Reseña

La lámpara del ángel o cómo amar en facebook

Es arduo aprender a ser uno mismo. Yo, por ejemplo, en la novela que es lo vivido puedo ser El Personaje, La Productora, La Editora o el Lector. De hecho, lo soy. Con todas o casi todas las facultades intactas. Como rabiosamente lo eran los protagonistas de Salinger, Cortázar y Lawrence Durrell, cuyas vidas leímos y vivimos Edel Morales y yo, deslumbrados. Eran tiempos de insobornable pasión en lo que todo era bello, flotando a ras de nuestras cabezas. Las madrugadas contemplaban el desfile mientras una luz roja parpadeaba hacia las aguas del Malecón, desde el Club; “Ubérrimamente”…, hacia el refugio de los mármoles negros…

En ese refugio que los temporales destruían una y otra vez Edel Morales y yo nos preguntábamos: ¿sabe alguien para qué sirve el amor?, solo para respondernos con las mismas palabras con que lo había hecho Eduardo Langagne en sus poemas. Porque ser jóvenes nos creaba una burbuja luminosa alrededor. Y lo éramos: Fidel Gamboa, Fernando Cabreja, Frank, Mandy, Alejandro Álvarez Bernal y otros… y Edel Morales y yo. Una morna de Cabo Verde y el español imposible de Sami Yaber… Silvio en la Casa y en el corazón de plata de Abdoul Karim… El aire aromaba el paseo de la calle G cuando Bladimir Zamora llegaba a nosotros. No nos importaba entonces el borde de la Isla. Y sí la noche interminable, donde aprendí y escribí lo que luego sería fe de vida: “La poesía es el conocimiento de la necesidad”. Ese conocimiento sustenta también esta novela que condensa la memoria; sin él, sus páginas serían otras.

He compartido mucho de mis años con Edel Morales… nos ha hermanado eso inexplicable que anida en el corazón, su almendra destilada, que tal vez no sea más que la fe en el corazón del otro. Que te vuelva a encontrar, ahora en su versión definitiva: Un byte de adolescencia, tiene esa premisa en su centro pues siempre es posible, a pesar de los caminos narrativos que se elijan, escribir sobre el amor sin cursilerías, con el peso específico de lo que dejan las palabras. Un byte, ese mínimo elemento de memoria sobre el que se forja y se sostiene toda la memoria posible. Edel encontró su voz justa para narrar, volver sobre lo narrado y ofrecer la narración revisitada en sí misma: “Había buscado una historia de amor así por todas las librerías, la había buscado mucho: En cada rinconcito del mundo real y en cada byte de memoria almacenada: archivos, bibliotecas, galerías, farmacias, catedrales, night clubs, easy shoppings, líneas aéreas, parques ecológicos, fortalezas militares, redes de internet. Pero no la encontró”.

Por ello, la primera atracción que deja la lectura es el edificio construido con las palabras, o, para decirlo con las de Mylene Fernández Pintado, esta novela es “formalmente moderna, modernísima o posmoderna; amor a ritmo de bytes contado en un español pleno, en estos tiempos de emails. Lirismo y tecnología que comulgan sin fisuras”. Cierto es, le valen al Autor discursos entretejidos, notas al pie, poemas, referencias visibles y menos de múltiples autores, anuncios de vallas públicas y otros mecanismos del lenguaje para dibujar el universo Ka: la sicodélica, sicalíptica, siempreviva. Ella mira con sus ojos Ka y mira al Autor, al Lector, a la Productora y a la Editora, y los/nos absorbe. Pero ello también es consecuencia del amor.

Escribe Edel, el Autor, y su alter ego Alonso Quijano: “Era una posible misión de la escritura: hacer estallar los límites, imaginar otros escenarios a los cuales el mundo de la realidad esté alguna vez obligado a incorporarse: Pensar contra la realidad, al margen de ella, obligarla a cambiar”.

El proyecto de esta novela obtuvo en 1997 el Premio Razón de Ser de la Fundación Alejo Carpentier, y luego ha sido publicada en 2009, 2010 y 2012 por Letras Cubanas, la venezolana El Perro y la Rana y LHF de Washington. Esta edición que se presenta hoy gracias a la Editorial Oriente fue revisada y fijada por el Autor en lo que parece su forma definitiva. De todos modos, eso solamente lo fija la vida que le ofrece el Lector.

Una última salvedad: como no podía ser menos quise homenajear a Edel con algo muy querido para mí y le presté a Ka los ojos de Daniela, gracias a la obra del joven artista Hailen Kifle que aparece en la cubierta.

Queda al Lector Gemelo, que también es Autor, como corresponde, hacer avanzar la historia, escribir en una red social, en las paredes o en el aire. Hacer, en fin, su propia historia.

Abril 2016

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