Manuel García Verdecia: “La calidad de los seres humanos se conoce por sus hechos”

Sé que soy muy emocional y que lloro como un niño ante determinadas situaciones que me conmueven. No puedo evitarlo y no me avergüenza decirlo. Después de llorar siento mi alma más ligera. A lo mejor soy “el tonto de la colina”. Ayer me sucedió. Me explico.

Cuando digo que mi obra es lo principal para mí, no me refiero solo a mis libros, sino también a mi familia y a los amigos (extensión de la familia) que he cultivado con el tiempo. Téngase en cuenta que “obra” es creación y fundar una familia y una hermandad de amigos es también creación. Entre estos últimos siento una muy afectuosa y cercana inclinación por mis exalumnos. Cuando estos me escriben, cuando me encuentran y saludan, cuando me dicen que recuerdan mis clases y mi relación con ellos, esto me conmueve y me hace pensar que no todo ha sido en vano.

Doy unos ejemplos (disculpen otros alumnos, pero es solo cuestión de espacio). Meses atrás, inauguraba una exposición de artes plásticas y, al final, una muchacha vino corriendo hacia mí, me dio un beso de saludo afectuoso y me preguntó si podía acompañarla. Era Maryla Barter, quien estuviera entre mis primeros estudiantes de la Universidad. Me llevó al parque Calixto García donde esperaban otros exalumnos del mismo año que celebraban el reencuentro. Fue un largo y amable recordatorio de anécdotas que me impregnó nuevas energías. Quisieron llevarme con ellos por el resto del día para compartir, pero mis obligaciones me lo impidieron. No obstante, el regusto fue tremendamente estimulante.

Hace ya un tiempo iba de regreso a mi casa cuando una voz de mujer me detuvo. Era Mayra Calvi, quien fuera estudiante mía en la Universidad de Holguín. Me saludó afectuosa, me dijo que recordaba mis clases con agrado y que le gustaban mis textos en Facebook y, como andaba de prisa, me echó un billete en el bolsillo, “para que le comprara algo al nieto”. Algo que en todo momento es muy bien recibido en Cuba y sobre todo para alguien que llena mis lagunas de pesar con cariño.

Luego, cuando escribí en Facebook sobre mi jubilación, me llegaron incontables mensajes que buscaban darme ánimo y fortalecer mi espíritu diciéndome cuánto había representado para ellos que les impartiera lecciones. Ayer, cuando salía de la Uneac, me encontré con Eric (mi memoria no me da el apellido), otro exalumno, me abrazó y me preguntó que si podía darle unos minutos de mi tiempo. Claro que lo hice y fuimos a un sitio donde empezó a recordar clases mías, anécdotas que yo no recordaba de mis clases, me hizo preguntas sobre literatura y sobre acontecimientos cubanos de estos años. Me dijo del respeto y admiración que me tenía y otras cosas que, por vergüenza no repito, pero me sacó las lágrimas. Terminó el encuentro y me fui a casa en un estado total de estremecimiento. Es que saberse útil, saber que uno se ha instalado en ese paraíso amable de la memoria de otro porque le ha hecho algo de bien, no tiene precio alguno. Es una recompensa inmensa a tanto desdén e indiferencia por parte de otros que nunca reconocen lo que hacemos.

Pienso que la calidad de los seres humanos se conoce por sus hechos y, también bastante, por la impronta que han dejado en sus semejantes. En tal sentido, si bien no estoy satisfecho con mucho de lo que he hecho, en este apartado me siento tranquilo. Por eso, este mensaje lo quiero dedicar a todos mis alumnos, porque si bien ellos dicen que aprendieron de mí, yo les confieso que aprendí (que aprendo) más de ellos, no de lengua y literatura, precisamente, sino de humanidad. Y si ellos me dan las gracias, les hago saber que soy yo el que debe agradecerles a ellos y a Dios por esa oportunidad que me dieron para ser una mejor persona. Poder haber arrojado una chispa de luz en su camino, es algo que me hace feliz y le da algún sentido a mi existencia. Puedo morir tranquilo pues en el último destello de luz, pensaré que mi vida tuvo alguna utilidad. Que por muchos años caminemos juntos por la senda del bien, de la inteligencia, de la sensibilidad y de los afectos. Tengan toda la paz.

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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