Siempre estuvo el agua o su recuerdo: Mi encuentro con Delfín Prats

Estoy esperando a leer lo que vas a escribir sobre tu encuentro con Delfín Prats. Sé que vas a hacerlo. Aquí o allá, no importa, pero lo vas a escribir –me dijo esta mañana Yunier Riquenes, mientras conversábamos sentados en un banco en el Pabellón Cuba.

¿Será que soy tan predecible? ¿Será que, acaso, algunos de los lectores amigos que tengo esperan que ciertas cosas las cuente en un texto? ¿Para qué escribo acaso? La respuesta es muy simple: para recordar y homenajear aquello o a quienes serán olvidados. Al convertirse en un texto las historias/los encuentros se transforman en leyendas. En mitos. Y estos, así no queramos o lo ignoremos, nos habitan de una manera honda: en un eterno presente.

Una de las cosas más difíciles de precisar para mi es el cuándo y por qué empiezo a leer a un escritor cubano. Los motivos extraliterarios se confunden con los literarios de una manera tan compleja que puede suceder, por ejemplo, que empiece a leer a un poeta por lo que dicen otros de él o lo que este dice que le pasó o dejó de pasar. Lo privado, esa a veces “vida sin épica” de la que habla con tanta pasión Ramón Illàn Bacca (a quien, entre otras cosas, le di un recorrido nocturno por La Habana junto a Ariel Castillo y su hijo, sin que nos dejara descansar con una sonsenutada pregunta: ¿Y dónde queda la catedral?) se imbrica con la obra hasta hacer un algo nuevo: oral y escrito, fondo y forma, leyenda y cuento, tiempo y memoria, realidad y mentira. Es esa, en mi opinión, la razón por la cual el campo cultural cubano es algo tan vasto y en ocasiones inabarcable. Hay que conocerlo todo para comprender la parte. Hay que escuchar el chisme para entender el brete. Un estudio formalista de esta literatura es casi imposible. Hay que “abrirse a las constelaciones” y, asere, deja ya la metatranca…

Creo (o quiero creer) que la primera vez que escuché el nombre Delfín Prats fue cuando leí Antes que anochezca, apenas salió y se formó el escándalo, la autobiografía de Reinaldo Arenas. No la leo desde entonces pero desde ese momento su nombre debió pasar a engrosar la lista mental de escritores que tengo por leer. Cuando era niño y no tenía libros, hacía las listas de los  que quería tener/leer cuando fuera grande. Esa lista caprichosa en algún momento se me debió perder. O la completé. Lo único cierto es que hay un momento en que los libros y sus autores se transforman en resonancias que esperan el momento en que el encuentro se produzca: en que el libro y mi recuerdo se reconozcan y se sonrían porque no puede ser de otra manera.

Ese libro de Reinaldo Arenas (del cual me encantó la parte de su infancia) se convirtió en un mapa para seguir, de la maledicencia en muchos casos, claro, pero una guía para comprender y conocer problemas y momentos complejos que aún (ni nunca) podré terminar de entender.

El primer libro de Delfín Prats

No me empaté con algún libro suyo hasta cuando, en el año 2009, encontré en la librería Vietnam (si, ya sé que ya no se llama así, pero cuando la conocí era ese su nombre y no he podido nombrarla de otra manera) de San Rafael, dos ejemplares de Striptease y eclipse de las almas. Uno para mí y otro para Yannis Lobaina, por ese entonces la promotora de Ediciones Unión y a quién había conocido hacía poco. Recuerdo aún su cara de asombro cuando vio el libro. Por ese entonces (y aún ahora) encontrar un libro de Delfín Prats era algo parecido a un milagro.

Sin mi biblioteca a mano para poder corroborar los datos y no confundirme o engañarme, es muy difícil escribir/contar esta historia. Acostumbro marcar mis libros en la esquina superior derecha de la primera página. Fecha y lugar en que los compré. De esta manera, también, los libros son los guardianes de un tiempo que por lo general no puedo precisar pero que es fundamental para el que escribe este texto como si fuera un cronista de su tiempo. Alguien para quién la precisión, el dato exacto, es un elemento narrativo del cuál es imposible desprenderse.

Entonces, por gusto… El recorrido bibliográfico y memorioso no podrá ser preciso, pero será verdadero.

Como siempre, como es, uno a uno fueron llegando sus libros. En las librerías que recorro una y mil veces aparecieron (y los nombro en orden alfabético para que no se me olvide ninguno): Aguas, Antología personal, Cinco envíos a Arboleda, El esplendor y el caos, El huracán y la palma y Lírica amatoria; dos llegaron gracias a mi amigo librero Carlos Orallo quien me regaló Abrirse las constelaciones y Para festejar el ascenso de Ícaro. Hasta una lectora y clienta colombiana, risueña y solidaria, que se detuvo en abril de este año en Holguìn y cumplió la misión con que la atormenté: conseguirme un ejemplar de El brillo de la superficie, su poesía completa publicada por Ediciones La Luz en una edición de 690 ejemplares (¡¿690 ejemplares?!). Tuvimos la fortuna de estar con mi amigo Pedro Manuel González el día en que se presentó en La UNEAC de La Habana (sin la presencia del autor) la edición 100 ejemplares de Lenguaje de mudos (publicada por Editorial Cuadernos Papiro, Holguín, 2011). Nos hicimos atrás, cerca del librero encargado de la venta de los veinte ejemplares en moneda nacional que trajeron, antes de que empezaran el molote y la guasanga (como dice Mireisy en Mataguá) por ese libro mítico condenado a un silencio pulposo y de cuya edición original casi no sobrevivieron ejemplares.

En febrero de este año, mi amigo y hermano, Luis Toledo Sande (quien iba para Holguín) cumplió una de esas misiones insoportables en que a veces embarco a los míos: pedirles a los autores que me dediquen sus libros. En este caso se trataba de las portadillas de todos los libros que tenía de Delfín Prats. Luis las llevó y las trajo de regreso, en perfecto estado y con la sonrisa de la misión cumplida. Todas dedicadas. Una por una… A mi regreso a Colombia me encontré, para completar, con la sorpresa inmensa de un mensaje de Facebook de Delfín Prats en el que me agradecía el gesto de coleccionar, leer sus libros y de hacerlos firmar. Le respondí que para mí era muy emocionante y conmovedor su mensaje y que esperaba que algún día pudiéramos encontrarnos y estrecharnos la mano.

La vuelta a Cuba en no sé cuantos días

Después de zapatear La Habana y Santa Clara hasta la saciedad decidí, hace apenas un año, emprender nuevos andares en la isla. Los dos primeros fueron Camagüey (que recorrí en la maravillosa compañía de Luisa Alejo, la amiga de toda la vida de Isabel y Armando) y Santiago de Cuba (que conocí en compañía de Yunier Riquenes, culpable de que ahora esté escribiendo este texto para contarle de cómo fue mi encuentro con Delfín Prats). El tercero fue Holguín, como corresponde.

A Santiago de Cuba y a Holguín decidí irme en camión. Sí, esos incomodísimos que salen apenas se llenan de la terminal de Villa Nueva. Es, de acuerdo a mí ya larguísima experiencia cubana de casi 24 años, la manera más democrática de viajar cubanos y extranjeros. Me explico: todos vamos igual de incómodos, cuando alguien timbra y se detiene para que los pasajeros bajemos a orinar, lo hacemos uno al lado de otro, todos nos aguantamos los mismos baches, comemos en el mismo sitio, Taguasco, y al mismo precio. A nadie le importa de dónde eres o no eres. Mi compañero de asiento iba para Mayarí y su nombre era Verónico, pero le decían “Moro”. Estaba en La Habana haciéndose unos exámenes de chequeo para su corazón y su diabetes. Sí, hablamos de todo… como es siempre entre los cubanos…

En este momento entra en escena un personaje fundamental en esta historia: Erián Peña Pupo, periodista y escritor, a quien no tengo muy claro como conocí primero: si personalmente o por Facebook. No importa. Lo que sí es claro es que sin sus consejos y orientación en la ciudad todo habría sido un poco más difícil y solitario. Cada ciudad, cada pueblo, cada lugar es también quién nos espera y nos acompaña. Paisaje y persona pasan a ser inseparables. Cuando nos cruzamos una mañana ingratamente con alguien que me dijo que estaba muy bien acompañado le respondí: “Sí, Erián es un excelente guía y además una buena persona”.

Le escribí un mensaje de texto contándole que iba a emprender el camino holguinero el miércoles 3 de octubre. Me respondió que allá me esperaba y que el jueves 4, a las cinco de la tarde, iba a estar Delfìn Prats en la sede de la UNEAC leyendo poemas.

-¡Ni que lo hubiéramos planeado!, le/me dije.

Llegué a Holguín después de casi doce horas de demoledor viaje. Erián me acompañó esa mañana en mi recorrido de librerías, me explicó cómo era la cosa, almorzamos y me dio las señas para llegar a la UNEAC. Obviamente llegué un poco antes. Busqué un parque (nada difícil en realidad) cercano y continué leyendo en voz alta El brillo de la superficie, su poesía completa, que me acompañó de vuelta a su Holguín natal con la esperanza de poder encontrarme con su autor y pedirle que me lo dedicara. A las cinco entré a la UNEAC y me senté a esperar. Al poco rato lo vi entrar: lo reconocí de inmediato (había visto algunas fotos suyas y el documental Seres extravagantes). Estaba conversando con alguien. Cuando se quedó solo me acerqué y le dije:

Delfín, tu no me conoces pero yo si… Soy Álvaro Castillo y hace unos meses me dedicaste unas portadillas que te trajo Luis Toledo Sande…
-¡Álvaro Castillo Granada! ¡Por fin nos conocemos!

Y nos dimos el abrazo que corresponde.

-¿Sabes que una foto tuya me trajo problemas?, me dijo.
-Una foto mía… ¿Cómo así, Delfín?
-Sí, una foto tuya en la tumba de Fidel… A mí me gustó mucho y la compartí. ¡Y se me vino encima una cantidad de gente! ¡Todos los ortodoxos!

Los dos nos reímos al mismo tiempo. Le mostré mi ejemplar de El brillo de la superficie. Le conté, ante su asombro de que lo tuviera, cómo había llegado a mis manos.

-Te lo dedico…

Y escribió: “Para Álvaro Castillo con la alegría de nuestro primer encuentro y la felicidad por una amistad siempre incrementada en la poesía. Delfín Prats 4-10-2018”.

-Y yo te traje un ejemplar de mi libro Un librero.
-¡Qué maravilla! Podré leerte… Me lo dedicas…
-Por supuesto.

Y en mi dedicatoria le agradecí la compañía y consuelo que me han dado sus poemas desde que comencé a leerlo. Sobre mi libro puso uno suyo: Aguas. Al poco rato llegó Erián.

-¿Por qué no vienen mañana a mi casa?

Nos miramos asombrados.

-Claro, Delfín…Dame la dirección. ¿A qué horas quieres que lleguemos? –preguntó Erián.
-A las diez.
-Allá estaremos.

La peña de Manuel García Verdecia (a la que estaba invitado Delfín) había empezado. Entramos los tres. El tiempo de la peña comenzó a expandirse sin control. En un momento se me acercó Delfín y me dijo: “Yo sólo voy a leer un poema… Esto está muy largo… Perdóname… quería leerte otros a ti…”.

-No te preocupes, Delfín. Yo estoy acá para oírte.

Y cuando llegó su turno, para cerrar la peña, no leyó uno sino tres. Hay algo en común que tienen la mayoría de los poetas cubanos, los grandes, por supuesto. Es su manera de leer y transformarse cuando lo están haciendo. La lectura se convierte en una representación: una puesta en escena. Pareciera como si el poema saliera de sus almas. Como si brotara por primera vez. Como si esa lectura en voz alta le diera su existencia plena. Y Delfín Prats es un poeta grande. Muy grande. Al terminar conversamos otro rato mientras cada uno seguía su camino, él a su casa a terminar de preparar la comida.

En casa de Delfín Prats

A las nueve pasadas llegó Erián a recogerme al hostal. Con calma, bajo un sol aplastante, llegamos a nuestro destino. Delfín nos estaba esperando en la puerta. Su casa es de una humildad extrema. Casi no tiene nada. Nada… Era un buen día. Tomamos café recién colado. Conversamos. Nos reímos. Me pasó varias fotos y entrevistas a mi memoria. Habló de muchas cosas. De sus años en la Unión Soviética, de literatura, de una foto que le tomó una estudiosa japonesa sosteniendo un ejemplar de El color del verano, de sus años como traductor de libros de medicina, de sus lecturas: Walt Whitman, Eliseo Diego, César Vallejo, del Pablo Neruda de las Residencias, de H. P. Lovecraft, de la ventana que cerró para tener un poco más de privacidad…

Debieron ser dos horas. Sin decirlo, ninguno de los tres, ya era el momento de irnos. Un beso en la mejilla, unas fotos y un abrazo sellaron el final del encuentro. Regresamos, agradecidos como un perro (como diría Rafael Alcides), al parque central. Habíamos recibido un regalo inesperado. Ni planeado habría salido tan bien.

Los dos sabíamos que:
“para que llegue al fin tu noche y sepas de repente
que lo que has estado aguardando durante tanto tiempo
que eso para lo cual has malogrado lo mejor de tu vida
eso que durante años te obsedió
hasta hacerte suponer que encontrarlo sería como recuperarte
aparecerá a la salida del trabajo
entre el bullicio de los que pasan enfrascados en sus problemas diarios
entre el vocerío de los que disciernen sobre los temas más cotidianos
para cruzar tan solo unas cuantas palabras harto conocidas
y echar a andar protegidos por algo al parecer perfecto
que no retendrán tus abundantes confesiones de este instante
ese olor inaudito que surge de alguna parte
desde algún ángulo increíble de la noche
que anulará todas tus perspectivas
tus preparativos como fiesta de pobre
ante la inminencia brutal de lo imprevisto.”

Así fue, Yunier Riquenes, el encuentro con Delfín Prats. Mi encuentro sin “preparativos innecesarios”. ¿Este es el texto que esperabas?

(Concordia, La Habana, octubre 15 de 2018)

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Librero y lector. Investigador de la vida y obra de Pablo Neruda. Curador de exposiciones bibliográficas en Bogotá, Buenos Aires, Lima y La Habana. Es Director de Ediciones Isla de Libros (Bogotá). Antologador de poesía cubana.

1 Comentario
  1. Gracias, por acercarnos a las grandes personas de las que no se tienen noticias fácilmente.

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