Entre cronopios anda el juego

Escrito por Alex Fleites

(Prólogo del libro Historias cubanas de cronopios, famas y esperanzas, Ediciones Unión, 2018; compilación de Alex Fleites)

Este libro es fruto de un malentendido. En vez de ser una colección de relatos breves de escritores cubanos que rinden admirado tributo a Julio Cortázar, debió tener un único autor: yo.

Durante décadas amasé el propósito de juntar historias breves sobre la abrasiva y delirante cotidianeidad, ocurridas en el plazo y lugar que me han tocado en suerte. Serían (como ahora) textos que se apropiaran de los presupuestos del escritor argentino fijados en su célebre Historias de cronopios y de famas (1960), con un tono similar y con protagonistas idénticos a sus arquetipos: cronopios, artísticos y disparatados; famas, controladores, atildados y burocráticos; esperanzas, húmedas e ingenuas, pringosas, de sonrisas idiotas y perennes.

Como el signo distintivo de mi carácter es la pereza, fui difiriendo la concreción del plan a la espera de un tiempo más “sosegado y próspero”, sin urgencias económicas ni tormentas emocionales. Exactamente lo contrario a lo que ha sido, es y, por lo visto, seguirá siendo mi vida. Quiero decir, que no me sentaba a escribir, aunque no por ello dejaba de imaginar los divertidos relatos que conformarían el volumen.

Cierta tarde canicular, que nos llevó a refugiarnos en un portal de El Vedado, le comenté S mi plan. Esperaba que, con mis mismos argumentos, aquellos que cada mañana me repetía ante el espejo, me impulsara a ponerme a ello de una vez. A veces uno necesita que lo empujen, y no precisamente en la guagua…

– Voy ahí –me dijo S–. Esta vez no pienso quedarme fuera.

Se refería a antologías de narrativa que había elaborado años anteriores y en las cuales, por diversos motivos, no figuraba ninguna pieza suya. Pensé sacarlo inmediatamente del error, decirle que era un comentario, no una invitación, pero S, tan cronopio como es, ya estaba hilando, una tras otra, ideas de lo que podría ser su contribución al libro, y reía, gozoso, con lo que imaginaba. Mi natural abulia tiende a ceder ante el entusiasmo de los otros. Me dije que al día siguiente, mediante una llamada telefónica, desarmaría el castillo de palabras de S, lo llamaría a la cordura, y le diría que ya habría en el futuro más de una ocasión para trabajar juntos.

Pero si de cronopios se trata, el desmadre es el estado habitual. No tuve tiempo de llamar a S. Muy de mañana M y P dejaron en la contestadora sendos mensajes bulliciosos: que contara con ellos para el libro de cronopios, que les dijera a cuántos relatos tocaban por cabeza, la fecha de entrega, la extensión de los textos… Incluso M, que me había dado un portazo en las narices hacía meses, exigió en gíglico, o lo que ella creía que era gíglico (Lenguaje inventado por Cortázar en Rayuela (1963), algo así como un código secreto entre enamorados) un lugar en la nómina.

Así que no hubo caso. Ya el libro no sería escrito por mí. De pronto me vi, una vez más, pastoreando a (y pastando con) una tribu de espíritus creativos y anárquicos, susceptibles y generosos, desafinados y gritones, puntillosos y desmemoriados, que desde distantes puntos del mapa se iban sumando al volumen de cronopios cubanos (operación matemática predilecta de esos seres floridos que no saben de fronteras).

A los veinticinco autores que aquí aparecen los une la admiración por la obra de Julio Cortázar (Bruselas, 1914 – París, 1984), de la cual seguramente tuvieron la primera noticia gracias a la colección Literatura Latinoamericana de Casa de las Américas. Ellos provienen de diferentes generaciones y ejercen disímiles estéticas. Algunos ya habían incurrido en el microcuento, otros lo hacen por primera vez; y todos trabajaron expresamente para este empeño.

En una ocasión Cortázar dijo que “la yuxtaposición de la visión infantil y de la visión adulta produce el poeta, el criminal, el cronopio y el humanista.” El desajuste entre realidad y percepción, la no aceptación a priori de cualquier imposición, el rechazo a todo tipo de dogma, el sentido lúdico (que no frívolo) de la vida, el oído atento para la erosión de las palabras y la vista aguzada para detectar los brotes de lo nuevo, diríamos nosotros, signan el paso de los cronopios por el mundo, esa fuerza numerosa y solidaria que hace que la tierra siga girando sobre sus chirriantes ejes.

Damos, finalmente, las Historias cubanas de cronopios, famas y esperanzas a la imprenta, con la certeza de que llegará a tus manos, lector, después de que los trabajadores de la poligráfica se cansen de competir a ver quién rueda más rápido las bobinas de papel, y la secretaria del gerente termine de pintarse estrellitas y lunas en las uñas (actividades ambas netamente cronopias), y pase la orden de imprimir a los talleres.

El Vedado (junio de 2018)

Autores que aparecen en esta compilación:

  • Rafael de Águila
  • Arturo Arango
  • Tamarys Bahamonde
  • Nieves Cárdenas
  • Daína Chaviano
  • Yamil Díaz
  • Mylene Fernández
  • Alex Fleites
  • J.R Fragela
  • Manuel García Verdecia
  • Alberto Guerra Naranjo
  • María Elena Llana
  • Eduardo del Llano
  • Jamila Medina
  • Reinaldo Montero
  • Dazra Novak
  • Ernesto Peña
  • Alejandro Querejeta
  • Soleida Ríos
  • Yunier Riquenes García
  • Ricardo Riverón
  • Legna Rodríguez Iglesias
  • Juan Siam
  • Karla Suárez
  • Yoss

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