Un adelanto del Premio de Novelas Ejemplares Miguel de Cervantes, de Evelio Traba

La novela de Evelio Traba, Dos versiones de Fray Bernardino, obtuvo el pasado 23 de abril el V Premio Internacional de Novelas Ejemplares Miguel de Cervantes, que aupicia la universidad de Castilla La Mancha en España. Traba agradeció en su muro de Facebook a su familia por todo su apoyo y especialmente al amigo, pintor, Alexis Miguel Pantoja Pérez, por la generosidad de cederle, para esta edición, la imagen de uno de sus bellos cuadros.

Traba nos envía la sinopsis y un fragmento de la novela y las compartimos:

Sinopsis: Álvaro Morantes, escritor sexagenario caído en desgracia, abandonado por su esposa, y en inicios de diálogos con su único hijo -un joven actor homosexual- se concentra en la escritura de una novela histórica que según cree, restituirá sus días de gloria. La idea de dicha obra es desarrollada por un autor veinteañero que ha comenzado a abrirse paso en el árido y extravagante mundo de las letras. La pupila de Dios, en proceso de escritura, es desplazada por El fabricante de milagros, que finalmente obtiene un premio literario de importancia. El objeto de ambas ficciones es la figura de Fray Bernardino y su vida poco ortodoxa entre las postrimerías del siglo XVI y principios del XVII, en un país ficticio del Caribe hispanoamericano, cuya capital es conocida como Puerto Alacranes. Dos versiones de Fray Bernardino, busca comprender la esencia de las luchas intergeneracionales que se dan en el ámbito de las artes y las letras, redefinir la relación autor-escritura en un universo complejo y cambiante donde los más jóvenes buscan legitimarse y los más experimentados defender lo que consideran su lugar.

 

(Fragmento)

Y dándose contra él más quejas que buitres hay en un despeñadero de burros, llegó desde España un pesquisidor eclesiástico a saber si ciertamente sus milagros procedían de la Cristiandad o las engañosas maniobras del Demonio. De su vida y actos diéronse variadas versiones, de modo que Fray Bernardino conoció de cerca la necedad de los hombres y lo mudables que sus criterios suelen llegar a ser. 

Tomo Tercero de la Historia verídica y jamás contada de la Capitanía de Puerto Alacranes, compuesta por el clérigo Cristóbal de Obaldía, y dada a la imprenta en Madrid a 1693 años.

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Álvaro Morantes, que desde hacía años había erradicado la superstición de escribir a mano, se sentó frente a la pantalla opaca de su ordenador y pulsó al azar doscientos setenta y cuatro caracteres en busca de algún acierto cabalístico que le clarificase el resto de su escritura:

Djfgisdfhgskoetugsvovhrtkefgnf, vbitghidoignfboysroiakeoruwiperqpeir´d{fvmaeorijbfygfbekñhktpyjhertgbnkdsjyergpwknevjpbeoñcejmrghvñermgerkghtuñgjoñeigrtutñogjihorjtogerpyjtnr´ldkftgregveoirtgwrie, {pevijemxcgvbtuewxfjermnthcniweritowe4itpurtuwepppwtertyuipetoeriuwepytiwetuiw.

No era algo que solo hiciese cuando buscaba alguna revelación para el destino de sus personajes. Antes de tomar una decisión trascendental hacía lo mismo y luego se daba a la tarea de buscar palabras o amagos de palabras aleatorias en medio del caos. Las resaltaba en amarillo y luego las asociaba al objeto de su búsqueda. Desde que adquirió semejante maña jamás la había confiado a nadie. Esta vez se dijo que no había nada de amenazador en el entramado de esas líneas y comenzó su jornada con una gran taza de café Sierra Esmeraldas. En su escritorio tenía amontonados, unos sobre otros, los cuatro tomos de la Historia verídica y jamás contada de la Capitanía de Puerto Alacranes, compuesta por el clérigo sevillano Cristóbal de Obaldía.

Comenzó a darle vueltas con el pulgar al anillo de compromiso que aún llevaba en la mano izquierda cuando encontró en el tercer tomo, el capítulo dedicado a los milagros y estragos causados por Fray Bernardino, a pocos meses de que iniciara el siglo XVII en la villa. Cerraba los ojos y veía la sotana raída del fraile, sus sandalias veteadas de polvo y un mendrugo de pan en una mano semiabierta cuyas uñas aparecían ribeteadas de mugre. Sin embargo, no podía ver el rostro auténtico más allá de la distorsión de los grabados de época. Con el entrecejo apoyado sobre las manos unidas en punta, intentaba visualizar algunos enseres de la celda monacal, pero no veía más que perfiles corroídos de penumbra y grandes manchas de luz que se emborronaban en los exteriores del claustro. Tal vez le había sobrevenido esa torpeza por haber intentado representarse dormido al franciscano. Algún tipo de modorra contagiosa, pensó. Estirándose, se levantó de la silla giratoria, creyendo que mirar hacia los barcos le devolvería algún trozo de lucidez. La pupila de Dios no pasaba de ser entonces un ojo acuoso y ensangrentado, una plegaria en los labios de un ateo, un embrión muerto sin romper el huevo. Álvaro Morantes abrió la puerta corrediza y salió al balcón. Un fogonazo de ruidos turbios le hizo apretar las mandíbulas. En el instante en que deslizó la mirada hacia el dulce reverberar del azul, no pudo evitar detenerse en un hombre joven que caminaba cuesta abajo, con camisa blanca, jeans deslavados y gafas oscuras. Tenía un anacrónico aspecto de principios de los 70 que movía lo mismo a risa que a compasión. Álvaro Morantes dejó de seguirlo con la vista y otra vez reparó en la línea del horizonte pospuesta tras un muro quebradizo de cargueros, yates y lanchas de pescadores. Entró y fue directo a la cocina a servirse otra taza de café tibio. Recayó en que ese era el cuarto año de su jubilación, pero no extrañó a sus colegas ni a ninguno de los alumnos que constantemente le llamaban Doc por los distintos campus de San Ignacio. Pensó en la soledad de la cocina. En el hecho de que tenía ahorrada toda la plata que en su juventud hubiese querido tener, pero que ahora no sabía ni en qué gastarla. La heredaría algún día Turi, Arturo, su único hijo, para dilapidarla posiblemente en sex parties, rodeado de sus muchos camaradas gays. ¿Qué estará haciendo en este minuto la perra de Martha Reiter?, se preguntó en voz alta, removiendo el asiento del café con un leve crujir de muñeca. La curiosidad por la vida de su ex mujer, en los últimos tiempos, se le había convertido en una orfandad elemental que toma prestado el disfraz de la rabia. Álvaro Morantes se sentó otra vez ante el ordenador y le subió un poco el tono de brillo a la pantalla. Se sentía en franca mendicidad de ideas ante la meta que se había impuesto. Fray Bernardino, desde el polvo de sus huesos dispersos, parecía obstruirle a propósito la menor visualización de su vida secreta. Le facilitaba imágenes fallidas de ángulos donde ya la luz no era sino un esmirriado material de arqueología. Solo unos meses más tarde, por capricho o azar, el fraile irreverente accedería a mostrarse. Mientras tanto, Álvaro Morantes se desgastaba en balbuceos y amagos que cada vez lo alejaban más de una visión en firme.

Nubes deshilachándose, ajetreo de multitudes compuestas y recompuestas, pequeños porvenires interruptos por capricho de azar, espejos con mala memoria para los rostros circundantes, días quemándose intactos sin desprender humo ni ceniza, en fin, todo esto asediando la fantasmagoría providencial de la escritura.

(Fragmento 1, extraído de La cantante de arias. Esparta Editores, 3era ed., 1971)

Muy poco te duró el impulso de irte fuera de la ciudad. Sabes que, de todas formas, estos días de supuesto esparcimiento serán solo colillas pulverizadas en el cenicero de tu memoria. Más de una vez has pensado, no sin acierto, que un hombre acorralado por sus miserias, en verdad lo está en todas partes. Te horroriza la angustia maquillada de optimismo. De todos los crímenes de conciencia, ninguno te resulta más repugnante que este de cantar un réquiem a ritmo de carnaval. Remueves el botón caído de la solapa por cada vericueto de tus encías. Metes el índice en el nudo de la corbata y más que aflojarlo, reparas en la suavidad de la seda y lo inútil de su rojo menstrual. En realidad, no has salido de Puerto Alacranes porque te importan demasiado las burlas de Patricia y su amante respecto a tu sonada derrota. Corres el riesgo de verlos de la mano en el Parque de los Granaderos o saberlos alimentado a las palomas de la Fuente de los Leprosos, pero adviertes que en todo caso sería preferible a que te viesen huir de la escena por la puerta del fondo. Te ves a ti mismo sentado en los butacones de la casa de putas de Raimundo Macías, pero sabes que, al veneno vaginal inoculado con perfidia, no lo combate de a lleno otra humedad resbaladiza. Decides no infectar más la herida y permaneces donde estás sin el menor amago de movimiento. Te alivia compadecerte de Claudio, pues sabes que Patricia en menos de tres meses recorrerá los mismos sitios de siempre, cambiando una y otra vez de manos que intenten retenerla. Por primera vez admites que ese fue tu error: creer que Patricia amaría por siempre tu fidelidad de perro triste, tu miedo insulso de perderla, tus desayunos en la cama, tu voluntad franciscana de mirar al resto de las mujeres de la clavícula hacia arriba. De nada sirvieron tu pureza ni tu delantal de hombre comprensivo y moderno. Tú lo sabías, pero quisiste engañarte. Desde los primeros días de noviazgo supiste que Patricia no era mujer de un solo prepucio ni hembra a quien complazca el más ordenado de los paraísos. Porque Patricia no es la línea clásica sino el chisporrete eyaculatorio. No es la nota cuya cadencia adormece sino el estruendo que deja un rastro de insomnio. La oyes gemir en los moteles de quinta. La oyes pedir le den cada vez más duro en medio de unas barandas que escupen tornillos sin rosca y paredes que despiden la caspa abundante de sus pinturas decrépitas. Si muriera de golpe, todo sería absurdo y oscuro. Ahora solo quieres que Dios la envejezca en tres días, que haga de ella alguien a quien un niño ayuda a cruzar un paso peatonal concurrido. Pero Dios le endurece cada vez más el corazón y las tetas y parece ser a ti a quien reserva ese destino. Escupes el botón erosionado dentro del jarrón de la esquina. Miras el retrato de tu bisabuelo sobre el piano. Te sigue resultando desconcertante tu parecido con el Benefactor. El primer alcalde en legalizar los prostíbulos de Puerto Alacranes, el único político a quien las putas de entonces desfogaban por pura conciencia de clase. Pero tú no eres Don Arnulfo Ravelo ni los que corren son los 50. Necesitas un descanso. Tal vez en algún rincón de esta ciudad sea premiada tu vocación para el fracaso.

Con la misma fuerza con que te consuelan, tus amigos suelen burlarse de ti. Quisiste evitar desde el principio este antro, pero no puedes dejar de reconocer que los tragos de Wilcox & Bourne te han resultado más poderosos que la más sensata de todas las meditaciones. Una de las muchachas se sienta en tus piernas. Te recuerda que hace unos años defendiste a un delincuente hermano suyo. Tú finges recordar el caso y asientes a todas las afirmaciones de ese rostro con demasiado maquillaje para tu gusto. De paso por sus aposentos, Raimundo Macías te ha reconocido. Con unas palmaditas en el hombro te dice que el Fire Lips se honra con tu visita. Decreta la gratuidad de los servicios que requieran tú y tus amigos. El Manco propone un brindis por el más célebre defensor de criminales de Puerto Alacranes. El Rubio se reacomoda sin pudor el bulto de una erección impaciente. Las tres putas se miran entre sí, acordando una estrategia para despachar cuanto antes a sus clientes. El Manco ordena otra botella de Wilcox & Bourne. El pezón que acaricias con el anular de la izquierda ha comenzado a endurecerse. Se trata de un engaño. Un burdo engaño. Pero ahora precisas sucumbir a él. El Rubio, con su tono teatral de siempre propone otro brindis: «Por las putas que nos dejan siempre en brazos de otras putas». «Dime Boca Suave al oído, eso me calienta más que un consolador de chocolate», eso te dice mordiéndose los labios la vampiresa de ocasión. Boca Suave, Boca Suave, esto le susurras varias veces y tal vez logras erizarle la nuca en verdad. Las putas son Ilustrísimas Embajadoras de la Complejidad, esto te observa el Manco como si ambos necesitasen de esa convicción para sobrevivir a los efectos adversos de la noche. La noche es un carrusel de caballitos que se muerden la cola hasta quedar extenuados de su propia crueldad. La noche es todo eso que mañana será saciedad y la casi náusea de un recuerdo…

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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