Taller Literario Carlos Loveira comienza la publicación, por entregas, de su novela colectiva “Los días no cuentan”

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Santa Clara, 18 Abr. – En el centenario de la primera edición de Generales y doctores, el Taller Literario Carlos Loveira, con residencia en la casa de la UNEAC, comienza la publicación, por entregas, de su novela colectiva Los días no cuentan. En esta ocasión los autores serán: Germán Piniella, Rafael Grillo, Lorenzo Lunar, Serguei Martínez, Liany Vento, Lázara Escobar, Rebeca Murga, Yeudi Limonte, Maritza Aguiar, Mariana Perez, Manuel Quintero, Elizabeth Horta, Carlos Alberto García Pentón y Zolia Molinet. Todos los capítulos serán ilustrados por Eliand Benítez.

Según Lorenzo Lunar, coordinador del Proyecto Literario “La piedra Lunar”, cada capítulo irá sin el nombre del autor, pues se trata de un juego con el lector, que podrá tratar de adivinar quién lo ha escrito. Hay capítulos que corresponderán a más de un autor.

Para darle mayor dinamismo a este taller, ahora por redes sociales, el lector que responda con más aciertos quién o quiénes es el autor, autora o autores de cada capítulo recibirá un paquete de libros. Para continuar la serie entre al perfil de Facebook de La Piedra Lunar

A modo de regalo publicamos el primer capítulo:

Capítulo 1: El insoportable peso de no ser

Hay un hombre encerrado.
En una casa, infinita como la misma muerte. Fría y aséptica.
En la oscuridad.
En la desmemoria.
Encerrado en sí mismo.
El acecho de la muerte. Un enorme peso en su conciencia. Una amenaza. La llegada inoportuna de una plaga.
El miedo.
Un miedo que lo resume todo. Sustancia espesa y resbaladiza. El miedo es azul. Se mete por los poros y se aloja en los huesos para nunca salir del cuerpo del hombre. El miedo es un virus; el más mortal de todos. Una plaga incontenible.
El miedo y los fusiles que le apuntan al pecho, al vientre, a la cabeza.
Recuerda que le temblaron las piernas. Sabe que lloró. Que sus plegarias a Dios se confundieron con el tronar de los disparos. Pidió clemencia y sus palabras se desvanecieron ante las del comandante del pelotón de fusilamiento. Quiso arrodillarse, pero estaba atado a un poste.
Las balas silbaron, ardieron, golpearon… El tiro de gracia llegó como una picota clavada en la frente.
Por los orificios de su cuerpo se escapó la memoria.
Entre sus lágrimas se perdieron los motivos. Los porqués.
El miedo y el cañón de una pistola sobre su frente. Y la amenaza cumplida. A pesar de las promesas y las súplicas. «Por favor, no me mates».
Pero un hombre sin palabra es hombre muerto.
Un hombre sin memoria es hombre muerto.
Porque no es lícito olvidar los crímenes que uno comete. Tampoco las deudas.
Los crímenes son para cargar con ellos todo el tiempo de la muerte. Las deudas también.
Con dolor, sin orgullo.
Como una cruz.
Un hombre con cargo de conciencia es hombre muerto.
Hay hombres que pasan toda su vida muertos.
Comenzó a morirse cuando cometió el primer error. Quizás matar a un pajarito o patear a un perro. Luego vinieron otros. Quizás desgraciar a una virgen; cosa común para muchos. Luego tuvo que pensar que el honor es algo circunstancial, relativo, para acomodar así las altas y las bajas de su vida.
Y aceptó dinero mañoso.
Y soportó insolencias.
Y comenzó a habitar entre la mezquindad y la falacia.
Y la muerte empezó a comérselo a mordidas.
Poco a poco.
Ahora es un ovillo encogido sobre un catre.
Un fantasma herido.
Un vagabundo dentro de sí mismo.

Se levantó de la cama cuando supuso que era el amanecer. Los días se escapaban y ya era incapaz de definir el alba o la puesta de sol. La noche o el mediodía. Solo alcanzaba a suponerlos, malamente los calculaba. O, simplemente, era su deseo que ocurrieran.
Quiso levantarse de la cama y creó el alba. Pero no era Dios. Todavía no era Dios. No podía ver afuera los rayos del sol asomarse, rojizos, por el este. Imposible sentir el canto del gallo o el trino de los pájaros, mucho menos el murmullo de la gente en las calles y la algarabía de los niños camino a la escuela. Sin embargo, estas cosas ya no le dolían. De su mente habían desaparecido las sensaciones. Quizás pudiera recordar qué cosa era, por ejemplo, un gallo; pero el canto ya no sería más que ruidos que pudiera confundir con el de arrastrar una silla por el suelo. O ignorarlo, carente para él de todo significado.
Se levantó y miró a la pared. Vio las marcas con las que antes señalara el paso de los días. Cinco grupos de líneas verticales atravesadas por una transversal y cuatro más, que el tedio hizo que nunca fueran cruzadas por la cicatriz de una quinta.
Esa había sido su única rutina cuando los días aún podían contarse. Marcar el tiempo que poco a poco fue perdiéndose en el caos del encierro. El tiempo estancado entre aquellas paredes que jamás le fueron familiares.
Comenzó a hacer las marcas el primer día. Por instinto. Lo había hecho al becarse, en su adolescencia. Luego también señaló, con agotadora esperanza, los días últimos de su servicio militar. Pero esta vez había sido distinto. Lo fue sintiendo con el transcurso del tiempo. Cuando supo que imaginar los períodos en días y horas, en noches y mañanas, no era más que una tonta pantomima. Un día no hizo la marca correspondiente.
Y nunca más.
Cuando entró a aquella casa se dijo: «Si pudo el Conde de Montecristo yo puedo. Papillón, Mandela, Villavicencio…». Pero esos eran héroes. Él no.
Salió de la cama y otra vez se aventuró a explorar el espacio, cada vez más desconocido, de la casa. El suelo de granito olía a lejía. Las paredes olían a lejía. Entró al baño, encendió la luz y el olor a lejía fue acompañado por la aséptica imagen de una inmaculada bañera y un espléndido inodoro. En el tocador se lavó la cara. Luego enfrentó al espejo para peinarse.
-Hola -le dijo a la imagen.
-Buenos días.
Recordó que era así siempre. La imagen le resultaba simpática y familiar. Alguna vez conoció a un tipo así; de cara afilada, ojos marchitos y barba descuidada.
-Te toca arreglarte la barba hoy –le recordó la imagen.
-¿Hoy, qué cosa es hoy?
-Hoy es simplemente ahora.
La imagen sonrió y él le devolvió el gesto.
Dentro del botiquín encontró la navaja y demás accesorios. Disfrutó la fresca sensación de la espuma en el rostro y luego delineó las fronteras de su barba con el filo frío de la cuchilla. Con una tijera cortó los pelos largos. Se lavó el rostro, se peinó y volvió a mirar al espejo.
-Ahora te ves mejor.
-Gracias.
Salió del baño y fue a la cocina. En cada paso descubría la aventura. Entraba a un lugar que debía serle familiar y le esperaba alguna sorpresa.
Era así siempre.
En la cocina encontró la mesa de madera pulida, con una cesta de frutas en el centro. Pero había soñado con huevos fritos. Fue a la despensa y encontró pan, huevos, un pedazo de tocino…
Los primeros días se preocupó por la despensa. Le ponía ansioso pensar que no le alcanzarían los víveres para los días de encierro. Pero aquella sensación se esfumó como las otras, cuando desparecieron los días.
«La comida siempre es suficiente», se dijo.
Tomó un huevo y fue a freírlo. Junto al fogón estaba una botella con aceite. Abrió la llave del gas y prendió la hornilla. Colocó la sartén. Aceite sobre la sartén, sobre la sartén el huevo. Sintió la grasa chirriar. Entonces pensó: «Estoy vivo».
Se repitió cien veces la frase mientras desayunaba: «Estoy vivo». Cuando rompió la yema del huevo con el trozo de pan se dijo «estoy vivo». Al llevarse a la boca el primer bocado. Mientras masticaba, aunque el sabor del huevo se le perdía en el paladar. «Estoy vivo», repitió hasta el cansancio al limpiar el plato con el último pedazo del panecillo. Restregaba el pan sobre la porcelana y se repetía: «Vivo, vivo, vivo…».
«Eres Dios», le había dicho alguien alguna vez. «Puedes crear las cosas con solo decirlo. Primero es el verbo». No recordaba quién había sido, quizás en ese instante se lo decía por primera vez.
-Gracias –dijo y luego limpió su barba, sucia por la yema del huevo.
-No tienes que agradecer. Eres Dios.
Se levantó de la silla, se acomodó la túnica que le cubría para no arrastrarla por el suelo al caminar y se fue al salón.
En el salón también olía a lejía. Los muebles blancos, cómodos y acolchonados. Hechos a la medida de Dios.
Al sentarse en un butacón sintió que flotaba entre nubes. Cerró los ojos y pensó que así, en esa condición, podía crear al hombre.
-Hágase el hombre –ordenó.
Cuando abrió los ojos el hombre estaba sentado frente a él.
Era el hombre. De eso estaba seguro. Lo había creado a su imagen y semejanza; aunque, como correspondía, lo había puesto en un escalón inferior.
Vestía ropa color caqui, de tejido de algodón grueso. Calzaba botas de piel. Lucía una barba idéntica a la suya, pero descuidada. La mirada lánguida. El hombre tenía un agujero rojo en la frente. Un hilo de sangre bajaba desde el orificio hasta la nariz.
-Me lo hicieron con una punto cuarenta y cinco –dijo.
Dios dio un respingo en su asiento. Había creado al hombre, pero le asustó que hablara. Y de ese modo tajante y cruel.
-También creaste la palabra –le dijo el muerto-. La palabra para decir la verdad.
-Y el silencio –ordenó Dios y un mutismo glacial cayó sobre los dos durante un instante infinito.
-Y la luz.
-Y la oscuridad –replicó Dios y la habitación quedó en penumbras.
-Y el bien.
-Y el mal –se escucharon gritos de horror y lamentos de muerte.
-Y los mares.
-Y las montañas –una sensación de vértigo se alojó en el vientre de Dios.
-Y las praderas…
-Mejor dejamos este jueguito –le dijo al muerto-. Me duele la barriga.
El cadáver soltó una carcajada.
-¡Vade retro, Satanás!
-No seas tonto, no soy el diablo. Tampoco tú eres Dios.
-¿Entonces, quién eres?
-Yo soy tú.
-¿Y yo?
-Tú eres yo.

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Licenciado en ciencia de la computación y matemática. Comence el mundo del audiovisual desde el 2000 para luego terminar en el diseño gráfico. Actualmente soy miembro de la Oficina Nacional de Diseño y de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales. Co-Fundador de Claustrofobias Promociones Literarias.

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