Pu, pu, cha, cha… ahí viene el tren. Ellas vienen conmigo

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Tomado del libro Ellas vienen conmigo  Anisley Negrín Santa Clara, enero y 2016

Desde que Mirta Yañez dejara claro al gremio de escritores, críticos literarios y público lector, que en Cuba había un número considerable de mujeres haciendo literatura de calidad, con la publicación de su antología Estatuas de sal, allá por el lejano 1996, hasta la fecha, han sido varios los esfuerzos por compilar, reunir, clasificar, catalogar, incluso encasillar la literatura femenina cubana (si es que tal cosa existe). Recuerdo uno en especial que llamó mi atención de lectora adolescente, El ojo de la noche, la cual corrió a cargo de un hombre, Amir Valle, quien supo apresar en ese pequeño volumen el concepto de «lo femenino», que es como decir, lo veleidoso, lo etéreo, lo inasible.

Y es que como mismo Julio Cortázar definió el «lector hembra», debe haber un «escritor hembra», pero no en el sentido sexista con que Cortázar se refirió a ese lector acomodado que quiere que las claves de la historia se la pongan en la boca, como al pichón, y no se compromete con el autor y va (re)produciendo con él la historia; sino en un sentido más literal. Para decirlo mejor, que hay mujeres escribiendo en Cuba, que no han dejado de hacerlo, que han escrito a la sombra cuando la luz ha resul­tado amenazante, y han salido a la luz abriéndose a codazos los espacios, cuando estos no han sido limpiamente ganados.

Este es uno de esos espacios ganados, merecidos, diseñados espe­cialmente para ellas. Un espacio privado, pero público, como los baños de las salas de cine, donde no cabe el análisis de una literatura de género. Ninguna de las autoras aquí reunidas pretende militar en esa guerrita terminológica, tecnicista. Ninguna quiere «participar», sino simplemente «fluir». To be or not to be… tbat ’s not the question anymore. El quid está ahora en escribir o no escribir, en qué hacer con lo escrito, en desde dónde se escribe, para quién, para qué, en publicar o no publicar, en figurar o no figurar y adonde conduce este camino. La literatura como acto de fe.

Trabajadora-haciendo-libro-vigia

Coexisten aquí —pues— escritoras éditas e inéditas, más y menos reconocidas, con una obra mayor o menor dentro del mapa literario cubano. L.a cazatalentos que me tocó ser puso a confluir autoras que pueden ser consideradas «naturals», a quienes la literatura le es innata y late en ellas con la bomba necesaria, pero que todavía se están descubriendo (Yusimí Rodríguez, Yamila Peñalver…), junto a aquellas que ya tienen un oficio, un estilo, una voz propia (Yordanka Almaguer, Legna Rodríguez, Dazra Novak…). A confluir bajo parámetros puramente dramatúrgicos y no obedeciendo órdenes cronológicas. Esto no es un desfile del 1o de mayo. Esto es una puesta en escena. Con oppening, intermedio y aplausos. De ahí que la intensión haya estado enfocada en crear un ambiente, una atmósfera, en describir (esbozar) un aliento de grupo. Y no es que toda esta cohorte se haya puesto de acuerdo en funcionar como generación (¿acaso 0?), sino que funcionan de tal modo a pesar de… y… con… Aún sin proponérselo. O incluso en contra de la voluntad de algunas.

Hay ejes temáticos marcados, hay modos de narrar, preocupaciones que conciernen a más de una de las autoras aquí reunidas, hay un hálito lingüístico que transita de lo refinado a lo soez sin mayores recatos; pautas que nos hacen pensar más en el conjunto que en individuos aislados.

Así, lo precario de la cotidianidad en un ambiente pseudo rural / pseudo citadino se hace palpable en los textos de Lissette Morell, Jhortensia Espineta y Alexandra Ramos, donde la miseria exterior contamina en plano emocional de los personajes, volviéndolos —a su vez— miserables, mezquinos. El ambiente opresivo, el uso de un lenguaje directo, sin adornos, rememora la estética del ya fallecido Gillermo Vidal (Matarile, La saga del perseguido), al tiempo que conecta la generación de los 90’s con esta, como un derecho o una deuda que es traspasada por causa de muerte a los sobrevivientes.

Este mismo contexto pasa de ser precario para volverse hostil, peligroso, en Travesía II, historia que -de la mano de Yusimí Rodríguez— nos conduce, junto a sus protagonistas, fuera del perímetro de «la ciudad». Un terreno supuestamente neutral para definir el futuro inmediato de la relación que ambos sujetos mantienen y que se vuelve contra estos cuando la cuestión se trata de su supervivencia. Ellos quieren tomar distancia de todo lo que los agobia e interfiere, de algún modo, en su insipiente romance, que ya tiene en contra un matrimonio anterior, una vida gris, la falta de un espacio propio donde consumar la unión, la incapacidad de disfrutar los momentos juntos, y es el entorno el que los aparta: de la civilización, de lo conocido y también de ellos mismos. Una brecha insalvable se abre entre ambos durante el proceso de regresar a sus casas, a sus vidas, y esa relación por la que hasta el momento lucharon se desvanece para ambos como un viejo recuerdo. Es el desencanto, el extrañamiento, los desencuentros, la fatiga, lo que signa esta historia que por muy aplatanada que parezca remite, indiscutiblemente, a Raymond Carver. Travesía II podría ser un texto más de Vidas entradas, esa pequeña obra maestra donde Carver logra crear un universo particular, único, claustrofóbico, a través de un coro de voces.

Máquina de escribir

Máquina de escribir

Otro cuento que nos exporta a un ambiente extranjerizante y un tanto cosmopolita, al estilo de los más refinados bares norteamericanos, es Perfume (enemigos íntimos) de Yamila Peñalver. El lugar, que bien pudiera ser El Floridita (quizás por el diálogo que el texto entabla con la obra de Hemingway) funge aquí a modo-de ruedo, de arena donde los personajes (dos hombres) se enfrentan. Alberto y Raúl derivan en Al y Max, nombres perfectos para perfectos asesinos. Hay tensión entre ellos, incluso sexual, y un rotundo silencio sobre ciertos temas sobre los cuales más vale no hablar. Aquí, la admisión de la otredad para un hombre maduro y —¿por qué no?— exitoso, bs un asunto de sustitución, un perfume de mujer que cede paso a una fragancia más varonil.

El tema del homoerotismo masculino también está presente en Charada, aunque desde una mirada más cuestionadora, machista y represiva, propia de los ambientes rurales del interior del país; donde el target de todas las miradas enjuiciadoras (familiares, vecinales…) no encuentra otra forma de lidiar con el asunto que escapando de él. Mientras que Jamila Medina lo presenta con mayor naturalidad, en su vertiente femenina, pero complejizado desde el punto de vista lingüístico. Asistimos aquí a una literatura gestual, donde la palabra es llevada al límite, donde la historia está puesta en función de las disímiles combinaciones gramaticales que permiten a su autora (y al lector) deconstruir un fenómeno, desmontar una hipótesis por el simple placer de ver cómo está hecho por dentro. A.I borde del mar es un cuento erótico incluso (sobre todo) a nivel de lenguaje. Cada palabra está dicha con fruición. El lector puede degustarlas. Golosinas para paladares exigentes, distintos, a quienes la estructura clásica del cuento (introducción-nudo- desenlace) les sea indiferente y admita notas al margen, como en la literatura más academicista, o comunicados leídos en público y comentarios de prensa como los que nos regala Elaine Vilar en Van Helsing ’s Projet.

Ya no estamos hablando de homoerotismo exactamente, aunque el texto esté salpicado de este, sino de la otredad en su más amplio sentido, del sentirse diferente en medio de un mundo de iguales. Anclado en productos culturales de alcance mediático, como las series televisivas al estilo True Blood, el texto se vale del símbolo del vampiro para poner sobre el tapete la defensa de la individualidad a ultranza y el ser consecuente con un estilo de vida que trasvasa incluso la mirada que se tiene sobre «el arte». Otro ejemplo de literatura gestual —performática diría yo (la autora lo dedica a Marina Abramovic, connotada artista del performance)— en la que lo metatextual se instaura como una enfermedad contagiosa (¿acaso VIH?). En una acera tenemos a los infectados, orgullosos de serlo, proclamando su condición como en un Gay Pride Parade, mientras que en la otra están los represores, que muchas veces se muestran como reprimidos, compartiendo espacio con todos aquellos que «quieren la infección ahora», ya sea porque lo han manifestado, o porque albergan ese deseo muy dentro de sí. Literatura contingente, beligerante, militante, que no pretende más que sacudir hasta los cimientos del lector que se atreva a seguir sus pautas. Por supuesto, no puede faltar la sangre. La misma sangre caliente y roja que brota del texto de Marvelys Marrero.

En efecto, el recorrido que traza Dominio, cita y cuerpos por el soma femenino es un paseo caníbal. Las protagonistas —como los cohetes de la NASA—van dejando pedazos de sí por el camino, a medida que su relación se hace pedazos. Debe ser el (des)amor que va mordiendo aquí y allá y deja a quien lo padece hecho un despojo humano, un trozo de carne palpitante. Amor apócrifo, como los libros y revistas que se refieren en el texto. Libros qué nunca se escribieron. Amor que nunca se sintió. Cual una más de ese grupo de jóvenes «caníbales» italianos, responsables de una literatura sangrienta y despojada de juicios morales, Marvelys muestra, documenta, expone el lado más ficcional de la ficción.

Todo comenzó con una hormiga. Una hormiga que da vueltas sobre sus pasos o que carga desperdicios y hace que lo somático derive en escatológico. Un símbolo compartido por Marvelys Marrero y Jhortensia Espineta. La una dando vueltas alrededor de los restos del amor, la segunda cargando los desperdicios de la enfermedad. Acentuación semántica narra la desesperación de una mujer vencida por los años, pe y: recuperar la lozanía de su juventud y volver a ser del agrado de su marido. El rastro de las hor­migas nos conduce a la retorcida necesidad de rejuvenecer su vagina para hacerla semejante a las de las puticas adolescentes que su marido prefiere.

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Situaciones garciamarquianas, realismo mágico-sucio cubano presente también en Ni una palabra, de Alexandra Ramos, donde un narrador infantil nos sumerge en un mundo de alienación, con amigos imaginarios y saturación de color, para evadir una realidad que le es adversa. Sujetos presos de su destino en el sentido clásico griego, el hado del cual no se puede -jamás— escapar.

En medio de todo, como una ráfaga de brisa fresca, se inscribe Disolvencias, de Mónica Ravelo; texto que escruta en la perfección del triángulo al viajar, al estilo de Virginia Woolf, por las sensaciones-emociones- percepciones de tres personajes, tres mujeres, tres arquetipos: la profesora, la alumna y la artista (el objeto de estudio). Comenzando en un plano intelectual, se desata la avalancha de sentido hasta tocar lo físico, lo somático, pero muy sutilmente. El sujeto (¿lírico?) va mutando de una en otra, va fundiendo la una con la otra, confundiéndolas. Eso a lo que los ingleses llaman crush. Historia inconclusa, fragmentada, disuelta en el agua salada de la bahía, semejante a la vida. Una vida posible como la que esboza Liany Vento en su cuento Lo posible.

Pienso en una película como eXistenZ, de David Cronenberg. Pienso que Lo posible pudiera ser una versión criolla de esta distopía onírica. En este caso los «onironautas» no se conectan mediante plugs de carne por el agujero previamente abierto en su zona lumbar; aquí todo es más etéreo, menos somático. ¿Para qué complicarse con la carne si se puede cerrar los ojos y ya? A la distancia de un pestañazo estamos dentro de un sueño lúcido, un sueño dónde el nivel de conciencia del durmiente resulta similar al que se tiene’ en la vigilia, un sueño donde todo es posible, incluso el amor temprano, el que por la torpeza de la juventud dejamos escapar, o el que cargamos a cuestas, como parte del conglomerado de lecturas, experiencias vitales y creencias que nos han convertido en lo que somos. De tal forma lo presenta Kryster Alvarez con Nieve. Texto denso, repleto de referentes culturales, literarios, donde la autora es también su personaje. Kryster es Kryster y viceversa. Realidad kafkiana, local, contaminada por lo que se lee, contaminante de lo que se es.

Hay un deseo latente: la libertad. Hay la necesidad de librarse de algo, del lastre con el que hasta ahora se estuvo escribiendo. La literatura como ejercicio de liberación, de ruptura. Deseo que se manifiesta con más fuerza en los textos de Dazra Novak, Legna Rodríguez y Aymara Farramola.

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La libertad que se anhela por quien está siempre coqueteando con la idea del suicidio. La muerte como acto de liberación, aunque de condena en el sentido bíblico. (Matadero).

La libertad como sinónimo de integridad. Puedo mancillar con tinturas mi cuerpo y eso me hace libre, soy libre de hacer con mi cuerpo lo que me venga en ganas, ilustrarlo, escribirlo, pero soy preso del mensaje que transmito. (29 tatuajes).

La libertad del condenado a adoptar la señal de la cruz a modo de expiación impuesta, se deben expiar las culpas de crímenes no cometidos, para luego descubrirse pájaro, azulejo, con alas para escapar. Quien espanta quiere ser el espantado. El cielo como sinónimo de libertad. La liberación de toda culpa viene de arriba. (El espantapájaros).

Una puesta en escena, repito. Un retablo cubano de pequeño formato. El corpus infante de la literatura femenina cubana (si es que tal cosa existe). Y como telón de fondo, Cuba. La real, la imaginada, la soñada, la vivida, la deseada, la denostada, la preterida, la que vendrá…, la inevitable circuns­tancia de Cuba por todas partes. «Macho, la patria es la patria».

Hace un tiempo, un amigo escritor me hizo un cuento. El cuento de cómo se embarcaron en un tren La Habana-Santa Clara, sin pasaje, él y un grupo de escritores. Regresaban de sus tropelías en la capital, ya sin dinero. La ferromoza chequeaba los pasajes a la puerta del vagón. Había un bulto notable de gente reunida alrededor de ella, carné y boleto en mano. Mi amigo, que siempre se ha caracterizado por ser un tipo disparatado y valiente, pidió permiso con vehemencia. Permiso… permiso -al tiempo que se abría paso a codazos entre el tumulto. Sin mucha dificultad logró llegar a la escalerilla del vagón y con la tranquilidad de quien sabe que le asiste el derecho divino, se dirigió a la ferromoza y dijo, niña, ellos vienen conmigo. Y subieron. Ante la mirada atónita de todos. Ante sus bocas abiertas, que no atinaron a pronunciar palabra, por lo inverosímil de la situación. De seguro alguno de ellos se está preguntando todavía si tal cosa realmente sucedió.

Así mismo suben al tren de la literatura cubana estas 15 narradoras. Tomándolo por asalto. Sin necesidad de papel que las avale. Sin otra cosa que su voz y la oportuna sentencia de quien las sabe voces valiosas: Ellas vienen conmigo, así que abran paso.

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