Reseña

Un libro sin tiempo ni edad

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Escrito por Enrique Pérez Díaz

Acaba de salir de imprenta por Ediciones Áncoras de la Asociación Hermanos Saíz de la Isla de la Juventud, tras dos años de espera, En busca de un tiempo perdido, de Ariel Ribeaux Diago, obra que de manera indiscutida se alzó con el Premio “David” de Ediciones Unión en el año 1995, en un momento del llamado Período Especial en que apenas libro alguno asomaba su faz en el panorama de las letras cubanas, por la conocida crisis material que se generó en esos años luego del derrumbe del socialismo en los países del Este.

Al margen de que por sí misma En busca de un tiempo perdido constituye un regalo al intelecto gracias a las inspiradas imágenes que el autor consigue recrear del universo infantil, desde que leí su manuscrito este libro confirmó mi teoría de que en los 90`s ya afloraba en Cuba una nueva literatura para niños que se abría paso hasta donde le era permitido, pese a que aún existan criterios “tradicionalistas” en jurados, editores, y cuantos pudieran ayudarla a ser y evolucionar positivamente. Ariel vino con la impronta de una especie de buldócer de cariño hacia la infancia, aunque no de manera expresa, pero sí por la forma en que ordena su obra literaria que se puede resumir en cuatro volúmenes publicados, los mencionados En busca de un tiempo perdido, El Oro de la Edad, Nomeolvides y Terreno de nadie, obra póstumamente publicada por la colección Veintiuno.

Remitiéndose al universo entreverado del mundo de Marcel Proust (del cual toma hasta el nombre para el personaje de “Perdido”, en este volumen de cuentos que se relacionan entre sí —aunque presentan las realidades de tres personajes diferentes— Ariel incursiona por primera vez en el predio (in) feliz de una literatura destinada a la infancia. Cuando comenzamos a leer “En busca” casi se nos antoja habernos ido a las historias del célebre “Había una vez…” o del “Cuentan que…” o el “Érase que se era…” de tantos cuentos recordados de la infancia. Dos hermanitos andan en busca de la Esperanza, que en el peculiar es algo más —en realidad mucho más— que la esposa de un grillo verde. Por el camino van descubriendo la variopinta etimología de esta palabra y la repercusión que tiene para todos, más por los lazos afectivos que el concepto establece en las vidas de las personas. No es lo mismo vivir con una esperanza que sin ella.

En el segundo cuento, “De un tiempo” el universo se trastoca como en tantas historias para niños, pero no por la voluntad de un menor que se convierte en la víctima primera de su libertad casualmente alcanzada luego de la “crisis de infancia” que padecen sus padres. El protagonista deberá enfrentar esta crisis de empequeñecimiento, sobre todo mental, de sus “mayores” y él solo, sin apoyo de institución social alguna, hacerle frente a la vida que representa ser responsable de quienes antes devenían autoridad sobre nosotros. La paradoja que encierra el rico argumento de este cuento nos llena de más inquietudes que de certezas, pues nunca atinamos a entender cabalmente a qué sitio aspiraba llegar Ariel o ¿acaso su personaje solo está llamado a ser un irónico alerta del caos de la sociedad moderna adulta?

“Perdido” es sin duda alguna el relato más contundente e intertextual del volumen. Ariel ya se ha librado de toda posible herencia de sus lecturas más convencionales de los clásicos y suelta las amarras de su imaginación para llevarnos a un cuento donde aborda por primera vez la violencia infantil, sobre todo en un contexto escolar. Marcel no es distinto a nadie más, ni siquiera porque vaya siempre atildado y sus poses no sean todo lo varoniles que los otros esperan, sino sencillamente es distinto porque así lo quieren ver los otros. Ariel se adentra en el riesgoso terreno del ser y el aparentar —por demás luego muy frecuentado por otros autores, pero hasta entonces inédito en nuestras letras— y la realidad se recrudece al punto de que Marcel reniega de su padre al ser criticada por los otros su profesión de payaso. El ambiente represivo al que es llevado Marcel por el nuevo esposo de su madre, precisamente el domador del circo que pretende hacer de esta fiera infantil un chico obediente, sumen al niño en un pesar que no encuentra consuelo, sobre todo cuando Marcel descubre que toda su lucha por ser como los otros resulta baldía. Con esa intertextualidad que le caracterizaba, no cultivada pero sí inmanente a su estilo, Ariel Ribeaux negará en una historia la verdad que en otra esgrimen sus personajes: ¿será la infancia el mejor de los mundos cuando alguien corre el riesgo de perder a su padre casi de forma milagrosa para caer en manos de un domador de niños? ¿Habrá esperanza para el chico que es abandonado por unos mayores inconscientes y hastiados de ser adultos? ¿Será la esperanza consuelo suficiente cuando nunca recuperamos lo perdido?

El abierto final de cada cuento y el que entre sí se encierren argumentalmente, como una serpiente mordiéndose la cola, en un círculo, revela intenciones bien claras en este libro que da mucho qué pensar. Habría que elogiar, además, la síntesis, el ritmo, el acertado uso de los diálogos y esa fantasía (no evasiva sino liberadora) que matiza cada ofensa de la realidad, cada arista dura y traumática, sobre todo para un autor que con esta obra se iniciaba en el mundo de las letras. El pulso y la seguridad con que fue escrito cada cuento dan la medida del talento de un joven lleno de inspiración e inquietudes.

Ariel Ribeaux regala un libro para que pensemos. Su mensaje llega claramente al niño, pero también llama a la puerta del corazón del adulto, ese corazón en ocasiones harto de vivir y de sufrir y carente de toda imaginación o lógica para emprender los ignotos y riesgosos senderos que a veces la existencia le pone por delante.

En busca de un tiempo perdido fue el pórtico por el que asomó este joven hace muchos años al codiciado Olimpo de los libros para niños del continente, un Olimpo donde —huelga decirlo— él fue, es y será siempre, para todos nosotros, los que defendemos a la infancia desde la página escrita, un mito, un ser irrepetible, un luchador nato, una especie de Dios…

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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