Buzo de libros

Lo había visto alguna vez: cajas o sacos con libros arrojados en contenedores de basura y un racimo de lectores escarbando a ver qué libro los podía encontrar. Siempre había sido de pasada: andando La Habana o en una guagua generalmente atestada y sudorosa. Nunca había podido detenerme. Una mezcla de pudor y timidez me impedía acercarme a lo que estaba viendo. Hoy, rumbo a Concordia, por Virtudes, en la esquina donde se estacionan los bicitaxistas y están los contenedores, un enjambre de lectores escarbaba en unas cajas de libros arrojadas a la basura. Decidí acercarme. Éramos siete: cinco mujeres y dos hombres. De todas las edades. Libros y libros en perfecto estado arrojados a la basura.

-¿Y quién cometió este crimen?, preguntó alguien.

-Alcánzame ese de Félix Varela…, pidió otra.

-No puedo creerlo, pensó en voz alta uno más.

-¿Este es una novela?, preguntó en voz alta, a quién pudiera responderle, una mujer de licra y pulóver rosados, con una jaba que iba llenándose de libros.

-Chica… Mira si hay algo de literatura japonesa…

Así, uno a uno, todos los lectores que estábamos allí buceábamos en medio de libros abandonados esperando que nos viera el que nos estaba destinado.

Vi de todo… Desde La muerte de Virgilio, de Hermann Broch hasta El conservador, de Nadime Gordimer. Nicolás Guillén, Muriel Spark, Juan Almeida, Pedro Henríquez Ureña, Cintio Vitier, Anne Seghers, Felisberto Hernández, John Reed… En serio. No tengo para qué mentir. Libros de casi todos los géneros. Todos abandonados junto a unos contenedores de basura.

Y junto a ellos una cofradía de lectores de los que hice parte. Lectores asombrados ante este regalo inesperado. Ante este crimen. Con una angustia por llevarse el mayor número de libros posibles.

-Esta es una buena novela, le dije a la mujer de licra rosada, extendiéndole un libro de Chinua Achebe.

-¿Y esta?, preguntó un señor con un pulóver gris.
-Pregúntale al muchacho… él sabe –dijo otra señalándome.

Sólo tomé dos. Dos libros que me reconocieron: la primera edición de Memorias de una isla, de Calvert Casey (Ediciones R, La Habana, Cuba, 1964) y Tlapalería, de Elena Poniatowska (Editorial Txalaparta, Tafalla, País Vasco, 2004).

Durante un momento hice parte de una cofradía de lectores empeñados en salvar a unos libros de su destino no buscado.

Durante un momento fui un librero mientras era un buzo de libros.

Posdata:

Bajando esta mañana, martes, cargado con unos pomos de refresco para Michel y la jaba de la basura, por Águila, rumbo a Ánimas, una mujer me preguntó:

-¿Guardaste los libros?

Al principio no la reconocí por la ausencia de su rosado vestir. Ahora llevaba un short y un pulóver negro con lentejuelas.

-Sí, ¿y tú?
-También… todos eran novelas… Casi no quedó ninguno… Menos mal se los llevaron porque, si no, se habrían estropeado.
-Claro… y con el aguacero que cayó esta mañana…

Así fue: menos mal.

(Concordia, La Habana, 1 de octubre de 2018)

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Librero y lector. Investigador de la vida y obra de Pablo Neruda. Curador de exposiciones bibliográficas en Bogotá, Buenos Aires, Lima y La Habana. Es Director de Ediciones Isla de Libros (Bogotá). Antologador de poesía cubana.

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