ReseñaActualidad

La Habana nuestra de cada día y el retrato de un vecino que se nos parece mucho

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Escrito por Leonardo Depestre Catony, 11 de noviembre de 2019
Fuente original: cubaliterarias.cu

La bibliografía sobre la ciudad de La Habana, hace ya bastante tiempo considerable, se ha nutrido últimamente con un copioso número de volúmenes que en ocasión de su aniversario nos la desvelan en  la esplendidez de sus detalles arquitectónicos, históricos, geográficos, humanísticos, económicos….

Pero sucede que La Habana nuestra de cada día (Ediciones Boloña, 2018) es diferente en sus propósitos: ausculta y palpa no por casualidad la autora es profesional de la medicina los órganos internos de su gente, de quienes la habitan, sean o no habaneros nativos, porque la condición de habanero se pega fácilmente, como el catarro, y se encuentra en el ambiente más que en nuestras propias conciencias.

Tratar con las gentes (me gusta más el término que el de personas), escucharlas, sentir (o al menos intentar) lo que ellas, es una cualidad médica que hace del científico un humanista. Laidi Fernández de Juan, en esa noble función de vacilarnos un poco, de compatriota a compatriota y siempre de buena fe, consigue que nos sintamos a gusto con la lectura de La Habana nuestra de cada día, sonriamos y reflexionemos acerca de cómo somos, habaneros y cubanos en general, ante los ojos de los demás, lo cual no deja de ser una contribución relevante a lo que, sin alardes ni chovinismos, es la cubanidad.

Laidi dedica el libro a dos autores no lo suficientemente recordados: Jorge Mañach y Eladio Secades, quienes a través de sus estampas la «enseñaron a amar, criticar, comentar y compadecer La Habana como si fuera parte de mí misma». Y si bien ya hoy día pocos recuerdan las estampas de Mañach y de Secades, ella les rinde tributo con el añadido de la actualización, que las convierte en espejo donde mirarnos.

Quienes han (hemos) leído buena parte de la obra narrativa de Laidi conocemos su estilo, la naturalidad del lenguaje y capacidad para escribir como si se hablara, poniendo a un lado la sapientia latina para utilizar la palabra exacta en cada momento.

No hay fórmula ni manual para ser felices, más bien un estado de conformidad que, a su vez, se construye sobre la base de lo posible. Resulta disparatado, por ejemplo, compararse con personas bendecidas por la naturaleza en cuanto a belleza física (y aspirar a tener ese rostro, ese cuerpo y esas manos), o con países que han sido desarrollados (y pretender que no existan dificultades ni atrasos de ningún tipo). O con herederos de fortunas, merecidas o no. La conformidad en este caso no es sinónimo de resignación, sino de objetividad. Porque no se trata de aceptar el destino tal cual, sino de moldearlo según nuestros valores, y también según lo posible. (p.80)

Capitalina observadora, de las que sabe escuchar, y conocedora de la dosis exacta de humor penetrante, Fernández de Juan recurre a su experiencia personal de vecina, madre, clínica y profesora para presentarnos un muy útil catauro de propuestas útiles:

  1.  «En lugar de lamentarnos por no ir a Varadero o a Cayo Coco, los que pasamos la cincuentena de años llenamos crucigramas».
  2. «Así como se ha establecido la influencia de la luna en enfermedades como el asma y la migraña, y el vínculo entre la llegada de la primavera y los padecimientos alérgicos, creo que debería estudiarse la relación entre la temperatura ambiental y el humor».
  3.  «Si no fuera por nuestro sentido del humor, el choteo y la habilidad para tirarnos  a relajo, perderíamos una buena dosis de nuestra alegría de vivir, parte indispensable, qué duda cabe, de nuestra profunda e irrebatible existencia de cubanos de la Isla».

No solo pasajes de costumbres recoge Laidi, sino mucho más en su recorrido a pie por la ciudad, de manera que al peinar la gran urbe ,todos, en mayor o menor medida quedemos comprendidos en su caleidoscopio. La muy cuidada edición, la elegancia en el diseño de la cubierta y el puntaje de letra idóneo para quienes usamos espejuelos, redondean los atractivos de La Habana nuestra de cada día, que, no obstante, guarda un  elemento más a su favor: la posibilidad que brinda de leerse de dos maneras: una, de corrido; otra, abriendo el libro por cualquier página y siguiendo adelante, ello por la brevedad e independencia (no exenta de interdependencia) de los temas comentados, agrupados en grandes bloques: «La Habana en sí», «Tipos sociales», «Actitudes sociales», «Mujeres, madres, hijos», «Humor nuestro», «Mundo médico», «Nuestro mar», «Nuestra economía», «Lo cubano», «Otras interrogantes» y «Miscelánea», todo un universo pancromático de los caracteres de una ciudad y de sus pobladores, nosotros.

«En estas crónicas podemos intuir muchas cosas más allá de lo que se dice», observa el prologuista Francisco López Sacha. Es verdad y suerte que así sea para dejar un espacio a la reflexión personal, a la comparación con el mundo propio del lector… y también para la sonrisa. ¡Qué cada día, por siempre, nos acompañe La Habana nuestra!

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Dedicado este volumen a las disímiles características que conforman y tipifican a La Habana y sus habitantes, la autora acude al género de crónica ...
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