, sino también hay como un aferrarse al contexto para enaltecerlo y salvaguardarlo; un aferrarse al paisaje y a la naturaleza para ser. Como los primitivos pintores de Lascaux y Altamira, el guantanamero, al nombrar o pintar lo local, lo hace para protegerlo, para guardarlo, para preservarlo y quintaesenciarlo en una inusitada demostración de amor por (ese) su entorno.

No resulta casual la sintonía existente entre la obra toda de Regino E. Boti y el paisaje. Ángel Aparicio señala la influencia, o la presencia de Guantánamo en la poesía de Boti, ya desde Arabescos mentales (1913): “El puente” y “En la agonía solar”. El primero referido al viejo puente Isabel que cruzaba el río Guaso hacia el este, mientras el segundo refiere un atardecer en la ciudad, perfectamente reconocible por el lector. Habría que incluir un tercer poema de este libro, “Aguaza”, en tanto “describe” un paisaje marino –sin dudas la bahía de Guantánamo–, con elementos de contemporaneidad, como es el carácter de montaje cinematográfico y el uso del adverbio cinematográficamente, entre otros.

El mar y la montaña

Ahora bien, El mar y la montaña (1921), es el libro de Regino E. Boti paisajístico por excelencia y que también se puede considerar un libro de viajes, iniciático; libro para descubrir junto al poeta el entorno en que este se desenvolvía –o nos desenvolvemos actualmente–, sin descartar su libro intermedio –entre Arabescos… y El mar…–, La torre del silencio, aunque publicado en 1926, y un excelente trabajo en prosa poética de altos quilates titulado Rumbo a Jauco (1910).

Paralelo a esta producción literaria se encuentra una producción plástica, fundamentalmente con trabajos a la acuarela con la temática del paisaje y los subtemas de paisajes rurales, urbanos y marinas, a partir de los cuales se puede establecer un recorrido por lugares geográficos conocidos y reconocibles.

Los ejemplos más singulares los tenemos con el texto Rumbo a Jauco, en el que nos dice: “Tomo lápiz y papel. Hago unos bocetos nerviosos de los paisajes del contorno”,7 pues aparece una acuarela fechada en junio de 1910, la misma fecha de la nota, referida a Punta caleta, en Maisí, lugar por el que 105 años después tocara tierra el huracán Mathew. En el mismo texto Boti apunta: “Algo más tarde de las ocho llegamos a Cajobabo. Desde el fondeadero tiene el bello aspecto de un anfiteatro, delimitado hacia el mar por una montaña y por una punta”. Como era de esperar, ahí está la acuarela con esa fecha, y todo indica que fue la primera de un numeroso grupo de trabajos que tiene a Playita de Cajobabo como centro de interés visual.

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Un somero recorrido por los textos de El mar y la montaña, nos ofrece un variopinto recorrido por la geografía del sur de la ciudad de Guantánamo, de la propia ciudad y de las montañas que cierran el horizonte por el norte. Así se tiene desde el río Guantánamo en “Guantánamo arriba”:

El río: una cinta de azules, de sombras y ensueños.
Cubriendo la carrera, manglares de gala.
Incipientes farallas. Arbolares cenceños.
Bueyes enormes. Quietud. Tierra mala.
Y así hacia arriba hasta San Bruno. Un alto.

En “La sombra del manglar” dice:

Cabe la cenagosa orilla
de la playuela de Las Guásimas contemplo
tras la ramazón verdiamarilla
que es el decorado del lomerío-templo…

En “La bruma” aparecen dos accidentes geográficos: Cayo Piedra y Punta Rubí:

De repente
entre Cayo Piedra y Punta Rubí se abre
una fingida entrada de la bahía…

mientras en “Tarde de agosto” se menciona la iglesia bautista:

Un ante ocaso deslumbrante.
Contra luz, las torres de la iglesia bautista
son dos monolitos empavonados;

en “Hacia la aldea”, al templo metodista:

Y al linde partida por el carbón de una torre
gótica –la pupila de oro viejo
refulgente del poniente

y en el poema “La Fama, de Chini”, al Palacio Salcines, al igual que en el caso anterior es a través de la sinécdoque que se resuelve la mención del lugar. Otros ejemplos están en el poema “En el Griñón”:

“…el demolido cafetal Griñón
sobre eminencias enormes
por otras apresadas,
hace, en las serranías de Yateras,
como un mirador”,

o en “Impresión”:

La Piedra que brota, monstruosa cabeza de Esfinge
que acecha Las Tetas de Juana Mena,
dos conos azules que se irguen

Finalmente, en “Majestades” dice:

Un megaterio dormido
la Sierra de los Canastos
desde el bajonazo es

por solo mencionar algunos de los sitios significativos de la geografía local referidos en los poemas de este libro.

Otro tanto sucede con los poemas de La torre del silencio. Aquí aparece la estación sur del ferrocarril en el poema “El humo de las locomotoras”; el nacimiento del río Guaso en “El campanario”; cayo Brooks en “El cayo”; el valle de Guantánamo en “Llano de mi región”; la loma sur en Caimanera en “Marina”; el patio de la casa familiar en “Paz hogarina”; la bahía de Guantánamo en “Puesta de sol” y nuevamente Caimanera en “Taquigráfica”.

En una breve revisión de las acuarelas que están nombradas, o en las que es reconocible el lugar, se puede obtener el siguiente recorrido: además de las ya mencionadas de Cajobabo y Punta Caleta, están En la cercanía del río Guaso, El camino a Santa María, ambas en la periferia de la ciudad de Guantánamo, la caleta El Delirio, la casa payral o solariega, Caimanera de forma genérica o a través de sus barrios o particularidades, como el heliógrafo, la loma norte, el barrio llamado Brooklyn, el patio de una casa –presumiblemente la del poeta en la loma sur–, cayo Brooks, la bahía, etc. Hay numerosas acuarelas nombradas “La finca” referidas a Palma San Juan, lugar al oeste de la ciudad donde la familia Boti poseía tierras y una casa de campo. Asimismo, se encuentran otras de Playita de Cajobabo, la Sierra Canasta, el parque “24 de febrero”, el río Jojó, la esquina de las calles Calixto García y Aguilera, el Palacio Salcines, la línea del tren este cercano a los talleres de ferrocarril, y muchas otras, hasta una cifra que se acerca a las quinientas o seiscientas acuarelas. Solo se han tomado en cuenta alguna de las referidas a Guantánamo en tanto región, sin contar las que se refieren a Santiago de Cuba y a La Habana.

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Tanto desde su obra poética como desde la plástica es posible establecer una interesante cartografía de aquellos lugares que fueron importantes, interesantes o que algo significaron para el intelectual guantanamero. De lo que no queda duda es de que su amor por el terruño, por su aldea “de parquedad catalana”, lo llevaron a enaltecer por los medios expresivos a su alcance el lugar en que naciera y viviera toda su vida.

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