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Email a un joven poeta

Por: Moisés Mayán

Si volviera a nacer no sería poeta. Si volviera a nacer cien veces, probaría cien oficios diferentes, excepto poeta. Lo que intento decirte es que aún estás a tiempo. Pulsa el archivo donde guardas esos textos recién escritos, y desliza la yema de tu índice hasta la palabra «borrar». ¿Está seguro que desea borrar el siguiente documento? Oprime aceptar, como si estuvieras aplastando un mosquito en tu hombro. La palabra borrar es liberadora. ¿Qué? ¿Oprimiste el monosílabo No? Mal por ti. Entonces abrocha los cinturones, mantén tu asiento en posición vertical, y plegada tu mesa.

Lo primero que me gustaría decirte es que no hay musas. Como lo oyes. Sí, sé que no suena muy romántico, pero ni tú ni yo somos poetas románticos. Si pensaste en esas mujeres pasadas de peso y vestidas con túnicos multicolores como en un cuadro de Frans Floris, es mejor que renuncies a la idea. No hay musas, y por lo tanto no pueden bajar a tirarte un cabo con el poema.

Si persistes en la idea de escribir es hora de que vayas pensando en el lector. Escribir para Dios y para ti está bien, solo que tendrías dos únicos lectores, y me doy cuenta por la expresión de tu rostro, que no es eso lo que quieres. ¿Verdad?

No te desanimes, todos (aunque no nos guste reconocerlo) escribimos imaginando un hipotético lector. Solo que el lector ideal no existe. Perdona que dinamite esos monolitos. El lector ideal no existe, pero existe un abrumador cardumen de lectores voraces. Sé que te han dicho que la poesía ni se vende, ni se lee, pero manejo información clasificada, así que no te desesperes.

Leer, vivir, navegar o “la dictadura de los likes”

Mi lector y el tuyo no fueron construidos por Whitman, ni Eliot, ni Borges. No rotundo. El lector de tus poemas y los míos no ha sido edificado por los ciclópeos obeliscos de la literatura clásica. No somos el último eslabón en la cadena alimenticia de un lector que ya engulló a Cervantes o a García Márquez.

El lector de nuestro tiempo (incluso el lector del futuro) está siendo erigido por los imperios de construcción de públicos: Google, Instagram, Twitter, Facebook, YouTube, en fin, ya sabes de qué te estoy hablando. Reconoce que es mucho más fácil de lo que pensabas. Tu lector ya está listo. Está orbitando como un electrón en torno a la Wi-Fi. Desliza sus dedos por la pantalla del móvil, mientras lee, observa fotos, sube un emoticono, y oprime adictivamente la frase “Me gusta”.

¿Te gusta? Puede no gustarte, pero es ese el lector que está esperando por ti, no hay otro. ¿Que no es el lector ideal? Naturalmente, pero es el lector real. Para ese debemos trabajar. No, no es obligatorio. Tampoco es obligatorio que te lean. Lo que sucede es que el poeta es cada vez más responsable del producto poético que lanza al mercado. Sí, son palabrejas propias del marketing, pero el marketing editorial es también asignatura pendiente. ¿Recuerdas los infinitivos básicos? Amar, temer, partir. ¿Permíteme una sencilla modificación gramatical? Leer, vivir, navegar. Para escribir poesía tienes que leer como un condenado, vivir como si fuera tu último día, y navegar, navegar, navegar… En internet, por supuesto.

Conozco a muchísimos poetas jóvenes que han envejecido junto a cuadernos que nunca terminan. Eso no es perfeccionismo, ni exactitud de orfebre, eso es desidia. Los novelistas conocían desde Proust un concepto que solo unos pocos poetas asimilan, la literatura requiere tiempo. El oficio de la escritura es un depredador sediento de tiempo. Si te sientas a esperar a que bajen las buenas ideas, a que goteen como trozos de maná sobre tu cerebro desierto, es posible que te nazcan raíces. El poeta es absolutamente responsable del poema. No es su hijo, es su clon. Si quieres lograr clones óptimos debes mudarte para el laboratorio y experimentar.

Si algo positivo tiene la postmodernidad es que ha eliminado la vigilancia fronteriza entre géneros. Los novelistas ensayan, los narradores poetizan, y los poetas narran. En ese ajiaco nos movemos los que aspiramos a vivir de la palabra. ¿Qué hago entonces? La totalidad de los manuales de redacción y estilo que he consultado coinciden en que debemos ser claros. ¿Se entiende? Claro es claro. Hay que lograr la transparencia en la palabra. No, vuelvo a repetirte que no es obligatorio. Si quieres ser un poeta hermético disfruta de tu hermetismo, pero hasta los monasterios están abiertos al turismo. Con rima para que no se olvide.

Yo leo a Whitman, Eliot y Borges, pero mi lector real lee su muro de Facebook, las propiedades de un champú, el menú de una cafetería, sus SMS, los comentarios a sus fotos, los emails, y las frases de sus amigos en el chat. Hay una tendencia que se abre paso como un buldózer virtual, una obsesión que ha definido Lola Morón como “la dictadura de los likes”, porque a todos nos gusta gustar.

Lo que sucede es que no hemos aprendido cómo hacerlo. Cuando descubro que algo tiene miles de likes me detengo a observar, como un científico inclinado sobre su microscopio. Hay gérmenes, estándares, fórmulas que puedo extraer y luego inyectar al núcleo del poema con un cañón de genes. Acabo de descubrir que les he dicho suficiente. ¿Todavía piensas que dedicarte a la poesía es un buen negocio?

El lector que come pollos congelados que alcanzaron talla comercial en una granja sudamericana en apenas treinta días, que no asocia la hamburguesa y la vaca, el hot dog y el perro, y que le importa poco si el maíz de sus palomitas es transgénico, está ahora frente a tu poema. ¡No te quedes así, haz algo ya!

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