Libreros cubanos: “La que me llama mi niño…”

No sé el nombre de esta librera. Y creo que ella no sabe tampoco el mío. Es más: estoy seguro de que los dos los ignoramos. Su librería está por la calle Reina. En la esquina antes de llegar a La Avellaneda, yendo hacia Carlos III.

Ya no recuerdo hace cuantos años nos conocemos. Desde cuando está allí. ¿Quince años? ¿Diez? Su presencia hace parte de mi paisaje cotidiano. De alguna manera extraña los tiempos se van acortando hasta fundirse todos en un presente constante. O un pasado permanente. Lo cierto es que siempre me saluda (y se despide) diciéndome “Mi niño… Mi chiquitico…”. Y yo le respondo de igual manera.

No le he comprado muchos libros. Recuerdo dos tomos sobre el Che (malos y llenos de errores cantidad, como el de considerar verdadera la foto-montaje que alguien hizo de John Lennon y el Che tocando guitarra), un libro mexicano de conversaciones con escritores (Fernando Vallejo y Juan Villoro entre ellos) y un libro de poemas de Gioconda Belli de la editorial Visor. Apogeo, tal vez… Ese libro viajó conmigo a Colombia. Aguardó, sin saberlo, a que ella fuera invitada por Federico Díaz Granados al Festival de Las líneas de su mano, para ser dedicado y regresara en septiembre para el cumpleaños de Carlos Orallo, mi hermano. Como corresponde.

Hacía mucho tiempo no la veía. Cuando preguntaba por ella su reemplazo (un muchacho muy amable) o Rolando (un hombre mayor que siempre está sentando frente a la librería mirándolo con sus ojos cubiertos por unos espejuelos oscuros, ¿es el dueño de la librería acaso?) me decían que estaba en Santiago de Cuba. Quería tomarle una foto y escribirle este texto (que entonces habría sido el mismo y otro a la vez) para mi serie de homenaje a los Libreros cubanos. Mis libreros cubanos.

Hoy, rumbo al Vedado para almorzar con Ester, subí por Reina para pasar por la Escuela República de Colombia y preguntar por Teresa para coordinar la entrega de la bandera y el mapa de Colombia que le traje (y los libros que Irene Vasco les dedicó a las niñas y los niños). En la entrada estaba la custodia que, cuando me oyó hablar, me reconoció y me dijo: “Tú eres el compañero colombiano… tú eres de la casa…”. Cosa que, por supuesto, me hizo sonrojar.

Decidí regresar a la Avellaneda, antes de bajar por Belascoaín a San Lázaro, para ver si habían sacado algún libro nuevo que me estuviera destinado cuando la vi sentada, en su sillón, a la entrada de su librería.

Me acerqué y le dije:

-Niña… estás perdida… llevo mucho tiempo sin verte…

-Mi niño, mi chiquito –dijo, mientras se levantó y me dio un beso en la mejilla.

Estaba en Santiago. Le había preguntado a Rolando por ti.

-¿Y que estabas haciendo por allí?

-Enterrando a mi hija… la única hembra… se me murió…

En ese momento una carga de dolor cayó sobre ella, la dobló y la obligó a entrar a la librería. Llorando. Yo, mudo, me acerqué a ella, la abracé, le acaricié la cabeza y le di un beso en la frente.

-Lo siento… yo no sabía…

-No te preocupes mi chiquitico… No te preocupes…

Y añadió:

-Yo a ti te quiero mucho.

-Y yo a ti -le respondí mientras mi abrazo volvía a albergarla.

Esa es mi librera cubana, la que me llama mi niño, mi chiquitico…

(Concordia, La Habana, 19 de febrero de 2019)

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Librero y lector. Investigador de la vida y obra de Pablo Neruda. Curador de exposiciones bibliográficas en Bogotá, Buenos Aires, Lima y La Habana. Es Director de Ediciones Isla de Libros (Bogotá). Antologador de poesía cubana.

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