Ronel González Sánchez: un conventual madrugador del Medioevo

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La costumbre de madrugar para escribir

Hace alrededor de 30 años adquirí la costumbre de madrugar para escribir. Poemas en verso libre, décimas, sonetos, artículos, intentos de ensayos, investigaciones literarias, textos para niños, guiones radiales… han nacido de ese hábito. Como el fraile de una vetusta orden me escurro de la cama a las cuatro de la madrugada, no importa si es sábado o domingo, y enciendo la laptop.

Hoy tengo la suerte de poseer uno de esos artefactos que facilitan el proceso de la escritura, pero como nací en 1971 y comencé este viaje en abril de 1980 en un pueblito de sonoridades como sagrados mantras, vengo de la tradición de escribir con un lápiz sobre hojas de cualquier color, de aprender a teclear con dos dedos en una bien pesada máquina Robotrón de oficina, proveniente del antiguo campo socialista, cuando cursaba el séptimo grado.

Poco después, ya en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas José Martí de Holguín, establecí relaciones circunstanciales con la computación a través de artefactos que usaban televisores Caribe, casetes de cinta y lenguajes Basic, Quick Basic, Turbo Pascal, Fortran, entre otros, hasta llegar, con los años, al MS-DOS, el Windows 95, 97… y los lenguajes más recientes del Microsoft Office. No obstante, tuve siempre la retaguardia asegurada con mi vieja Robotrón a la que pegué un recorte de revista que decía: ERA SU DESTINO, una Olivetti amorosa y mínima que se fue deteriorando con los años hasta abandonarme como una novia airada y, por supuesto, el auxilio inmediato de las hojas en blanco.

Hoy me atengo a un oficio invisible que organiza ciclos

Pertenezco a las promociones de graduados universitarios que hicimos nuestros trabajos de diploma empleando hasta bien tarde en la noche las ruidosas máquinas de escribir: original y dos o tres copias con papel carbón, de ver publicados unos cuantos libros propios en los “talleres renacentistas” que eran nuestras imprentas provinciales hasta principios de la década de 1990 y de integrarme luego al boom de poseer varias computadoras, hasta los días que corren de artilugios grandes y pequeños que me quitan el sueño y me estresan o deprimen cuando se rompen.

Heredé de mis padres obreros la rutina de madrugar, de escuchar diariamente, en una época, los estremecedores programas trovadorescos de Lino Betancourt, el noticiero cantado de Radio Rebelde, las matutinas sesiones de meditación de alguna emisora nacional, pero sobre todo la manía de estar despierto, escriba o no, antes de que salga el sol.

Lo primero que hago es salir al patio, ahora bien reducido, antes inmenso en las diversas casas en que he vivido, y dar gracias a Dios, por todo, hago café, preparo el desayuno de los que me acompañan, lo tomo, y cuando finalmente me siento frente a la cuartilla Word, pido a la Inteligencia Superior que me permita al menos escribir una página, que puede o no nacer, claro, y generalmente es resultado de acumulaciones previas, de anotaciones o ideas recurrentes, de raptos o invenciones in situ. Como no soy novelista, me doy el lujo de regodearme en pocos textos diarios (muchas veces ninguno, incluso durante meses).

Cuando tenía veintitantos escribía febrilmente sin revisar demasiado y publicaba haciendo las correcciones sugeridas por los editores, creía mucho en la inspiración y pensaba que la literatura nacía fundamentalmente del dolor y las carencias, hoy me atengo a un oficio invisible que organiza ciclos de intereses, desasosiegos, interrogantes, acompañado por la desazón de no llegar a parte alguna, de ser un inconforme, un prófugo de no sé qué ámbito, porque la palabra realidad es un sacudimiento con comillas bajas, un entramado bien evanescente.

 Creo en el misterio, en lo desconocido

Poeta del espejeo y las reminiscencias clásicas, creo en el misterio, en lo desconocido, en lo que me une a una Conciencia Universal al alcance de la mano y, a la vez, distante, pero aterrizo en los dictámenes de un período y un dominio, de una específica ligazón con los objetos y los seres, por eso el despunte del día me resulta cómodo, aunque como existe la posibilidad de los instantes y las decisiones relativas, en mi calidad de poeta cubano que no desentona de una práctica, también he escrito hasta bien entrado lo nocturno, en algunas tardes pese al ardor insufrible del trópico, en terminales de trenes, parques, bares, camiones, ómnibus en marcha…

Todo es literaturizable, tiene espesor, vastedad, límites, paradójicas elucidaciones y desvíos semánticos, todo ha de ser nombrable y ofrecer la eventualidad de lo renombrado. La madrugada se conecta, de facto, con esa trabazón lúcida donde se desborda lo creacional y adquieren sentido las métricas, los ritmos, las palabras. Luego permanezco en silencio ante una multitud de libros que intentan procurarme paz, aunque generalmente solo consiguen incrementar mi desconcierto, hasta que sea nuevamente la madrugada y me apoltrone en mi claustro como un conventual del Medioevo en espera de la epifanía.

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Consejo editorial compuesto por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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