ColumnistaAlvaro Castillo GranadaMundo editorialReseña

Salvada por la campana, Dazra, despreciada

Antes de llegar al último asalto de una pelea de boxeo pactada a doce y uno de los peleadores es derribado a la lona, faltando pocos segundos antes de que termine el conteo de protección y el round, el sonido de la campana lo salva del knockout.

(Si estoy equivocado en esto, Rafael de Águila, por favor no me corrijas porque desvirtúas toda mi idea).

Al levantarse, desbaratado, y dirigirse a su esquina es “despreciado” por una parte del público: “Salvado por la campana”. No deja de ser irónico que este término boxístico lo empleemos en múltiples oportunidades cuando, por una fracción ínfima de tiempo, el resultado de algo puede cambiar. Es algo parecido o similar a una postergación. A un aplazamiento en la mayoría de los casos. Aunque, por supuesto, puede suceder que los papeles se inviertan y el salvado se recupere, saque un último aliento, y se convierta en el ganador.

Traigo a colación este dato boxístico porque pienso, siguiendo la metáfora cortazariana de que en el cuento el autor gana por knockout mientras que en la novela lo hace por puntos, para tratar de definir el efecto que produce en el lector (o por lo menos es lo que hizo en mí) el acto de leer los cuentos de Dazra Novak que hoy están reunidos, al fin, en este libro publicado por Ediciones Isla de libros: Los despreciados, todos ellos obstinados participantes del Concurso Iberoamericano de cuento Julio Cortázar. Tres de ellos mención.

Un aplazamiento de la victoria, un dejar en el lector la sensación/la experiencia de que, a pesar de que el cuento se ha terminado de leer, el resultado de este se ha postergado salvado por la campana. El cuento se queda en nosotros y nos acompaña de camino a la esquina, a la nuestra, para, mientras nuestro entrenador nos da las indicaciones de cómo enfrentar lo que falta de la pelea, cómo esquivar los ganchos y los upercuts que nos están demoliendo el hígado, volver a levantarnos y seguir el combate.

Lo que busca, entonces, Dazra Novak no es noquearnos. Lo que busca es darnos una oportunidad, una campanada, para que no dejemos de pensar en lo que nos está sugiriendo mientras nos está contando una historia que no va dejar de darnos vueltas en la cabeza, mareándonos, confundiéndonos, atemorizándonos, aterrándonos.

Eso fue lo que experimenté y sentí la primera vez que leí sus cuentos. No sólo estos que hoy nos convocan, sino los de sus dos anteriores libros: Cuerpo reservado y Cuerpo público. Esta variación estratégica me sedujo de inmediato.

Lo otro que me atrajo fue su voluntad de construir una voz narrativa muy particular que me hace sentir que detrás de estos está la intensidad de una escritora que tiene la necesidad de crear un mundo propio a partir de atmósferas y fantasmas sin apelar jamás a lo fácilmente identificable como “cubano”. No se trata, entonces, de ser una escritora con una nacionalidad determinada sino de, por el contrario, de ser una escritora que se aproxima a sus historias a partir de lo que la atrae, inquieta, aterra, oprime, angustia teniendo en cuenta que no hay necesidad de buscar el facilismo de lo obvio para instalarse mejor en ese “no lugar”, del que habla el francés Marc Auge, cuya patria es el lenguaje.

Además creo que Dazra aprendió la lección de Luisa Valenzuela sobre la necesidad de que a la escritura la acompañe el “secreto”. La escritura no solamente revela sino devela. Envuelve como una seda lo que queremos contar con múltiples velos que es necesario quitar uno a uno, como quien es desnudada o es desnudado por el que mira a través de una ventana, para dejar ante nosotros, los lectores, lo que nos interesa narrar: el cuerpo reservado y el cuerpo público. Esta es una voluntad narrativa que, creo, nuestra autora descubrió muy pronto y estos cuentos (Alguien se ha robado los cacatillos, Matadero, De la imaginación y otros asuntos menores, Conversación con el extraño, Minandre y Rosa Cachete) nos lo corroboran.

Consultando el Diccionario de sinónimos y antónimos de Sainz de Robles encuentro un sinónimo perfecto para estos “despreciados”: irreverencia. A esta es la escritura que nos enfrentamos.

Todos los cuentos son salvados por la campana. Despreciados por no noquearnos. Despreciados por los seres y fantasmas que los habitan. Despreciados por diferentes. Y por quedarse con nosotros mientras regresamos, después de ser arrojados a la lona, a nuestra esquina para intentar respirar, tomar un segundo aire, cauterizar nuestras heridas y volver al combate con la esperanza de que el monstruo no nos derribe.

Creo que ya me he extendido más de lo necesario. Acá vinimos a escuchar a Dazra, nuestra Dazra, una mujer despeinada que mira el mundo de una manera fija para encontrar las intermitencias que la convocan a construir una historia que la habita y que se queda con nosotros más allá de la lectura. Y que nos salve la campana.

(Concordia, La Habana, 16 de febrero de 2019)

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Librero y lector. Investigador de la vida y obra de Pablo Neruda. Curador de exposiciones bibliográficas en Bogotá, Buenos Aires, Lima y La Habana. Es Director de Ediciones Isla de Libros (Bogotá). Antologador de poesía cubana.

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