Reseña

Un libro “No apto para Mayores” en Feria de La Habana 2019

Por: Yansy Sánchez

Lejos del e-phone y del play station el mundo también continúa en los entornos más campestres de Cuba, donde los motivos naturales son los mejores aliados del niño, y sus conflictos esenciales les inquietan como a los demás. No apto para mayores es la noveleta de Yunier Riquenes García publicada por primera vez por Ediciones Caserón y ahora por la Editorial Oriente que, a pesar de estar concebida para niños (de ocho a diez años, pienso), nos despierta alguna extrañeza al confrontarnos con ambientes, personajes y léxico característico del entorno rural.

Con cierto desenfado, este autor de admirable versatilidad transita por las motivaciones de ese niño y sus “fantasías”, consideradas aquí una suerte de lo real maravilloso. Las ovejas, el río, las palomas y un perro llamado Lobito son, por mucho, los más ligados cómplices del protagonista. Pueden dialogar entre sí, ser solidarios e incluso acordar la guerra.

No apto para mayores nos cuenta eso: la necesidad de un niño de que se le reconozca y se le respete en el entorno de los mayores. A través de esa perspectiva se nos muestra la visión de un mundo éticamente imposible para los adultos: sin maltratos, sin hipocresías, de ahí el empeño del niño por combatir a sus padres.

Yunier Riquenes aprovecha al máximo la insuficiencia informativa de su narrador para extender hasta nosotros (los adultos) el margen de sus posibles lectores. Con una lógica simple nos hace reflexionar sobre nuestras miserias. El niño no entiende, por ejemplo, por qué si Sary habla con mamá y parecen las mejores amigas, si hablan mamá y papá, Sary es —entonces una gorda desvergonzada y mentirosa. No logra nunca formarse una idea clara sobre Dios, no sabe si Dios es en verdad su aliado o si está con los adultos.

Declarar la guerra, en sus circunstancias, solo podía ocurrir en silencio. Las relaciones de poder advierten la superioridad de los padres; sin embargo, en la mente del niño las ventajas son compartidas. Esa conciencia de la manipulación como arma de poder, nos hace a ratos desconfiar de la ingenuidad de este narrador; acotaciones en su voz como: los menores hablamos de animales, a no ser que alguno repita lo que ellos (los mayores) dijeron, o el didactismo manifiesto en el capítulo de Faltas de ortografía (Escribir con faltas de ortografía es como andar sucio) nos descubre un tanto la voz del autor a través del niño.

Si bien a vistas de un lector exigente esta inducción, desluce, no son suficientes para ahogar la magia de una trama llena de pasión y de las inventivas del infante. Al río lo convirtió en Ri a causa de sus pocas aguas; a las ovejas, símbolo de su irreverencia, las hizo revelarse bajo su mando; opuesto a ello, añade a su comportamiento algunas escenas donde los valores de solidaridad y compromiso nos obligan a evocar nuestra infancia:

Lobito tenía (sarna) en la barriga y el rabo y mamá no me dejaba bañarlo. Le dijo a papá que lo echara en el carro del zoológico. ¿Cómo es posible que no le importara Lobito?

En cuanto al discurso de la guerra, la tesis del autor nos revela que no es propia del espíritu de los niños, la guerra es propia del espíritu de los adultos. La ofuscación manifiesta en el niño es el reflejo de la inflexibilidad del comportamiento de los adultos (cito: le sopló un manotazo por el tronco de la oreja). El espíritu de guerra en el niño como su única alternativa es la imagen que devuelve de los adultos. La conducta que estos le imponen, la refracta:

Antes no pensábamos en la pelea para resolver los problemas, pero poco a poco fueron diciéndonos:

—si te haló el pelo o te cogió la goma, no me des las quejas, pártele la cabeza, tírale la silla; no dejes que te cojan la baja.

Aunque suena recurrente entre los escritores la tentación por vindicar el cosmos ético del niño sobre las miserias de los adultos, nos llegan, sin embargo, con una tinta fresca estas narraciones junto toda esa visión encontrada de los infantes y su tendencia a volar a donde no existan los mayores, ni el riesgo a crecer, o a compartir en el mejor de los mundos sus anuencias con las bestias; narraciones, que si bien no pueden disimular el diálogo o el regusto que dejan los clásicos, acercan el lente a una realidad desprovista de ruido donde a veces creemos no exista ya civilización posible, y nos descubre que aún allí, el hombre sigue siendo en esencia lo mismo.

No apto para mayores termina como pensamos querría concluir el niño: el fin de su guerra y las ovejas felices y el río rebosando y un regalo de su amigo y sus padres muy, muy cariñosos con él en el día de su cumpleaños; en fin, la salida para todos sus conflictos, lo que procuraba en verdad el niño, y que es al cabo, la misión del autor.

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