Palabras de Alejandro Ponce Ruiz al recibir el Premio José María Heredia 2018

Hace diez años no me sucedía algo así, con este calibre y este peso. Alegría a reventar es lo que siento en estos pocos minutos. El poemario Avestruces con distortion ha peleado por más de tres años en los más importantes cuadriláteros de la poesía cubana. Dos sacos, me dijo Guillermo Vidal, uno para ganar y otro para seguir con el sparring.

Mis amigos más entrañables saben que Santiago me cambia el cuerpo y me oxigena los pulmones, el corazón y el alma. Caminar con ellos por estas calles, a mis 44 años, sigue siendo un evento cargado de magia y complicidad. Ahora la ciudad vuelve a abrirme sus pasos. Tengo recuerdos vívidos de mi primer viaje: mi madre, mi hermano doce años mayor, el niño de solo siete que yo era, en la tarde un aguacero enorme, casi diluvial… Vívidas también la avenida Las Américas y las escaleras del Hospital Provincial, las más empinadas y anchas que había visto.

Era el año 1981 y en la Isla se vivía y sufría el punto más crítico de la fiebre porcina africana. Fascinado en mi niñez permanecí ausente a todas esas agresiones. Me agredía una ciudad recién descubierta, la lluvia, las hojas y las flores moradas y amarillas arrastradas por el agua contén abajo hacia la plazoleta, la majestuosidad de los árboles de Carretera Central, los edificios, el ruido ensordecedor de muchos automóviles.

Quiero agradecer a la Uneac de Santiago, a los organizadores del premio, y a este jurado que ha tenido la gentileza de fallar a favor de mis nobles Avestruces con distortion. Si me dejan decirlo alto y claro: ahora es que me lo empiezo a gozar.

Por último, quisiera se me permita dedicar este premio a algunas personas que siempre he considerado importantes en mi vida. Desde la muerte de Felícita Verdecia, mi abuelita paterna, y no puedo revelar las razones, es como dice el poeta mi amigo el poeta Omar Pérez: “entiendo, pero no explico”; dejé de ver a mis muertos como muertos. Ellos se transfiguraron para mí en expresión clarísima de la vida. Los siento, y de vez en vez, hablo con ellos. Después que esas conversaciones terminan, sigo creyendo que no estoy loco, que no requiero ingreso en hospitales de día.

Entonces, en primer lugar, dedico este premio a mi hermano de verija, Eduard Encina, por lo dicho en el párrafo anterior, y porque sé que, en algún momento, esta noche, se me acercará para susurrarme: “Así se hace, caballo”.

En segundo lugar, y no por ello menos importante, dedico este premio a todos mis poetas de La Estrella de Cuba, especialmente los que ahora me ayudan a cargar esta alegría. A Teresa de la Caridad [Melo] y Emeregildo Reynaldo [García Blanco]. Gracias por la amistad y la poesía. Añado a Mirtha Clavería y Ercilia Estrada que me enseñaron la cara desconocida de la resistencia y la utilidad.

He aquí el modo que encontré para salvar del olvido aquella expedición que hace pocos días atrás cumplió quince años y, como el premio que recibo rinde justo homenaje a José María Heredia, estoy justificado. Ahora termino. Me voy canturreando a lo Peter Frampton, cualquier track me sirve.

Ya me bajo de este entarimado. Me voy igual como vine: ¡en cuero y feliz!

¡Deseo que tengamos todos la más linda de las noches!

¡Gracias por estar!

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