Complaciendo peticiones

Escrito por Aida Bahr

Prólogo de El libro de las presentaciones, publicado por la Editorial Oriente.

 

Este es un libro que debe su existencia a la satisfacción de solicitudes, que como se sabe pueden ser gratas o agobiantes, pero en este caso creo poder afirmar que fueron bienvenidas de muy buen grado. Eduardo Heras León, el Chino, como le llaman todos los escritores cubanos, y muchos en el extranjero, ha sido invitado a presentar un número incontable de títulos, algunos por deber de editor, pero casi siempre a pedido de amigos y colegas muy queridos.

De que ha cumplido bien con esa tarea es prueba fehaciente la reiteración de tal actividad. Tanto les ha parecido así a muchos de quienes asistieron a esas presentaciones que solían manifestarle la conveniencia de reunir esos textos breves en un volumen para hacerlos menos efímeros. El Chino terminó accediendo y conformó este libro para la Editorial Oriente; al entregarlo pidió que yo le escribiera una introducción —no estoy segura si mencionó la palabra “prólogo”— y, a pesar de mi certeza de carecer de idoneidad para ese empeño, me apresuro a complacer el deseo de alguien a quien conocí en mayo de 1980 (si la memoria no me traiciona, como lo hace casi siempre), en una Jornada Navarro Luna en Manzanillo.

El Chino estaba entonces envuelto en la aureola entre mítica y escandalosa de haber sido uno de los sancionados durante el Quinquenio Gris, que por entonces no llamábamos así ni de ninguna otra manera. Vale decir que cuando me encontré detrás de un mulato flaco y achinado, en pleno parque central de Manzanillo, y alguien me dijo que era Eduardo Heras León, el autor de Los pasos en la hierba, lo que vino a mi mente fue mi profesor de Literatura Cubana en la Universidad de Oriente, hablando en voz baja y como de soslayo sobre un trío de narradores que habían publicado entre finales de los sesenta y principios de los setenta unos libros “polémicos”, que daban una imagen “poco constructiva” sobre los hombres que habían protagonizado la última etapa de nuestras luchas (advierto que no hay ningún uso sexista del idioma, en realidad en esos tres libros no hay mujeres protagonistas).

Toda la información que se nos ofreció sobre tales obras se limitó a esas pocas frases, y por suerte yo contaba con la bien surtida biblioteca de José Soler Puig, por lo que me fue dable leerlos todos, pero en el momento en que coincidí con Heras en el mencionado evento, todavía no lo había hecho, y mi curiosidad era más de índole social que literaria.

De ese primer intercambio, por demás bastante superficial, quedé con la impresión de que se trataba de una persona sencilla y con sentido del humor, pero en los años siguientes de esa década leí Los pasos… y La guerra tuvo seis nombres, que me gustó incluso más, compartimos en numerosos eventos y lugares del país, y terminamos por convertirnos en esa categoría de amigos que están alejados espacialmente, y en ocasiones dejan de tener comunicación durante mucho tiempo, pero que cuando se reencuentran se saludan con afecto y alegría, como si apenas hubieran transcurrido unos días sin verse.

Este conjunto de textos que, puestos a clasificarlos genéricamente, podríamos calificar de reseñas promocionales, sirve para incitar a la lectura de los libros a los que hace referencia, pero más que eso, sirve para caracterizar a su autor.

Quien no conozca al Chino Heras —y realmente dudo que se dé ese caso entre los lectores de literatura en Cuba— podrá percatarse rápidamente de que se trata de un hombre que vive para la literatura, específicamente para la narrativa, con marcada preferencia por el cuento; alguien, además, con acendrada vocación de maestro, apasionado por el estudio y la enseñanza de los procedimientos técnicos que sostienen la urdimbre textual, y también alguien con una vida rica y diversa (mucho más de lo que el libro permite apreciar), que ha cultivado amistades que cualquiera le envidiaría.

De la mano del Chino Heras se acerca al lector a obras de creadores de diferentes generaciones, algunos ya fallecidos como Pablo de la Torriente Brau, Enrique Serpa y Lino Novás Calvo, pero en su mayoría personas con las que tuvo, y tiene, algún grado de amistad: desde Félix Pita Rodríguez a los novísimos (que ya hace rato dejaron de serlo, incongruencia de las etiquetas literarias), y los egresados del Centro Onelio Jorge Cardoso, pasando por Antón Arrufat, Reynaldo González, Senel Paz, Sacha, Abel Prieto, Chely Lima y Ana Luz García Calzada (porque en este volumen las mujeres sí están muy bien representadas, aunque siguen en minoría), el despliegue de narradores cubanos se combina con escritores foráneos de la talla de Abelardo Castillo, Eduardo Galeano, Mempo Giardinelli, Dick Cluster, Gore Vidal, Luisa Valenzuela y Juan Villoro.

En casi todos los casos, además de comentarios al libro en cuestión, encontramos un esbozo de la personalidad de su autor, la anécdota inevitable que nos remite al ser humano, siempre desde los ojos del Chino, porque se trata de testimonios propios, en algunos casos muy cargados de emoción.

En sus presentaciones Heras apuesta más por transmitir una impresión afectiva y resumir los logros en cuanto a la maestría técnica que por describir los contenidos. A veces parece estarse dirigiendo más al autor que a los lectores, porque utiliza un discurso personalísimo, que procura explicar la importancia que esta obra específica ha tenido para él, y no se trata solamente de textos que lo hayan marcado como creador y como persona, que los hay —véase Juan Cristóbal, de Romain Rolland, o El tábano, de Ethel L. Voynich—, sino también de títulos que se intersectan con su propia vida, como Girón en la memoria, de Víctor Casaus, Que levante la mano la guitarra, del mismo autor junto a Luis Rogelio Nogueras, y Canciones del mar, de Silvio Rodríguez.

En resumen, las páginas de este libro nos inducen a la lectura de otras —y un defecto que puede señalársele es que no todas están disponibles, ni siquiera en bibliotecas— y, sobre todo, nos conservan una faceta de quien es Premio Nacional de Edición y Premio Nacional de Literatura, por su labor como editor y narrador, pero que tiene un reconocimiento todavía mayor, aunque no conste en diploma, por su incansable promoción de la narrativa cubana; esa vocación de servicio y esa capacidad de comunicación le han ganado al Chino innúmeros alumnos, que se transforman en amigos, esos que quieren retener su palabra hablada, además de la escrita. Leer este libro es, simplemente, sentarse a escuchar al Chino.

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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