Sobre Escuelita de los horrores

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Escrito por Enrique Pérez Díaz

Siempre me he preocupado mucho por la indefensión en que se encuentran los niños frente a todos los adultos, entiéndase: familia, escuela, instituciones sociales, etc. Si algún sentido he querido darles a mis libros, es el de que en ellos se haga justicia a la infancia desvalida, ultrajada, preterida o digna de compasión. Ya se sabe que la realidad literaria suele distar mucho de la realidad objetiva, pero, lamentablemente, cuando se apoya en ella, ambas pueden hallar una comunión increíble, que en ocasiones hace a las obras literarias más verosímiles que la propia realidad.

En los libros que he escrito, siempre existe un niño como protagonista. Nunca me he cuestionado si mis novelas o cuentos son para niños o para adultos, ¿Acaso serán para todos? ¿Para nadie? ¿Para alguien que por no haber nacido no los puede leer y aquilatar todavía en su justo valor?

No sé, me asalta una historia hasta el punto de hacerme olvidar mi propia vida. Pienso en ella, sufro con ella, me desgasto o me enriquezco con ella y, al fin —¡oh milagro! — llega el mágico instante de escribirla.

Escuelita de los horrores era un viejo proyecto largamente esbozado hasta en un esquema de los que a veces trazo en agendas para pautar algún libro futuro. Pero el momento de escribirlo vino sorpresivamente cuando me encontraba becado en 1998 en un viejo castillo medieval de Baviera, en la Biblioteca Internacional de la Juventud de Múnich. En el Schloss Blutenburg me atacó de repente la idea de escribir esta novela. Aquel castillo donde aún se respira el aura de grandes escritores como su fundadora Jella Lepman o del maestro Erich Kaestner, sitio donde se guardan las pertenencias de Michael Ende o donde, según muchos, se pasea el fantasma de la emperatriz Sissi, quien una noche durmió precisamente en la torre que más yo solía visitar.

En medio de muchos libros, de encontradas investigaciones sobre los Premios Andersen, sobre la presencia de los elefantes en los libros para niños, sobre la travesía de los Reyes Magos por la página impresa, abandoné un proyecto de escribir una obra sobre los taínos, nuestros primeros balseros, y me sumergí de lleno en el fatum de esta historia.

Sabía que era yo mismo su protagonista, yo mismo, sometido por mi propia familia a la experiencia del desarraigo de mi escuela, de mi barrio, de mis amigos, de mis animales queridos y a la vez, arrastrado a un mundo completamente nuevo, un mundo que nunca acepté y del cual me sentí extranjero desde el primer instante.

Luego vendría la sugestión por aquel ambiente en que vivía. Luego, vinieron los recuerdos de antiguas maestras y como siempre, el desarraigo familiar que tantos niños sufren en el mundo y que motiva que, a veces, de golpe y porrazo, habiéndose sentido solos durante tanto tiempo, descubran de pronto que tienen un montón de hermanos que la vida, las circunstancias o hasta sus parientes cercanos, les habían escamoteado.

Escuelita de los horrores marca un giro bastante evidente en mis libros y es que por primera vez sus protagonistas son capaces de hacerse justicia, sin aguardar por la clemencia a veces tardía de los mayores o por esa anhelada justicia divina que tanto se hace esperar. Estos niños se rebelan, hacen un frente único y guían la vida a su capricho. ¿Debería ser así? Quién sabe.

Este libro es una secuela —todavía inconclusa— de Escuelita de los horrores. Quienes leyeron el primero conocen que en aquella historia se encuentran varios hermanos que fueron divididos al nacer, pero siempre queda uno del que nada se sabe.

Tras los telones de diversión que tiene esta historia neo-gótica, rocambolesca, estrafalaria y algo humorística, hay solamente un paisaje evidente: el derecho que todos tenemos de hacernos justicia a nosotros mismos, defender nuestra individualidad y libertad personal para optar y elegir. Y eso comienza precisamente, amigos, cuando nos sentimos —y a la vez somos— capaces de aprender a pensar. En esta nueva obra, inédita hasta hoy (pese a haberse escrito solo un año después que Escuelita…) el grupo vuelve a correr trepidantes aventuras en pos del quinto gemelo perdido… ¿Lograrán encontrarlo esta vez?

Tomado del libro ¿Dónde estás, Paulo?, Editorial Orto, 2018.

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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