Entrevista

Yerandy Fleites | Hay que trabajar más sobre esas realidades que siguen sin encontrar respuestas

Yerandy Fleites (Ranchuelo, Villa Clara, 1982) es uno de los jóvenes dramaturgos cubanos que seguimos. Es dramaturgo, y profesor del Instituto Superior de Arte. Ha publicado varios libros, entre ellos, Los basureros, Ediciones La Luz, 2015; e Ifigenia, Ediciones Luminaria, 2016.

Este fragmento de entrevista forma parte del libro Dicen los escritores de la Generación 0, Sed de Belleza, 2017.

 ¿Cuáles temas/visiones/angustias pueden detonar tu necesidad de escribir?

Cuba. Cuba siempre tiene y tendrá en mi mundo escritural la primera palabra. Todo viene de esa realidad a la que me aproximo, que trato de hacer mía. Cuba es el impulso.

¿En tu caso el silencio escritural también puede ser una manera de creación?

No. Yo escribo en voz alta. Y entiendo que esto es una obviedad, que suena como un chiste. Pero lo juro, escribo en voz alta. Soy literal en ese sentido. Para mí el silencio no es escritura, no representa nada. He callado cuando no he podido escapar del deber cotidiano, del devenir. Pero para mí leer tampoco es silencio. Cuando estoy en silencio sé que no estoy creando nada. La etapa creativa comienza con un gran bullicio, que comparto, que pugilateo. El silencio no representa ese espacio de intimidad en el que me encierro a escribir, a pensar en el espectador en voz alta.

¿Cuáles impulsos te llevaron a escribir tu primer libro?

Creo que en el momento en que escribí mi primera obra de teatro (luego mi primer libro) aún no pensaba en la responsabilidad que es compartir ideas con un lector, pero sí con el espectador. Luego sí concebí la realización de ese primer libro (El Gallo Electrónico, Sed de Belleza, 2008), porque ambicionaba que mucha gente más leyera y montara eso que con tanto esfuerzo yo había escrito. En el caso de un dramaturgo el impulso casi siempre es la escena, es decir, el libro como libreto. Por tanto, el impulso, ese impulso, estuvo entonces y está, ligado a las manos de un director teatral. Los ojos en las manos del director teatral. A esto podemos sumar esa vieja polémica entre si el teatro es literatura o no lo es…

¿De qué manera la voz que en él prevalece ha mutado hasta hoy? ¿Qué elementos de esa primera vez permanecen en la escritura de tu más reciente volumen? ¿Pueden ser extraños estas dos criaturas?

Siempre vuelvo a El Gallo Electrónico, mi primera obra de teatro, mi primer estreno, mi primera obra multiestrenada, mi primer libro. Hay tanto que le debo a esa pieza que la cuido como a una criatura sagrada. Para mí es tan importante como para asegurar que cuando la escribí no tenía la menor idea técnica de cómo se escribía una obra de teatro. Pero con suma velocidad, tranquilidad y libertad la escribí.

Siempre que inicio un nuevo proceso de escritura, me sitúo allá, en El Gallo Electrónico, me sitúo frente a una suerte de grado cero. Y créeme, es difícil beber en el mismo río otra vez. Entre mi voz de entonces y la de hoy, creo que quien ha mutado ha sido el lector que era y el que soy. Ahora leo más, antes leía mejor: era un lector libre. Y por supuesto, la realidad ha cambiado, no sé si para bien o para mal, solo sé que me gusta que mis obras se expliquen mediante las circunstancias en que se producen. Tal vez deba sumergirme en ese mapa aún novicio de palabra política y teatralidad que voy trazando, a descubrir los síntomas y sus pertinencias. Pienso que, entre mis obras de hoy y aquella primera obra, ondula el mismo lazo. No hay abismo, no hay extrañeza: sigo siendo este. Quiero decir, el mismo muchacho de pueblo.

Quiero aclarar que la escritura se me hace estúpida justo hasta el momento en que se me olvida que esa vez quiero escribir la obra maestra. Entonces escribo. Soy libre. Esa obra no tiene la responsabilidad de cambiar nada. Soy libre. Escribo, escribo, escribo y la termino. Yo no he escrito tanto, solo poco más de una decena de textos teatrales hasta el momento. Soy lento y riguroso con lo que determino que queda en el papel. Tal vez por eso en mi vida solo escriba unas pocas obras sencillas y jamás la estúpida que cambie algo.

Creo que cuando mejor me siento frente al proceso es en las versiones sobre esos primeros materiales. Justo ahí me siento un verdadero escritor. Cualquiera de mis obras era otra obra antes de su segunda versión, eso puedo asegurarlo. Yo creo que hay que versionar mucho, cincelar mucho, escribir una y otra vez sobre eso que ya está escrito. Todo puede cambiar, todo tiene que cambiar porque si no las máquinas podrán hacer algún día lo que nosotros. Quiero que las máquinas sientan que no es posible, que cualquiera de mis obras aún sigue viva sobre mi escritorio. Cuando hablo de máquinas refiero también a política, mercado, etcétera… El teatro tiene una cosa magnífica, y es la escritura desde la escena misma, esa que en sentido general toca a los actores y al director. Un verdadero privilegio el artefacto escritural del teatro, ¿verdad? En el teatro todo es sustituible, empezando por el autor.

Recientemente acaba de publicarse una obra de teatro para niños… por qué el teatro para niños…

Sí, Balada para Jake y Mai Britt (Premio la Edad de Oro 2014, Gente Nueva, 2015). Balada… es la segunda obra de teatro que escribo para niños. Antes, bueno, había escrito El Gallo Electrónico, que tantas alegrías me sigue trayendo (¡y dinero!) Yo creo que el teatro es uno solo: el que se destina para niños o para adultos, o el que sea. Cuando yo me siento a escribir una obra no pienso en eso, sino en la realidad a la que quiero aproximarme. Acá en Cuba tenemos como toda una estirpe de caudillos que pasan raya siempre que pueden, buscando, sobre todo, y como lo veo yo, mantenerse en terreno fácil, como que a la defensiva. Se hace necesario atentar contra eso que, entre otras cosas, explica los ñoñerismos. Me interesa mucho el contexto en que se mueven personajes de edad niños, y los sistemas de relaciones que allí existen. Pero no es algo que yo busco, es decir, yo no digo voy a escribir una obra para niños, no; es parte de mi proceso de creación, es algo real. En la literatura de Cortázar, por ejemplo, eso está más que claro. Yo no modulo temas, no flexibilizo el lenguaje (los personajes hablan tal cual, ¿no?), no ablando la cuestión, etcétera; no, muestro lo que es real, y que conforma parte del ángulo de la narración donde el niño es un sujeto activo. La novela para niños y la narrativa en sentido general tienen eso más que claro; al teatro ha costado mucho que llegue, pero creo que ya nadie puede detenerlo. Quiero seguir escribiendo así, sin preguntármelo mucho.

Balada… es una obra que ha sido muy aplaudida y también muy atacada, en principio porque algunos no la consideran una obra para niños. ¿Pero para niños de prescolar? No, creo que no. ¿Pero y el resto de la infancia? Yo estiré al niño que fui hasta donde pude, y hoy todavía intento agarrarle la mano. Eso es otro gran debate: los públicos. ¡Los públicos! La verdad es que pienso que hay que trabajar más sobre esas realidades concretas, esos mundos, que siguen sin encontrar respuestas, por lo menos no en los escenarios. Y entendido así, como respuestas, como presencias, anhelo seguir escribiendo teatro también “para niños”.

Dicen los escritores de la generación 0 – Sheyla Valladares, Yunier Riquenes

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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