Los niños diferentes | Yunier Riquenes

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Soy un niño diferente, pero no soy el único. Somos varios los que nacimos en un lugar que se llama, tristemente, Matacaballos, aunque hay otros que viven en lugares que llevan otros nombres raros como La Escondida, El Granizo, La Salada, Mije Hueco y Las Palmas. Estos lugares parece que no forman parte de los mapas, que no existen en ninguna parte del mundo.

En todos hay niños que son como yo; son de los que pierden el sueño fácilmente o sueñan con los ojos bien abiertos. Se quedan mirando los caminos al atardecer, el alba, los goterones cuando llueve, los remolinos, los relámpagos, o las mariposas.

Pudiera pensarse que en Matacaballos lo único que se hace es linchar a estos animales, pero incluso hay pocos. Matacaballos es un lugar entre montañas, donde se crían muchos cerdos y patos. Y allí, se llenan las jaulas de tomeguines. También las montañas de Matacaballos huelen a distancia por las flores del romerillo.

Desde niño te lo hacen saber, eres un niño diferente, pero lo peor es que tú te lo creas. Si los escuchas, lo aceptas, tu vida se convierte en algo imposible. En algo que no puedes llevar como si fuera una carga muy pesada sobre ti. Y dejas de dormir, de ver la luz de los relámpagos. Solo escuchas los truenos, descargas eléctricas que crees que van a caer sobre ti y no te dejarán dormir jamás. Como le sucedió a un poeta famoso. Dicen que su nombre proviene de Australia, un tal Jhon Kinsella, al que le cayeron dos descargas eléctricas y jamás concilió el sueño; un poeta que escribió de la naturaleza y le dedicó unos versos a un gorrión. Entonces Kinsella nunca más vivió las noches. ¿Era ese poeta Kinsella, un niño diferente?

Si los escuchas, las palabras comienzan a desaparecer en ti, te conviertes en un gesto, en una mueca. En un ser que se amontona, que se joroba para siempre. Eres un jorobado que pierde la sonrisa y el brillo de los ojos. Dejas de mirar al frente para mirar eternamente al suelo. Y alumbras, incluso con la luz del otro, como si tu propia luz no pudiera alumbrar tu propio camino.

El otro puede gritar, puede escribirte las palabras, te las puede tatuar en tu frente, en todo el cuerpo, por todas partes. Ese otro puede decirte lo que desee, pero solo tú puedes escuchar y darle órdenes a tu corazón; ordenar tu cuerpo y tus deseos.

En Matacaballos no había escuela. Entonces tenía que caminar cinco kilómetros cada mañana. Nos íbamos juntando los de Matacaballos, que salíamos de casa a las cinco de la mañana para poder llegar temprano a la escuela. Y nos encontrábamos con los de La Escondida que salían a las cinco y treinta; con los de La Salada que salían al camino a las seis, y los de El Granizo que salían a las seis y treinta. Todos nos juntábamos en el camino bien temprano en la mañana. Los de Las Palmas, donde quedaba la escuela, iban casi antes de entrar.

La diferencia se podía notar en los zapatos. En tantos kilómetros era imposible mantener la limpieza. También era notable a la hora del almuerzo. Los de Las Palmas iban a sus casas y regresaban. Nosotros nos dábamos una vuelta y comíamos si en casa nos habían preparado algo. Entonces al atardecer, salíamos todos a la misma hora y nos íbamos quedando a la inversa en nuestros lugares, y siempre los de Matacaballos llegábamos con la noche.

Hay un rumor con los padres de los niños de Matacaballos. Primero salen lejos a trabajar para enviar dinero. Pero después no regresan. Son pocos los que vienen otra vez por el camino de Matacaballos. Por esa razón muchos de nuestros padres nos dejaban solos con nuestras madres. Dicen que una vez Matacaballos fue un lugar adonde estaban buscando minas de oro, pero nunca apareció oro por montaña alguna.

Cuando la maestra citaba para las reuniones de padres, terminaba diciendo, bueno, la reunión de madres. Los niños de la escuela no vivían con los padres. Era una de las maldiciones o leyendas del lugar. Entonces nuestras madres eran padre y madre a la vez y a uno le enseñaban a hacer de todo. Aunque ellas terminaban diciendo, en cuanto crezcas, te vas y me dejarás sola. Porque en Matacaballos dicen, estaba la maldición de las mujeres solas.

Había niños que guardaban los mejores recuerdos con sus padres, cuando se iban juntos a pescar al río o se iban a cazar. El día en que papá llegaba a la casa y soltaba un beso o un abrazo era el día más inolvidable. Pero había otros como yo, que jamás le vimos la cara al padre, ni sabemos cómo puede ser la nariz, o si la mancha que tengo en la pierna izquierda es de él. Cuando pregunto a mamá, porque ella no la tiene, si esa mancha es de papá, ella hace un silencio y se va, y me mira con odio. Entonces está prohibido decir esa palabra: papá. Así lo dijo enérgica.

Pero un día mamá también se fue de Matacaballos. Y yo tuve que irme con mi abuela y mis primos. A mis hermanos se los llevaron con otra parte de la familia. Tuve que comenzar a dormir con mis primos que no querían compartir la leche, los dulces, los juguetes, y siempre me dejaban abandonado cuando nos íbamos a las cuevas. Ellos me invitaban y querían que yo me perdiera por aquellas lomas. Entonces sentí cómo se burlaban de mí por mis orejas, por mi delgadez. “El lagartijo”, me pusieron. Incluso cuando servían la comida podía sentir la diferencia, incluso la abuela, que me protegía, me echaba un poquito menos de arroz y las partes más pequeñas de los dulces.  Entonces entiendes que aun en la familia, puedes ser un niño diferente.

Nadie supo cómo aprendí a leer a los cuatro años. Desde entonces apilaba cada libro que encontraba a mi paso. En Matacaballos no existían librerías, ni bibliotecas. Entonces cualquier libro, revista o periódico que tenía letras y caía a mano, lo tomaba y me lo llevaba a mi esquina en el cuarto. Quería descifrar qué decían tantas letras apiladas y algunas imágenes, mapas, planos. Aprendí a leer solo, incluso tomos de las obras completas de Lenin, y libros técnicos.

Y peor fue cuando comencé a crear la biblioteca, a apilar los libros cerca de la cama. Este niño no habla con nadie, se la pasa con los libros en las manos, deja de comer, se ha vuelto loco muy temprano, decían.  ¡Es tan diferente a los otros!

El mundo afuera de Matacaballos lo conocí por la radio. Te preguntas cómo será el mundo allá. Suena tan diferente, tan distante. La radio te llena la cabeza de preguntas y un sinnúmero de respuestas que no llegan. Nunca mencionan a Matacaballos en la radio, a su gente, sus caminos.

En la radio se habla de otros modos de vida, de otra vida, y cuando se habla de pequeños pueblos como Matacaballos suena raro, casi como risible, como si la persona que estuviera hablando, aunque no quisiera, se le notara un aire de burla. Se siente en el tono, en la forma de hablar de las personas, en las etiquetas que usan para los que vivimos en lugares como Matacaballos, La Escondida, o El Granizo, para los que vivimos en esta parte de la geografía tan lejos de la capital. Desde aquí es difícil llegar a los aeropuertos para viajar a lugares como Moscú, Praga, París, incluso a ciudades como Guadalajara, Quito, Buenos Aires, Montevideo, Caracas y Viña del Mar. A nosotros nos toca estar lejos de aeropuertos y ferrocarriles. Y también por eso nos toca ser diferentes.

El correo no llegaba a Matacaballos, pero un día me di cuenta que dejaban las cartas en la escuela de Las Palmas. Uno escribía bien el Destinatario y luego escribía con la mejor letra el remitente y aclaraba el nombre de uno y luego Tienda del Pueblo, de Las Palmas, y entre paréntesis (Entregar en la escuela). Lo descubrí una tarde cuando la maestra lloraba sola en el aula. La miré a escondidas. ¿Qué le sucedía? Quería saber. Y como no paraba de llorar, pasé y le pregunté. Ella me puso las manos sobre la cabeza y luego me dio un abrazo. Me dejó, me dijo, como han hecho los hombres con las otras mujeres. También me dejó sola. La maestra tenía la carta encima de la mesa. Y me fijé bien. ¿Aquí llegan las cartas, maestra? Respondió con un gesto y un poco de moco. Ese día me llevé uno de los sobres a casa para aprender.

Escribí a uno de los programas de la radio que hablaba de ciencia. Escribí una carta y al mes ya estaba recibiendo la respuesta y una revista. Entonces comenzaron a llegarme las cartas y revistas. Después el cartero comenzó a quejarse porque antes venía por las cartas para la maestra, pero ahora tenía que venir a traer aquellas cartas para un muchacho.

El cartero no quería trabajar. Y mucho menos cuando se enteró que yo era de Matacaballos. Me dejaban las cartas en la tienda y luego la llevaban para la escuela.

Una vez dejaron de llegarme las cartas y volví a escribir. Supe que el cartero había desaparecido mi correspondencia para no llevar las cartas. Supe que incluso el cartero leyó mi correspondencia y desde entonces comprendió mi necesidad de comunicación. Aprendí que mientras te dejan lápiz y papel rompes cualquier frontera, con lápiz y papel puedes escribir y hacerte notar en el mundo. Y cuando te das cuenta de eso comprendes también que puedes ser diferente.

Mis primos no se cansaban de decirme que el agregado era yo. De mi madre sabíamos poco. Abuela ni hablaba de ella. Solo decían que mis hermanos estaban bien en casa de mis tías. Y en cuanto abuela desaparecía se ponían a molestarme. Incluso una tarde se llevaron algunos libros para el baño y los despedazaron.

Me rebelé y enseñé la fortaleza de mis puños. Pero si quieres sobrevivir no lo puedes hacer solo con la fuerza, necesitas crear necesidades en los otros, que ellos necesiten de ti; mis conocimientos de Matemáticas, por ejemplo.

Otro día me rompieron una de las revistas que me habían enviado de la radio, la usaron para forrar las libretas. Y esperé paciente. Al día siguiente la maestra mandó a buscar a mi abuela. Mis primos andaban muy mal. Tal vez suspenderían el curso. Si yo los repasaba, tal vez pudieran aprender. Dijo la maestra que yo era el más aventajado. Y entonces abuela me puso a repasarlos, y yo me llevé de la escuela un puntero. Cuando se equivocaban, les golpeaba duro la mano pensando en cada página rota, y cuando iban a reclamar solo les decía, van a suspender; no los enseño más.  Entonces respetaron mis revistas, mis libros, mi espacio de lectura, aunque tampoco aprobaron.

Tienes que entender que eres diferente porque eres de Matacaballos. Los lugares te marcan para siempre. Hay quienes tratan de olvidar los orígenes, y marcar que siempre vivieron en las grandes ciudades, en medio de las grandes oportunidades. Nunca estuvieron a oscuras, nunca caminaron por el fango, nunca tuvieron momentos difíciles. Pero uno aprende que si aceptas tus orígenes llevas algo muy sagrado, bien conservado, que se llama autoestima o valor propio. Por eso siempre dije a quien fuera que yo era de Matacaballos, el lugar de las mujeres solas, el lugar entre las montañas. Se podía llegar después de cuarenta y cinco pasos de ríos y carreteras, caminos y veredas. Allá en Matacaballos las frutas eran muy dulces; se maduraban en las matas, y el aire era tan puro… Las mañanas en Matacaballos eran frías y el rocío mojaba tanto las rosas que le duraba el día entero. En Matacaballos había muchas rosas de todos los colores y tamaños.

Después escuchabas las historias de La Salada, el lugar donde el agua era salada en todos los pozos y manchaba los dientes; en Mije Hueco, las matas se llenaban de huecos, sin saber cómo; y dicen que en El Granizo cada vez que llovía los pedazos de hielo medían centímetros. Dicen incluso que una vez fueron tan grandes que mataron a una novilla.

Entonces te dabas cuenta que los pequeños lugares, cada uno, tenía una historia, un mito, una leyenda, personajes que lo hacen inolvidable.

La tristeza no se alimenta con tristeza y el dolor no se alimenta con dolor. Eso lo aprendí en Matacaballos. Mis primos me dejaron solo en la cueva. Estoy seguro que lo hicieron para vengarse porque nunca perdonaron mi puntero, ni mi inteligencia, ni que la maestra hablara de mí tan bonito el último día del curso. Recalcó incluso que era una pena que yo viviera en Matacaballos. Que yo merecía vivir en una ciudad. Eso nadie me lo perdonó jamás.

Y yo no le hice nada a nadie, pero desde entonces algunas madres dejaron de hablarme, y algunos compañeros dejaron de salir conmigo por el camino. Me quedé solo. Y te das cuenta que ser inteligente hace muchas veces que te dejen solo. Ya se escribió hermosamente una vez: Quien lleva luz, se queda solo. Entonces primero te echas a morir, comienzas a buscar tus errores, las equivocaciones, y crees que el mundo se te viene abajo.

Pero, cuando vives en Matacallos, comprendes que la tristeza no se alimenta con tristeza, ni el dolor con el dolor. Y ante las ofensas de Lagartijo, y no sé cuántas cosas más, aprendes a concentrarte en el camino que está por delante, en buscar tú mismo una salida para tu problema, en encontrar tu propio resguardo. Entonces, ese día que habíamos ido a las cuevas y me quedé solo pensé mucho en mí, en mi próximo camino, en mis próximas escuelas. Y decidí irme de la casa de mi abuela. Solo. A cualquier parte. Y estudiar era un pretexto. Había leído en las revistas las convocatorias para becas. Y aquel abandono en la cueva me hizo pensar firmemente en la partida.

El regreso a casa fue largo. Pero encontré cómo orientarme por la posición del sol. También por los caminos. Siempre era muy observador y sabía bien por dónde pasaba. El camino me obligó a pensar en las diferencias de Matacaballos.

Llegué de noche. Abuela tenía castigados a mis primos. Dio un grito cuando me vio en la puerta. Me voy pronto, abuela, le dije, no tienen que aguantarme más. ¿Que tú dices, muchacho? Ella no lo entendió en ese momento. Pero me encerré en el cuarto a revisar las revistas, las convocatorias, las cartas. Había un curso de computación. Y yo lo quería. Entonces, como en Matacaballos no había computadoras aprendí sus partes por las revistas. Y luego me hice un teclado de cartón. Y programaba en mi teclado y en mi mente. Estudiaba los programas.

Cuando enviaron el examen por correspondencia, lo resolví con facilidad y envié. Una tarde recogí la carta con la aprobación al curso. ¿Que tú dices, muchacho? ¿Qué es eso de computación? Nadie podía entender, pero yo sí.

Y me fui muy lejos de Matacaballos. Y llegué a un gran centro de investigaciones y le di la vuelta al mundo. Por supuesto, allí también marcaron de inmediato mis diferencias: por ser de Matacaballos, por ser pobre, por la manera de vestir y mucho más. Pero como tenía bien aprendido qué significa vivir en un lugar intrincado; aprendí a vivir con mis diferencias, yo sabía que les llevaba de ventaja mi capacidad y entrega. Y estudiaba días y noches enteros, como nadie. Uno sabe que el mundo no es perfecto, pero lo puede cambiar.

Les conté la historia de un niño que vivió en Matacaballos, un lugar que no aparece en los mapas, sin embargo, le dio la vuelta al mundo. El único hombre, El lagartijo que regresó por aquellos caminos para reencontrarse con la familia, el que descubrió tempranamente la imperfección del mundo; un niño diferente, pero que seguro no es el único.

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Cofundador de Claustrofobias Promociones Literarias con Naskicet Domínguez Pérez

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