La soportable levedad de los amigos de Facebook

Uno de mi calle me ha dicho que tiene un camarada que dice conocer a una persona que tiene más de novecientos amigos o seguidores en Facebook. Y eso me da horror y me da espanto. Vaya jactancia. Con un poco más de esfuerzo político y de datos móviles puede emular con Roberto Carlos y aquello de Yo quiero tener un millón de amigos.

No me gustaría llegar a tanto. Prefiero a los que me encuentro al borde de la carretera central para trocar libros y abrazos. Prefiero a los que acuden a terminales de ómnibus o trenes para enviar encomiendas a sus familiares del oriente u occidente del país. Prefiero a los que nos citamos en el café La gran Sofía, en la cervecera de La Alameda o en la cálida librería Claustrofobias.

No obstante, cuando mis cofrades que viven en Estancia Lejos (cerca de Dios), Monterrey (en paz con Octavio Paz), Madrid (entre Sabina y el Real), Matanzas (lejos de Carilda y cerca de Alfredo Zaldívar) o Chittagong (que llaman el culo del mundo) me preguntan si sigue lloviendo en Santiago, doy vivas por el discreto encanto de la amistad en este espacio virtual, donde vengo jueves o viernes.

Pero cuando uno de mi calle me comenta que tiene un camarada que dice conocer a una persona que tiene más de novecientos seguidores en Facebook comienzo a entender un poco la soportable levedad de los amigos en Facebook. Para entonces voy al final de la página y doy SALIR y me pongo a escuchar a Joan Manuel Serrat o a leer a Milán Kundera.

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Licenciado en Estudios Socio Culturales (2012). Miembro de la UNEAC. Ha ganado los premios de poesía José María Heredia (1992-1997), Pinos Nuevos, Calendario... Labora en la sección cultural de la radio CMKC, Radio Revolución.

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