Entrevista

Vladimir Martínez Savón / Un lenguaje más didáctico para comprender el maquillaje

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Vladimir Martínez Savón (Santiago de Cuba, 1975). Es Técnico Medio en Servicios de Belleza y Licenciado en Educación en la Especialidad de Artes Plásticas (2003). Es profesor de Maquillaje en la Escuela Vocacional de Arte de Santiago de Cuba y en la sede del Instituto Superior de Arte de esta ciudad. Se desempeña, además, como diseñador escénico y de vestuario. Es miembro de la Uneac. Ha publicado los libros dedicados al maquillaje Rostros en la escena: Máscaras útiles y bellas, Ediciones Santiago, 2007; y El rostro y la escena, Editorial Oriente, 2013 y Maquillarte con arte, Editorial Oriente, 2016.

Vladimir tiene veinticinco años en la profesión y agradece a muchas personas que han permitido su crecimiento. Ha tenido obstáculos, incomprensiones, pero ha sabido continuar: “Pienso en el futuro de manera abierta, pienso en un mejor futuro para el teatro  y el espectáculo santiaguero, sin las trabas de mentalidades malsanas, pienso que si por algo hay que luchar desde nuestro trabajo es solo por nuestra cultura, porque esa sí es imperecedera”, escribe Vladimir. Sus libros aparecen como bibliografía básica en las escuelas de arte. ¿Pero quién es este autor?

Tres libros dedicados al maquillaje…

Dentro de las vivencias que he tenido, y también que me ha dado extraordinario placer está la publicación de lo que se pudiera llamar jocosamente, una serie de libros. Han sido tres con la temática del maquillaje. El primero con Ediciones Santiago y la edición de Teresa Melo. El éxito tan grande que tuvo permitió la entrada de un segundo libro más profundo en la Editorial Oriente con extraordinaria acogida en el diseño de su cubierta se plasmó una imagen de Rosita Fornés que gentilmente ella y su representante me enviaron.

Pasado el tiempo la entonces directora de la Editorial Oriente, Aimara Vera, me sugiere que aborde el tema, pero con un lenguaje más coloquial, asequible a todos los lectores, esos que aún no tienen teléfonos celulares y que necesitan de un lenguaje más didáctico para comprender el hecho del maquillaje, ahí fue el tercer libro igual con tremendo éxito.

Esta experiencia me ha llevado a múltiples presentaciones en varios lugares de Cuba como al Festival de Teatro de Camagüey, presentado por Rubén Darío Salazar. He conocido muchas personas que agradecen los libros. Aparecen como bibliografía básica en las escuelas de arte y lo más bello es la reacción de las personas cuando comentan el libro o cuando he llegado a una librería y me identifico como el autor. Como parte de la experiencia me han llegado muchos mensajes felicitándome y dando las gracias por el libro.

Crecí en el imaginario de las artes plásticas santiagueras…

Desde niño he estado vinculado a la pintura, aunque no me desarrollé como pintor. Tuve una prima graduada de la Academia José Joaquín Tejada, se llamaba María Elena Villar. Fue alumna del Maestro Armando Rodríguez del cual siempre hacía historias, también contaba de sus compañeros de aula: Alberto Lescay, Guarionex Ferrer, Julia Valdés, Manolito Caluf, entre otros. En ese imaginario de las artes plásticas santiagueras crecí, sabía quién era René Valdés, Aguilera…

El padre de ella, mi tío, también era pintor; trabajaba en la empresa de Festejos. De niño siempre estaba ahí, en el barrio de Sorribe. Me encaramaba en las carrozas, veía pintar los muñecones, los enormes totems y toda la palafernaria del carnaval. De la obra de mi tío quedaba una pintura en la pared del fondo de la relojería en la calle Enramadas. Lo que valoro de lamentable después de adulto es que mis padres no hayan contribuido a fomentar esta inclinación hacia las Artes Plásticas. Mi papá vivía aferrado a la idea que debía ser universitario, hacer algo útil para la sociedad y el país; eso del arte, la pintura, y las otras manifestaciones era para borrachos y descarriados, la Revolución necesitaba hombres inteligentes y de nivel superior.

Una libreta de dibujos con bocetos de vestuario…

En la Secundaria Básica en la escuela Otto Parellada me vinculo a los talleres de Artes Plásticas de la Casa de Cultura “28 de enero”, los concursos de maquetas, de dibujo y toda la actividad escolar que era abundante y entretenida. Es exactamente en el preuniversitario Rafael María de Mendive cuando ya había desarrollado una libreta de dibujos con bocetos de vestuario. Una de mis mejores compañeras me dice, “…que bien, te voy a llevar con mi tío Pepín Limia, que es el diseñador de Tropicana, el que alquila los trajes de quince en el reparto Sueño”. Ese fue el comienzo de todo.

Pepín revisó mi libreta de bocetos e inmediatamente me prestó una gran cantidad de sus bocetos y libros de Ediciones Parramón, unos libros de dibujo y acuarela para prepararse autodidactamente. Pepín me enseñó la importancia de saber entendenderse con las telas, de conocerlas, dialogar con ellas, imaginarse las telas con su corte y su caída antes de proyectar el boceto. Me enseñó la importancia de una buena costura. Así pasaron varios meses de aprendizaje una o dos veces a la semana en su casa, hasta que por sorpresa para mí me ofreció lo que sería mi primer contrato de trabajo como operario de atrezzo en el taller de confecciones de Tropicana Santiago. El taller de confecciones, lamentablemente desaparecido, fue para mí la escuela definitiva. Absorbí los conocimientos de Lourdes y de Mima, dos excelentes costureras y modelistas, así como la técnica del atrezzo, la sombrerería de espectáculo, la construcción de carrozas, entre tantas cosas.

Y llegan los carnavales y el diseño de vestuario de la Tumba Francesa

Termino en el taller y viene mi vínculo con el carnaval infantil bajo la dirección de ese “hombre de empuje” que es William Ortiz como diseñador de varias comparsas: El Tivolí, El Caney, Los Santiagueritos, así como las carrozas de la estrellita y los luceros obteniendo premios. Pero el premio mayor fue que se fijara en mis bocetos la gran diseñadora escénica María Luisa Bernal, quien me mandó a citar a su casa para conocerme, y ahí comienza una nueva etapa de aprendizaje con el vestuario teatral.

Mi trabajo en los talleres de confección como el Taller de Costura perteneciente a Cultura Provincial guardan para mí un nombre especial: la cortadora Hilda Beltrán. Aún sigo trabajando desde hace más de veinte años, me dio muchas otras posibilidades de trabajo. Así un día me citan y me comunican que la directora del Taller Quitrín me había recomendado para que fuera el diseñador de vestuario del equipo investigativo de la Tumba Francesa.

El trabajo investigativo y de diseño de la Tumba Francesa ha sido hasta el día de hoy el más importante que he desarrollado. No fueron pocos los momentos angustiosos que pasé durante la investigación y el trabajo de campo, era algo de mucho rigor, comprometido y monitoreado directamente por la alta dirección de la Unesco. Había mucho dinero en juego y me correspondía a mí administrarlo para la compra de los tejidos, el calzado y los accesorios de las tres tumbas existentes en el país. A este trabajo le debo el pensamiento científico a la hora de abordar un proceso de diseño de vestuario, le debo grandes amigos y el haber conocido personas maravillosas por todo el oriente cubano. Al trabajo con la Unesco y el resultado de investigación le debo, además, mi trabajo de tesis como Máster en Estudios Cubanos y del Caribe.

Trabajar con el Maestro Eduardo Rivero

Otra etapa que considero de extraordinaria belleza y madurez se desprende del resultado de este trabajo cuando el Maestro Eduardo Rivero, con el que tenía una amistad muy linda se fija en mi casa en los bocetos, y de vez en cuando me pedía que se los enseñara, hasta que un día me dice que le gustaría que trabajara para él.

Comenzar a trabajar con el Maestro Premio Nacional de la Danza, fue otro reto, lo dulce que era en el plano personal se transformaba en todo rigor en el proceso de trabajo. Era un excelente guía. No se perdía ni un solo momento del proceso de trabajo, constantemente lo monitoreaba todo: los trazos, los supuestos tejidos, el proceso desde la toma de medidas a los bailarines, la confección en el taller, las pruebas de vestuario hasta la presentación. Él era un caudal infinito de conocimiento, cauteloso, celoso y muy cuidadoso de mi imagen. Durante el proceso para el el vestuario no era un simple pedazo de tela cosido sobre el bailarín, era como un órgano vital que se sumaba a su cuerpo para la interpretación.

Otros maestros…

Conjuntamente en ese entuerto de trabajos conozco al maestro del diseño Jesús Ruiz, quien luego sería un amigo entrañable, pero al principio fue muy duro conmigo. El aportó bastante a mis conocimientos, al proceso de percepción, a aportar el debido caráter dramático al vestuario. Su amistad me vinculó a la Maestra Decana del Diseño en Cuba María Elena Molinet, quien pacientemente revisó mis trabajos y acotaba consejos puntuales, ambos ya desaparecidos. De Jesús Ruiz me queda una bella amistad con la Maestra Nieves Laferté, quien también ha aportado sus consejos, y con quien pasé el curso de Posgrado sobre el Patrón de vestuario histórico.

La huella como diseñador…

Mi trabajo como diseñador se ha extendido además a otras agrupaciones santiagueras como el Tropicana Santiago donde aparte de escribir el guion del espectáculo realicé el diseño escenográfico con mi compañero de la universidad, el artista de la plástica Juan Carlos Mora y el diseño de vestuario con Abraham García. Decisivo fue el trabajo de Dirección Artística del Maestro Andrés Gutiérrez, con una visión plástica extraordinaria. Así también el Folclórico de Oriente con la obra Orumbila y la Iku, Compañía Gestus, Calibán Teatro, Ballet Folclórico Cutumba, Guiñol Santiago, Tropicana Santiago, Danza Libre de Guantánamo, destacando el trabajo con directores como Alfredo Velázquez y los grandes Ramiro Herrero y Rogelio Meneses, a quienes recuerdo con cariño y de quienes obtuve reconocimientos y su sapiencia. Ambos eran directores artísticos de estirpe, sensibles con una percepción totalmente abarcadora del proceso de puesta en escena. Ellos participaban conmigo en el trabajo, teñíamos las telas, las fibras. Meneses atizaba el fuego de la olla del tinte y soñaba despierto. Ramiro no conocía esquemas, mis palabras, mis ideas las tomaba y luego me las daba transformadas en algo superior y así con su jocosidad me decía “el diseñador eres tú, yo solo veo más allá de tu idea…”

Las mejores instrucciones para maquillarte

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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