Entrevista

Roberto Fernández Retamar | Mi vecino Retamar

Escrito por Yandrey Lay Fabregat

«A mí no me gustaba usted, ni su obra», dije al comenzar el diálogo. Después le expliqué que en la escuela nos obligaban a recitar «El otro. Enero 1, 1959» y «Con las mismas manos». La imposición se convirtió en rechazo a la poesía, luego se extendió al poeta. Mi entrevistado se encogió de hombros y confesó que a él le sucedió algo similar cuando estudiaba: «Salía un niño gordo a declamar, era algo espantoso».

Fernández, por dos años fuimos vecinos y usted nunca lo supo. Estaba yo en la beca de estudiantes en F y 3ra, justo al lado de Casa de las Américas. Cada mañana, al salir para la Facultad, lo veía caminar hacia el portón del edificio.

Haydée Santamaría dijo una vez que de la única mujer que su esposa debía sentir celos era de la revista Casa de las Américas. Pero la revista no puede ser su esposa porque usted ya tiene una y el Código Penal, desgraciadamente, no permite la bigamia. Tampoco la obra de su vida porque usted habría sido, de todas maneras, un gran poeta…

Es mi amante. Y como ahora voy a compartir su dirección con Jorge Fornet, la amante tendrá otro amante. Algo así como un triángulo amoroso. Todo esto me tomó por sorpresa, nunca soñé con dirigir Casa de las Américas. Entre otras razones porque yo quería mucho a Haydée Santamaría y cuando uno aprecia a alguien, esa persona te parece que va a ser eterna.

«Un sillón, qué bien», dijo al entrar en el lugar en que se debía celebrar la entrevista. Traía puesta una camisa a cuadros azules. El saco y el pantalón, oscuros, hacían juego con las penumbras de la habitación. En una ocasión Fidel le preguntó si podía llamarle «Quijote», y Raúl dijo: «No, el problema es que Retamar quiere ser Cervantes».

«La anécdota es muy graciosa —recordó mi antiguo vecino—, a cada rato Raúl se encuentra conmigo y me dice “¿Cómo va Cervantes?”. Nunca me pasó por la cabeza compararme con Cervantes. Pero hay una frase de Virgilio Piñera que me gusta mucho. Dice que, al escribir, uno debe sentarse a redactar la Divina Comedia. Después se verá si lo lograste o no. Nadie puede ser modesto al hacer literatura».

Conjurar a Jorge Luis Borges

Fernández, mi enojo persistió durante muchos años. Más tarde encontré las Páginas Escogidas, de Jorge Luis Borges y me enamoré del prólogo que usted escribió para ellas. Siempre lo comparo al prólogo de las Enciclopedia Grijalbo, ese en el que Borges explica que no puede imaginar un mundo sin libros. Pero seguía sin querer a su poesía.

Al compilar las Páginas Escogidas usted reconoció que había escrito palabras duras sobre Borges. Sin embargo, yo creo que él se habría sentido más afectado por ese texto suyo que se llama «Otro poema conjetural».

En 1999 Jorge Fornet y yo fuimos invitados al homenaje por el centenario de Borges. Llevé un texto titulado «Como yo amé a mi Borges». De pronto me percaté de que estaba redactando un poema. En unos versos de título parecido, Borges hace hablar a un antepasado suyo. En el mío, yo hago hablar al propio Jorge Luis Borges.

Al redactar Caliban yo critiqué la política hostil que él mantenía hacia la Revolución Cubana. Incluso, firmó un triste manifiesto para apoyar la invasión de Girón. Cuando publiqué el libro, Sergio Chaple, uno de mis estudiantes de la Universidad de La Habana y que después se revelaría como un gran cuentista y crítico, me dijo: «He leído Caliban, no sabía que usted admiraba tanto a Borges».

Como un rapto

Fernández, cada mañana, al contemplar su rostro ceñudo, yo me preguntaba por qué usted siempre estaba tan serio. Comencé a frecuentar la biblioteca de Casa. Muchos de esos libros le habían sido dedicados por Jorge Enrique Adoum, Alfredo Bryce, García Márquez, Cortázar. Después alguien me contó que usted los donó para que todo el mundo pudiera leerlos.

En una entrevista confesó que casi ni comía ni dormía mientras redactaba Caliban. ¿Ha compuesto así toda su obra?

Cuando Cintio Vitier terminó Lo cubano en la poesía, un libro magnífico, dijo que lo había escrito en un rapto, como se compone un poema. Así me pasó a mí con Caliban, hace ya cuarenta años.

Fernández, una noche de domingo encendí el televisor porque estaba deprimido. Allí estaba usted, al lado de Silvio Rodríguez. Recitaba «¿Y Fernández?». Me sentí conmovido al escucharlo. Pude apreciar un milagro secreto: la poesía eliminó todos los rencores del pasado. ¿Cómo es uno de sus días de trabajo?

Me levanto bastante temprano, siempre tengo muchas cosas por hacer. Pronto voy a cumplir ochenta años. La mayor parte la he pasado junto a la literatura: en las clases, la escritura, la edición de textos.

¿Un amor de ocho décadas?

Comenzó a los trece, cuando caí bajo el hechizo de Julián del Casal. Mis poemas iniciales no eran buenos, pero los recuerdo con gratitud porque me impulsaron a seguir adelante. Publiqué mi primer cuaderno a los veinte. Se llamaba Elegía como un himno y estaba dedicado a Rubén Martínez Villena. Me lo imprimió en su casa Tomás Gutiérrez Alea, Titón, que después se convirtió en un cineasta famoso.

En el año 51, Titón me acompañó a casa de Cintio y Fina. Íbamos a pedirles unos poemas para una exposición. Al final nunca concretamos el proyecto, pero esa primera visita fue muy importante para mí porque anudé una relación muy fraternal con ellos y al poco tiempo publiqué en Orígenes.

Los pasos perdidos

Fernández, tengo que agradecerle otras cosas. Me gusta mucho la traducción que usted hizo de «What can I hold you with», un hermoso poema de Borges. Se la recité a una muchacha por teléfono, y así la conquisté. La poesía tiene un encanto que la prosa no puede explicar.

Hay un grupo de importantes escritores cubanos que no se conocen mucho en el país. Algunos quisieron cortar toda relación con Cuba. Usted los conoció. Me gustaría que nos dejara una idea, una palabra, una anécdota sobre ellos. Voy a mencionar al primero: Heberto Padilla.

Fue mi amigo. Nos conocimos en el año 52, a raíz de haber aparecido mi libro Patria. Tuvimos una amistad muy fuerte, muy cálida, aprecio mucho su poesía. Y lamenté todo lo que sucedió con él. Me habría gustado que regresara al país. Ese era su deseo, según me han dicho.  Por desgracia no ocurrió y él murió fuera de Cuba, en un hotel del sur de los Estados Unidos. Estaba solo, encontraron su cadáver varios días después. Yo creo al final que todas las vicisitudes políticas van a pasar y que solo quedará su poesía.

Guillermo Cabrera Infante…

Con Guillermito nunca tuve amistad. Era un desamor a primera vista. Prefiero recordarlo como un escritor notable. Tres tristes tigres es una de las obras más grandes de la literatura cubana. Hizo muy buenas notas críticas sobre cine, publicadas en Un oficio del siglo xx y Cine o sardina. Fue una persona muy resentida, pero no quiero hablar mal de los que ya no están.

En una parte de la conversación le pregunté si había desistido de escribir una Teoría de los tirantes. ¿Ya no los usa? «De verdad que me gustan los tirantes. A lo mejor un día regreso a ellos», respondió.

¿Y la boina?, Fernández. La gente se muere por saber por qué siempre trae una boina.

Es fácil, porque soy calvo. Y cuando uno es calvo la boina lo disimula muy bien.

Usted dijo en una ocasión que su fama era algo extraña porque en Cuba lo confundían con Carlos Rafael Rodríguez y en el exterior con Jorge Enrique Adoum…

Tuve mucha amistad con ambos. Una vez yo estaba remando en la playa. Unos muchachos me saludaron: «Adiós, Carlos Rafael». Yo les respondí. No hubiera sido justo de que la primera vez que ellos vieron a Carlos Rafael en persona, ese Carlos Rafael hubiera sido yo. Incluso, cuando él murió, en México publicaron la noticia y pusieron una foto mía. Yo me preocupé porque mis hijas podían pensar que a mí me había sucedido algo.

Felices los extraños

Fernández, nunca pensé que esta entrevista fuera posible. Habían dicho que quizás usted no vendría a Santa Clara porque estaba muy enfermo. Luego estuvo el problema del tiempo y la oportunidad. La mano amiga de Yamil Díaz disipó las brumas con un gesto mágico. Yo le conté a usted todas las dificultades y ambos recordamos a la vez una frase de Borges: «Tienen que exagerar, che, sino de qué va a hablar la gente cada día».

Desde hace muchos años me pregunto por qué le dedicó «Los feos» a Alejo Carpentier.

Estábamos en El Templete, un restorán cerca de la Bahía de La Habana. Alejo y yo tomábamos vino. De repente entró una mujer fea. Y yo saqué la pluma y comencé a escribir sobre una servilleta. Carpentier me miró y dijo «estás escribiendo un poema».

Me fascina su poema «Felices los normales».

Se lo dediqué a Antonia Eiriz. Ella fue una mujer de extraordinario talento y de un rostro bellísimo. En la infancia sufrió poliomielitis, tenía una pierna deforme. A mí también me agrada mucho ese poema. Si algo de mi poesía debe sobrevivir me gustaría que fuera «Felices los normales».

Una de las muchachas que nos rodeaba le ofreció una taza de café. Mi antiguo vecino la rechazó cortésmente. Movió el bastón hacia el frente y se ajustó la boina color crema. Tenía una cita urgente con la literatura. Lo ayudamos a levantarse del sillón. Y, con la dignidad de un antiguo caballero, avanzó por el pasillo ajedrezado hasta disolverse en la luz de la mañana.

Del  libro Retratos de escritores y otros seres extraordinarios, Sed de Belleza Ediciones, 2018.

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