Los terneros sagrados reclaman el césped

Escrito por Moisés Mayán

El término lo escuché por primera vez mucho antes de haber leído Manual de literatura para caníbales, del espa­ñol Rafael Reig. Una de las soleadas tardes de febrero del año 2008, estaba conversando con un poeta de Isla de Pinos [Isla de la juventud, Cuba], bajo la sombra de las inmensas estructuras de La Cabaña. La Feria In­ternacional del Libro de La Habana era el escenario propicio para advertir el andar despacioso de esas criaturas endémicas. Naturalmente, fue mi con­tertulio occidental quien me señaló el grupo que se desplazaba rodeado por las maripositas amarillas de Mauricio Babilonia.

Pienso que el calificativo se despren­dió del ya patentado “vacas sagradas”, que según estudios anteriores pudo im­portarse (luego de azarosas travesías) desde las tierras egipcias, donde eran veneradas las vacas de la diosa Isis, o quizás, de esa estirpe de “becerras intocables” que pasta en calles, mer­cados y plazas de la India. Lo cierto es que, como el marabú, el términova­cas sagradas” había colonizado las más selectas praderas de la fauna intelec­tual de la Isla [Cuba]. Ahora, lo que en verdad alarma, no es la existencia de estas reses divinas, que en su gran mayoría es­tán respaldadas por una obra (nótese que no me refiero a premios, reconoci­mientos, ni distinciones, sino a la obra) que como un respaldo en oro avala cual­quier extravagancia personal.

Lo que alarma no son las vacas sa­gradas, porque cada región y movimiento artístico ha tenido desde la antigüedad sus ani­males venerables; así que ima­gino a Tagore como uno de los poderosos búfalos acuá­ticos de la India, que emerge de vez en vez de sus charcas mágicas. A Edgar Allan Poe, como el bisonte que atraviesa raudo las vastas llanuras norteamericanas, y a Rimbaud, como el uro míti­co que mugía en los bos­ques europeos en tiempos de Carlomagno. Lo que provoca los máximos niveles de alarma, no son precisamente las vacas, sino el grupo que señalaba mi amigo aquella tarde: los terneros sagrados. En esta especie es donde precisamente se ubica El núcleo del disturbio, como el conocido libro de la narradora argentina Samanta Scheweblin. Los terneros sagrados corren en desbandada por potreros y valles insulares, amenazando con devorar a las reses mayores, como en el sueño bíblico de Faraón, donde siente vacas flacas degluten vorazmente a siete vacas gruesas.

Si la autoestima baja y el complejo de inferioridad atentan contra la salud mental de una persona, la autosufi­ciencia literaria, en buen cubano, “el creerse cosas” de muchos jóvenes es­critores, atenta contra la salud de la comunidad intelectual. Los diez años de la introducción de la Riso han veni­do a abrir un espacio para la política editorial cubana, ante la realidad de prestigiosas editoriales, editoriales in­dependientes y pequeñas editoriales, que contribuyen a la publicación de un libro cada poco menos de treinta se­gundos. Los jóvenes gozan, sin temor a dudas, de protagonismo dentro del panorama literario del presente, y eso es bueno en gran manera, lo terrible es que la relativa facilidad de publica­ciones, y el muestrario de premios que arrastran no pocos de estos escritores, los lleve a desarrollar conductas ególatras y que, como Whitman, ter­minen por celebrarse y cantarse a sí mismos. Recientemente leí un artículo del escritor Geovannys Manso, pu­blicado en el número 07 de la revista El Cuentero, donde planteaba con acierto:

¿Qué premio, qué reconoci­miento mostraba Cervantes; qué pre­mio, qué reconocimiento mostraba Kafka, James Joyce, Marcel Proust; qué premio, qué reconocimiento ha de mostrar J. D. Salinger?

Bueno, los terneros sagrados están ahí, ante nuestros ojos, rumiando impasibles la obra no leída de sus contemporáneos, y como la llama del Perú, proyectán­dolas en malolientes escupitajos en sus círculos de acción. Es el aldeano vani­doso del ensayo de Martí, que cree sosamente que el mundo entero es su aldea; y añado, se imagina, además, como cacique de esa aldea. El término “escritor” imprime en estas mentes un estigma de genialidad, de encumbra­miento, de falsa hidalguía artística. Ser escritor no es obligatoriamente estar loco, ni asumir una apariencia extrava­gante y huraña, ni hablar en coplas melodiosas, ni como decía Rafael Reig: haberse leído a cien poetas austrohúngaros, checos o serbios, que casi nadie conoce. O como apuntaba Cheslaw Milocs, versificar sobre los crisantemos y la luna llena. No. Y vuelvo a citar el trabajo de Geovannys Manso, que a su vez cita a Jaime Sabines, y esos versos geniales de

…los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplan­dor visible, o un rayo que les salga de las orejas.

Pero hay quien se cree portador de un aura luminosa y reclama el césped, que no regó. Hay quien va al mercado en busca de las poéticas viandas y las metafóricas carnes, los hay que frente a la enfermera que decide tomarles una muestra de sangre, dicen paro­diando a Nerón: ¡Qué lástima que un artista como yo tenga que perder unos cuantos mililitros de su preciada san­gre! Eso está probado. Evoco otra jor­nada de Feria del Libro, está en el marco cerrado de la provincia, cuando una tallerista molesta por la conversación en las sillas delanteras durante un recital, susurró en el oído de su amigo: Estos viejos inéditos, siempre con su cháchara. Quienes calificaban dentro del despectivo “viejos inéditos” no eran sino dos personalidades dis­tinguidas con el Premio Nacional de Literatura, a uno de los cuales estaba dedicada la Feria. Una vez más la ca­beza rala de los terneros sagrados pujaba por abrirse un espacio en el mapa literario de la Isla. Ellos, con su andar despacioso y las indumentarias exóticas, aparecen en los certámenes más ocultos, en los concursos de nom­bres más divertidos, en las más distan­tes geografías nacionales, porque viajan en grupos, como suelen trans­portarse los terneros.

Lo triste es que el síndrome que ataca a esta ínsula de marqueses, virreyes, condesas, y vampíritos medievales, amenaza con convertirse en pandemia, en esta, era proclive a las pandemias. En detrimento de tales actitudes, la hu­mildad continúa siendo de las más ad­miradas conquistas que puede ostentar el espíritu humano. Y no seremos noso­tros los encargados de cincelar nuestra obra en la piedra clásica de la historia, sino las generaciones que vendrán, a las cuales quizás hasta le parezcan cosas risibles, las huellas desesperadas que en el barro del olvido habrán impreso los terneros sagrados.

Publicado por primera vez en la revista El caimán barbudo. No 363, marzo-abirl de 2011
Ver perfil completo

Consejo editorial compuesto por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

Estaremos encantados de escuchar lo que piensas

      Deje una respuesta

      Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

      Registrar una cuenta nueva
      Restablecer la contraseña