Ulises Rodríguez Febles: “Alucinaciones creativas”

Estoy sentado en la misma butaca donde una vez se sentó Dámaso Pablo de Jesús Pérez Prado, en la casa del maestro Iván Restrepo, su amigo personal en Ciudad México.

Poso con el libro que Carlos Monsiváis le dedicara, donde aparecen algunos de los más iluminados ensayos del investigador mexicano.

Pérez Prado vive conmigo, en mi cabeza, desde hace unos tres años, en que me encontré con él, gracias a la propuesta de Yanira Marimón para preparar el libro ¡Mambo, que rico é, é!, por Ediciones Matanzas, que entre otras revelaciones demostró su auténtica fecha de nacimiento, un 11 de diciembre de 1917 y no en 1916, como decían muchas publicaciones, incluido el testimonio del músico cubano.

Ahora estoy en Ciudad México, con la compañía independiente Conjuro Teatro y el quinteto de metales Atenas Brass Ensamble, triunfando, creo yo, en el centenario Esperanza Iris, en el Instituto Politécnico Nacional, en la cinco memorables funciones en el Teatro Julio Castillo, del Centro Cultural El bosque, el Teatro Morelos de Aguascalientes y para cerrar la temporada en el también centenario teatro Julio Pellicer, en Xochimilco.

En agosto y septiembre de este mismo, volveremos al Raúl Flores Canelo, del Cenart, para el Ciclo Tiempos de Cabaret y también al Teatro Interlomas.

Pérez Prado está conmigo, cuando con el actor Gerardo Trejoluna, nos sumergimos en su compleja personalidad y también cuando los actores ensayan esta locura teatral, que hemos llamado mambodrama. Permanece cuando inunda el escenario con su espíritu y música, la que todos conocemos, y  también la que la mayoría desconoce.

Pérez Prado está en cada cosa de México, en el público que aplaude escenas intermedias y ovaciona al final, en el taxista que me lleva a una entrevista a El Exelcior, en los vestigios de su orquesta, en la gente que se monta en el metro, en los viejitos que llegaron con sus nietos al teatro, agarrados de un bastón; pero bailando con sus recuerdos, en el trompeta de su orquesta y en la Dolly sister Caridad, que ya anciana, bailó como si Pérez Prado estuviera en escena.

Quiero seguir la escritura de mi novela La guerra de las farmacias, pero Cara de foca me asedia. Me lleva a entrevistas en la televisión, en la radio, en la prensa plana, me obliga a describir la historia de este proyecto a Merry Mac Master, de La Jornada o a Daineris Machado para Habitium.

Me sienta frente a Facebook, para promocionar cada instante de lo que sucede en las presentaciones: las manos de los que aplauden, las reacciones de los rostros, sus voces, que afirman cuestiones musicológicas o golpean compases contra el piso del teatro.

Desde Cuba, la querida editora María Josefa Quintana, me escribe para culminar la antología de cuatro de mis obras que publicarán en la editorial Tablas Alarcos: Criaturas de isla, Saxo, Campo Minado y Ciudadanía. Todo fluye con sus sugerencias, sus aportes y profesionalidad, pero la Suite Exótica para las Américas está en mis oídos. Sus siete movimientos, y no el único que la mayoría conoce en Cuba.

Estoy conviviendo en un apartamento de Zacahuisco con talentosos músicos matanceros, que parten con sus trompetas, un trombón, un corno y una tuba a enfrentar al público y a escuchar de nuevo, la voz del público: Mambo, mambo.

“El mambo me persigue”, dice Pérez Prado en el escenario. Y, por lo tanto, persiste, en la mente de la gente, conquista, “planteen la bandera del mambo” también afirma el personaje de El trompeta, interpretado por Héctor Hugo Peña.

Estaba escribiendo un capítulo diario de La guerra de las farmacias allá en Cuba, en mi querida Casa de la Memoria Escénica, antes de llegar a México; pero aquí Pérez Prado me ha inoculado con un extraño virus, contagioso, seductor; solo logro investigar y hacer apuntes, avanzar en un capítulo.

Escribir es un placer, digo. No es un martirio, como dicen algunos, es un aprendizaje, una terapia, un exorcismo, es vivir con esperanza y fe en una utopía.

Desde Cuba y también desde Rusia, exactamente desde San Petersburgo, dos amigas me dicen, “descansa, disfruta el placer del proceso teatral, ese encuentro con el público; la experiencia de la empatía inolvidable con la gente.  En Cuba continúas la escritura, el reto de un capítulo diario”.

Les hago caso y respondo dos o tres cuestionarios paras medios de prensa, investigo sobre el Benny Moré, para estar en onda con la tetralogía teatral sobre músicos que ansío escribir y escucho aspectos desconcertantes de su biografía, que hacen siga reescribiendo las escenas del “Yo soy el rey…” donde él aparece con Pérez Prado, sugiriendo nuevas sutilezas psicológicas para el actor Omar Adir, que lo interpreta.

Entonces, cuando hago anotaciones sobre el Bárbaro del Ritmo, me escribe la editora que me ha asignado Ediciones Unión para Las últimas vacas que van a morir, una novela que necesitaba escribir y que  amo de una manera muy especial, una novela sobre la tragedia rural; pero de pronto me obsesionó por otro tema de la trilogía y abandono, por un instante a Pérez Prado, al Benny y empiezo a leer sobre danzón, me adentró en el Salón Los Ángeles y despierto pensando, en una vaca que se desangra, un hombre que se hace tierra y la editora que me plantea aspectos, que hace desee volver al escenario, bailar, contagiarme de nuevo.

Un director de escena se enamora de tu obra y por eso la escoge, el teatro es un arte colectivo, confluyen muchas sensibilidades.

En “Yo soy el rey del mambo”, músicos, coreógrafos, artistas visuales, actores. La armonía hace que fluya el proceso. Es complejo, muy complejo; porque a veces se desborda, como un torrente impetuoso que choca y revienta.

En la narrativa, que es un proceso en solitario, el encuentro con la editora puede ser armonioso o contradictorio.

Es tu contrapartida, como el asesor en la dramaturgia, como lo fue Vivian Martínez Tabares, que se ha vuelto un poco mi editora, trabajando el material dramático de “Yo soy el rey del mambo”. De la confrontación, el intercambio, va naciendo, transformándose el material dramático.

Estoy seducido por lo que Pérez Prado me aconseja, la creación es una lucha contra la incomprensión, dice y se arregla su peluquín, su traje huevo amarillo, se sube en sus plataformas y contesta a una periodista ideas sobre el mambo, la salsa, su creación, sus mixturas con los clásicos, siempre transgresor.

Entonces le solicito a la editora, comenzar de nuevo, desde el principio,  desgarrándome de nuevo en la revisión minuciosa de la redacción, la ortografía, las ideas y le digo, que  aunque Pérez Prado me asedie constantemente,  podamos trabajar  este tiempo de mi estancia creativa en México y no esperar  a mi regreso a Cuba, donde volveré a la Casa de la Memoria Escénica, abandonaré al “Cara de foca” y me sumergiré en la protección, conservación y difusión del patrimonio, pertinazmente, como una lucha que no termina jamás.

Escribo encerrado en las mañanas, mientras tocan a la puerta de la oficina, mientras me llaman por teléfono. Sigo escribiendo con placer, no sé si una nueva otra obra de teatro o la novela, cuyo fluir de escritura detuve por el contagio musical que me produjo las sinfonías, las extrañas mixturas, el mambo perezpradiano.

Es hermoso hacer muchas cosas mientras reviso las anotaciones de la amable e inteligente, editora de la novela.

Así puedo admirar un animal que agoniza sobre la tierra descolorida y humeante, mientras escucho las voces de personajes que me inundan, como el agua o el fuego, revolviéndose, girando, cubriéndome.

Jamás he visto tantas veces, casi todos los días durante tres meses, una de mis obras de teatro en escena. Pocas veces he estado tanto tiempo, conviviendo en diversas regiones de Cuba, o de otro país, en este caso México, con una compañía teatral.

Por fin, como una premonición, amarro a Pérez Prado, lo dejo en lo alto de un escenario; sigo recibiendo email de la editora y como un relámpago, me viene a la cabeza el título de mi próxima obra: Biografía de Danzón. Y la primera imagen, con dos personajes que bailan en el Salón Los Ángeles.

Entonces comprendo, que comienza un nuevo ciclo de escritura teatral: otras alucinaciones, y esa extraña sensación de hacer varias cosas a la vez, y vivir otras muchas vidas, creando.

Ulises Rodríguez Febles. Dramaturgo, narrador e investigador. 

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Consejo editorial compuesto por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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