Geovannys Manso Sendán: “Maximiliano logra, o intenta, que riamos a carcajadas”

Estas confesiones me las cedió el escritor en el año 2008, cuando comenzaba a crecer Maximiliano. Uno de los personajues que sigo de la literatura infanto juvenil cubana más contemporánea.

Yo crecí en un lugar de reminiscencias macondianas: en la granja cañera Jutiero de Un lugar en el mundo y Vueltas, un pueblo de la provincia de Villa Clara —para mí—, siempre fue un misterio, un anhelo, pues rara vez visitaba «el pueblo», salvo si estaba enfermo o durante alguna eventualidad festiva como Los Carnavales. Luego, fue ese espacio vital donde descubrí dos sitios fundamentales: la librería y la biblioteca de un escritor. Una BIBLIOTECA real, densa, polimorfa, donde encontré autores que jamás pensé que existían.

Vueltas, entonces, fue el encuentro —no encuentro, sino búsqueda— de ese gran amigo escritor y mi llegada a aquellas primeras palabras que conformarían mis primeros poemas, mis primeros cuentos y mis primeros acercamientos críticos. Definitivamente —ya que allí vive la persona más fundamental de mi vida: mi abuela Isabel Orozco—, debería volver con más frecuencia. Pero no lo hago. Sospecho que algún día tendré que escribirle un poema a ese pueblo lleno de historia, lleno de fuegos artificiales y de rivalidades entre sus dos barrios parranderiles: Jutíos y Ñañacos. Hoy no soy más que otro «voltense ausente». Uno entre tantos. Eso me pasó por enamorarme de / y en Santa Clara. Pero qué le vamos a hacer.

Todos los libros que he escrito —en sus diversos géneros—, totalizan una única experiencia: la de la escritura, la del Ser en la Palabra y por la Palabra. Pero siempre he tenido una inquietud muy profunda en las diversas gradaciones del lenguaje. Digamos que la poesía que he publicado —y sobre todo la que NO—, está más cercana a un Yo que no teme mostrar sus miedos abisales, sus traumas más o menos personales. Me cuesta mucho trabajo no poetizar en torno a esos grandes conflictos que me asedian. (Tal vez por ello, quizás mis poemas tendrán que esperar algunos años —muchos—, para verse convertidos en libros, pues bastantes sufridores hay en este mundo). Aunque no siempre sucede así, prefiero NARRAR, pues allí logro la total expansión de mi imaginación. El homo luden que me habita se regodea en esa exacerbación de lo «irreal», en ese total abandono del Yo. Narrar, para mí, es la mayor aventura a la cual se enfrentan mis días, mi familia, mis amigos. Cuando concluyo —o cuando comienzo— un cuento o una novela, mi rostro parece retornar a ese «amnios» tan apetecido por [Lino] Novás [Calvo] y sé que no puedo detenerme, que no quiero detenerme. No soy un ser racional cuando narro. Soy un ser totalmente irracional. Todo lo contrario ocurre cuando escribo un ensayo, un artículo crítico, una valoración o la presentación de un libro: racionalidad pura (aunque siempre dejo un espacio abierto para el divertimento, pues Dios nos libre de tantos seres catedráticos que convierten el ensayo en una esponja hueca: léanse a María Zambrano, les diría. Léanse a Octavio Paz, les diría. Pura pasión. Pasión y raciocinio en total equilibrio. He ahí el top secret del asunto). Aún así, sufro mi poquito cuando escribo mis «ensayos agoreros». Pero ellos no me abandonan. Hoy, por increíble que parezca, admiro y leo a muchísimos más ensayistas que novelistas. Tal vez por ello me agradó tanto que le confirieran a Ambrosio Fornet el Premio Nacional de Literatura…

Yo creo que esa necesidad del cine en mi literatura tiene mucho que ver con ese anhelo aún frustrado de querer convertirme en director de cine. Siempre fui un cinéfilo impertinente. Cuando estudiaba Medicina, durante la década de los 90, en mi Instituto había un profesor —quien murió hace poco—, que mantenía a capa y espada un cine club de apreciación. Yo, en vez de escaparme a la morgue, como hacían mis compañeros de estudio, me iba con él a ver cine cubano, cine ruso, cine experimental, todo Woody Allen, todo Tarkovski, todo Kubrick, todo Chaplin. Mis primeros premios «nacionales», me llegaron como «crítico de cine», en el Mario Rodríguez Alemán de Santa Clara, un encuentro para «aficionados». Allí, un día, una gran actriz, me dijo: «Niño, ¿qué tú haces estudiando Medicina? ¡Vete pa San Antonio de los Baños!» Y créeme que lo intenté. Recibí mi convocatoria. Curso por dos años. Recomendaciones. Un montón de películas vistas, y hasta un guioncito inédito. Pero oh desilusión: sin dos mil pesos, no había beca. Y dos mil pesos, en los 90, eran algo muy serio. Bueno, hoy todavía lo son, ¿no?

En fin, que siempre he sido un hombre de imágenes vivas que aún sueña con ver su nombre en los créditos de algún filme futuro. Y créeme, no quiero morirme sin ver ese deseo cumplido. Aunque sea ese crédito que dice: «Este filme está basado en una novela de…» Fe y barajar, como decía Eliseo Diego…

Un lugar en el mundo, Premio Oriente, (Herminio Almendros) en el 2008 es la historia de una pasión, o de varias pasiones: la de un niño: Maximiliano, por su madre: María Virginia; la de un niño —el mismo—, por ese sitio donde convive con grandes amigos, con su familia; la de un niño que defiende —siempre—, su idílico deseo de convertirse en «actor de Jóligut», aunque viva en una granja cañera a diez millones de kilómetros de Los Ángeles. Todo ello narrado desde la perspectiva de Maximiliano. Es la validación —una vez más— de la imaginación por encima de las circunstancias de la realidad. Es una historia que intenta abolir esa realidad y sobreabundar en ese espacio infinito que significa la FE, las utopías, los sueños individuales en nuestra sociedad, o en cualquier sociedad. «Soñemos», parece decirnos Maximiliano, mientras ve alejarse el único lugar en el mundo que conoce. Creo que no deja de ser conmovedor, pero Maximiliano logra —o intenta— que riamos: a carcajadas, siempre. No sé si lo logrará, pero él y yo no dejamos de intentarlo: desde la primera página, hasta la última.

Pero es muy difícil tratar de «explicar» un libro. Sé que cada lector hará lo suyo: leer, comprender, llorar, reír, leer, reír, llorar, etc.

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Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Fundador de Claustrofobias.

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