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Rubén Rodríguez: Un muchacho de campo con la palabra como herramienta

Por: Moisés Mayán

Hubo un tiempo cuando Rubén Rodríguez se llamaba Ernesto. Un muchacho de campo con la palabra como herramienta. Por ese entonces el mundo era del tamaño de San Marcos―su pueblo natal―, región casi macondiana, burbujeante de historias y personajes. Por supuesto, en esa época yo no lo conocía. Él tampoco me conocía a mí. Pero mucho antes de que fuéramos semilla plantada en algún vientre, su bisabuela Berna y mi abuelo Emilio, se criaron como hermanos. Compartieron una niñez rural y exuberante como algunos cuentos infantiles de Rubén. Una juventud entusiasta y austera como ciertos poemas míos.

Tirando de los gajos de nuestro árbol genealógico descubrimos aquella ancestral complicidad, como una colmena agarrada de un guayabo, y desde ese momento, Rubén siempre me dijo primo.

Aunque él insiste en afirmar que es más periodista que escritor, para mí será siempre un escritor que hace periodismo.

Su quehacer periodístico me devuelve gratamente las vibraciones que percibí en el García Márquez de Textos costeños, o en las crónicas de Juan Villoro, por solo mencionar dos ejemplos… Pero a mí me sigue pareciendo un escritor, que en los desbordamientos de la ficción irriga también los campos del periodismo.

Sentados uno junto al otro (primos ya) en un ómnibus con destino a la Feria de La Habana, le comenté a Rubén sobre dos relatos suyos que de excluirse, convertirían en mutilada cualquier antología de cuentos cubanos, me refiero a “El color de la cereza madura”, y “El tigre según se mire”.«Me estás sonrojando primo», fue todo lo que dijo y se lanzó a comentarme sus más recientes lecturas. Hablamos de lo humano y lo divino durante casi 800 kilómetros, y tuve muchas veces la certeza de que tanto Rubén como yo, nos habíamos transformado en personajes.

La obra de Rubén ensambla de un modo biomecánico la literatura infantil y la narrativa para adultos. Acuden a mi mente las perturbadoras imágenes de la Revolución de los claveles, en la Lisboa de 1974, cuando los cañones de los obuses se atiborraron de espigas. Solo que la escritura de Rubén posee al unísono la potencia de fuego del obús y el hálito primaveral de los claveles.

No voy a definir con palabras altisonantes una obra que no precisa mis elogios, porque ha merecido el reconocimiento y la admiración de miles de lectores, que se acercan con el mismo asombro agradecido a las páginas del semanario ¡ahora!,o a la vida de Leidi Jámilton. Pero Rubén, que no envejece, que sigue siendo un muchacho que quizás pudo llamarse Ernesto, cumple este 12 de enero 50 años, y yo, orgulloso de su amistad, que es otro nombre de la lectura, de ese espacio imborrable que compartieron su bisabuela y mi abuelo, no puedo dejar de decirle: ¡Primo felicidades!

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