Jorge Oliver: sin principios ni finales

Una de las cosas que más aprecio en el arte y la literatura es la autenticidad. Los más genuinos artistas y escritores, aunque de alguna manera siempre tengan cierto remanente de quienes les influyeron, acusan una originalidad a toda prueba que les hace marcar un camino, dejar una huella, sentar un rumbo y permitir que enseguida nos digamos: ¡Este es él y nadie más que él! No van a la moda, no siguen patrones, se pasan de los cánones y mucho menos respetan disposiciones al uso (y abuso). Lo simpático es, sin embargo, que, por su propia esencia, jamás se dan cuenta de ello. Otra cosa que admiro en los más genuinos y auténticos artistas es la humildad, esa convicción de no sentirse únicos en el mundo y ser capaces de vibrar solidarios con el universo. Solo la gente humilde y sencilla no vacila en ser puerta, puente, sendero y hasta alfombra, para que otros den sus pasos y avancen. Pero cuando alguien camina sobre una alfombra así no la desmerece pues, mágica como es, ella no deja de brillar, tener vida propia y hechizarnos con la belleza de su trama colorida, irrepetible.

Se me va a perdonar esta introducción ambigua. Pero eso es justamente para mí Jorge Oliver: un verdadero artista que no necesitaría de asociación alguna pues ya su obra es harto conocida, valorada y, sobre todo, amada por la infancia. Pero lo ennoblece su afán de continuar y el que nunca vacile en acometer cuanto proyecto dedicado a la infancia sienta adecuado para entregarse a ella en cuerpo y alma. Una larga tradición en el mundo de la historieta y el animado lo avalan, pero nunca le basta. Siempre descubrimos al Oli, renovándose una y otra vez, ya sea en una gustada colección de cuentos para leer y jugar con Ediciones ICAIC, como de la mano del exitoso Chamaquili de Alexis Días Pimienta o como ocurre ahora con la serie del planeta Cachivache de Maikel Chávez, publicada por Ediciones Cubanas. Es que el Oli es un gran niñote sin edad, inquieto, juguetón, cubanísimo, que jamás se agota y todo el tiempo va en busca de un derrotero otro a donde llevar sus pinceles, que son su alegría, su humor, su trazo firme y seguro, su mundo lúdico y tan expresivo pese a su aparente sencillez. Recorrer su obra es adentrarse en la buena aventura, esa que nos hace crecer, nos reta provocadora y nos alienta… para descubrir que todavía podemos ser —los felices, idolatrados, evocados y lejanos infantes que alguna vez, en un remoto paraje del tiempo, fuimos…

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